jueves, 9 de enero de 2014

Instrucciones generales en forma de catecismo.

Instrucciones generales en forma de catecismo; tomo tercero, tercera impresión. Madrid; 1788.




SEGUNDA PARTE.
LECCIÓN PRIMERA.
Idea general de la vida cristiana.
            P. ¿Qué debemos hacer para llegar a la vida eterna?
            R. Vivir en este mundo cristianamente.
            P. ¿En qué consiste la vida cristiana?
            R. En desprendernos del mundo, y estar unidos a Dios solo.
            P. ¿Qué cosa es estar desprendidos del mundo?
            R. No tener soberbia, ni sensualidad, ni vana curiosidad; en una palabra, ningún apetito desordenado.
            P. ¿Por qué debemos estar desprendidos de todas estas cosas?
            R. Porque la soberbia, la sensualidad y la curiosidad son la fuente de todos los pecados.
            P. ¿Qué cosa es estar unidos a Dios?
            R. Creer y esperar en Dios, y amarle; esto es, tener Fe, Esperanza y Caridad.
            P. ¿Por qué debemos estar unidos a Dios en este mundo?
            P. Porque Dios es nuestro Señor, nuestro Rey y nuestro bienhechor; porque hemos sido criados para Él, y no podemos ser felices, sino uniéndonos a Él.
            P. ¿En qué podemos conocer que estamos unidos a Dios?
            R. En la obediencia que tributamos a Dios y a Su Iglesia.
            P. ¿Qué es lo que Dios y la Iglesia nos mandan, hablando en general?    
            R. Evitar el pecado, y practicar la virtud.  

LECCIÓN II.
De los pecados en general.

            P. ¿Qué cosa es pecado?
            R. Es una violación de la Ley de Dios.
            P. ¿Cuántas especies hay de pecados ?
            R. Dos :  original y actual.
            P. ¿Qué cosa es pecado original?
            R. Es aquel pecado en el que somos concebidos y nacemos, como hijos de Adan.
            P. ¿Qué cosa es pecado actual?
            R. Aquel pecado que cometemos por nuestra propia voluntad, cuando tenemos uso de razón.
            P. ¿Cuántas especies hay de pecados actuales?
            R. Dos: pecado mortal y venial.
            P. ¿Qué cosa es pecado mortal ?
            R. El que hace que perdamos la gracia de Dios, y por consiguiente causa la muerte espiritual a nuestra alma.
            P. ¿Qué cosa es pecado venial?
            R. Es un pecado que debilita al alma, sin causar la muerte espiritual de ella, y sin hacer que pierda la gracia santificante.
            P. ¿A cuántos capítulos pueden reducirse los pecados que cometen los hombres?
            R. A siete, que se llaman los siete pecados Capitales.
            P. ¿Por qué se llaman Capitales?
            R. Porque cada uno de ellos es principio de muchos otros pecados.
            P. ¿Los pecados Capitales son siempre mortales ?
            R. Unas veces son mortales, y otras veniales, según la calidad de la materia, y disposición del sujeto.
            P. ¿Cuáles son los pecados Capitales ?
            R. La soberbia, la avaricia, la lujuria, la gula, la envidia, la ira y la pereza.


LECCIÓN III.
De los pecados Capitales en particular, y de las virtudes opuestas a estos pecados.

            P. ¿Qué cosa es soberbia?
            R. Un amor desordenado de sí mismo y de su propia excelencia, que hace que se refiera todo a sí mismo, en lugar de referirlo a Dios.
            P. ¿Cuál es la virtud opuesta a la soberbia?
            R. La humildad.
            P. ¿Qué cosa es avaricia?
            R. Es el amor desordenado de los bienes temporales.
            P. ¿Cuál es la virtud opuesta a la avaricia?
            R. Es el desprendimiento de los bienes temporales.
            P. ¿Qué cosa es lujuria?
            R. Es un pecado, al cual los Cristianos deben tener tanto horror, que ni aún debieran conocerle; y consiste en el apetito desordenado de los deleites carnales.
            P. ¿Cuál es la virtud opuesta a la lujuria ?
            R. La castidad.
            P. ¿Qué cosa es gula?
            R. Es un apetito desordenado de comer y beber.
            P. ¿Cuál es la virtud opuesta a la gula?
            R. La templanza.
            P. ¿Qué cosa es envidia?
            R. Es un disgusto que sentimos en nosotros mismos, cuando el prójimo posee o esta en estado de poseer ventajas espirituales o temporales, que se oponen a nuestro amor propio.
            P. ¿Cuál es la virtud opuesta a la envidia?
            R. El amor del prójimo, y el regocijo del bien que le sucede.
            P. ¿Qué cosa es ira?
            R. Una alteración desordenada de nuestra alma, que nos precipita a desechar con violencia lo que nos desagrada.
            P. ¿Cuál es la virtud opuesta a la ira?
            R. La paciencia.
            P. ¿Qué cosa es pereza?
            R. Una flojedad y un disgusto, por el cual dejamos de cumplir con nuestra obligación, en lugar de hacernos violencia.
            P. ¿Cuál es la virtud opuesta a la pereza?
            R. El amor de nuestras obligaciones, y la actividad en cumplirlas.

LECCIÓN IV.

De las Virtudes Teologales, y primeramente de la Fe.

            P. ¿Por qué medio se evitan todos estos pecados?
            R. Uniéndonos a Dios por la práctica de las virtudes.
            P. ¿Cuáles son las virtudes, por las cuales podemos unirnos a Dios?
            R. Son de dos especies : Teologales y Cardinales.
            P. ¿Cuáles son las virtudes llamadas Teologales?
            R. La Fe, la Esperanza y la Caridad.
            P. ¿Qué cosa es Fe?
            R. Es una luz que Dios infunde en nuestras almas, por la cual creemos en Dios, y creemos todo lo que ha revelado a su Iglesia.
            P. ¿Cómo sabemos lo que Dios ha revelado a los hombres?
            R. Por la declaración de la Iglesia.
            P. ¿En dónde halla la Iglesia lo que Dios ha revelado a los hombres?
            R. En la Sagrada Escritura y en la Tradición.
            P. ¿Qué cosa es la Sagrada Escritura?
            R. Los Libros Santos que fuéron escritos por inspiracion de Dios, y que la Iglesia recibe, como regla de la Fe.
            P. ¿Cuáles son estos Libros?
            R. Son de dos especies: unos que fueron escritos antes de la venida de Jesucristo, y otros después.
            P. ¿Cómo se llaman los primeros?
            R. Los Libros del Antiguo Testamento.
            P. ¿Y los segundos ?
            R. Los Libros del Nuevo Testamento.
            P. ¿Con qué disposiciones se debe leer la Sagrada Escritura?
            R. Con respeto, humildad y docilidad: debemos aprovecharnos de lo que se entiende, y creer y respetar lo que no se entiende; y sujetarnos en todo al juicio de la Iglesia.

LECCIÓN V.
Continuación de la lección precedente.
            P. ¿Qué cosa es Tradición?
            R. Es la palabra de Dios que no esta escrita en los Libros Santos; pero que nos ha venido por sucesion desde los Apóstoles.
            P. ¿Qué autoridad tiene esta Tradición?
            R. La misma que la Sagrada Escritura, porque en una y otra parte es la palabra de Dios.
            P. ¿Estamos obligados a someternos a las decisiones de la Iglesia sobre las materias de la Fe?
            R. Sí; y los que no se someten son mirados con razón como herejes.
            P. ¿Luego es una cosa absolutamente necesaria el creer todo lo que la Iglesia cree?
            R. Sí; y basta negar ó impugnar un solo artículo de la Fe de la Iglesia para estar en estado de eterna condenación.
 P. ¿Y no basta creer interiormente lo que la Iglesia cree ? R.‘No: debemos hacer, además de esto, una profesión exterior de su creencia.
P. ¿Cómo se hace esta profesión exterior’
R. Se hace de viva voz ó por obra.
            P. ¿Cómo hacemos esta profesión con viva voz?
            R. De muchos modos; pero sobre todos rezando el Credo o Símbolo de los Apóstoles, o alguna otra profesión de Fe recibida por la Iglesia.
            P. ¿Cómo la hacemos por obra?
            R. 1. Obrando en toda ocasión como buenos Católicos.
            2. Haciendo la señal de la Cruz, que es una profesión de Fe abreviada.
            P. ¿Por qué decís que la señal de la Cruz es una profesión de Fe abreviada?
            R. Porque en ella hacemos profesión de los tres principales Misterios de nuestra Fe, que son la Trinidad, la Encarnación y la Redención.

LECCIÓN VI.
De la Esperanza y de la Caridad.
            P. ¿Qué cosa es Esperanza?
            R. Es un don de Dios, por el Cual esperamos con confianza los bienes que nos ha prometido.
            P. ¿Cuáles son estos bienes?
            R. La vida eterna, y todos los medios para llegar a ella.
            P. ¿Qué cosa es Caridad ?
            R. Es un don de Dios, por el Cual amamos a Dios por sí mismo sobre todas las cosas, y al prójimo por respeto a Dios, como a nosotros mismos.
            P. ¿Qué es amar a Dios sobre todas las cosas?
            R. Amarle mas que a nosotros mismos, y mas que a ninguna otra cosa del mundo.
            P. ¿Cuándo amamos a Dios sobre todas las cosas?
            R. Cuando le preferimos a todas las cosas, y cuando queremos mas privarnos de todo, aún de lo que mas estimamos, que ofenderle.
            P. ¿Estamos obligados a amarnos a nosotros mismos?
            R. Sí; pero con un amor muy arreglado.
            P. ¿Cuándo nos amamos a nosotros mismos con un amor arreglado?
            R. Cuando no buscamos nuestra felicidad sino en Dios, y nos dirigimos a Él únicamente.
            P. ¿Por qué no es arreglado el amor que nos tenemos a nosotros mismos, sino cuando nos unimos a Dios solo?
            R. Porque sin esto nos perjudicamos a nosotros mismos, y nos hacemos miserables.
LECCIÓN VII.
Del amor del prójimo.

            P. ¿Cómo debemos amar a nuestro prójimo?
            R. Debemos amarle como a nosotros mismos, quiero decir, en Dios y por Dios.
            P. ¿Quién es nuestro prójimo?
            R. Son todos los hombres, y hasta nuestros mayores enemigos.
            P. ¿Qué cosa es amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos?
            R. 1. Es desearle y procurarle cuanto podamos el mismo bien que debemos desear para nosotros mismos.
            2. Tratar en todas las cosas a los otros hombres, como queremos que ellos nos traten a nosotros.
            P: ¿Cómo manifestaremos que tenemos amor a nuestro prójimo?
            R. Ejerciendo con ellos, según nuestras facultades, las obras espirituales y corporales de Misericordia.
            P. ¿Cuáles son las obras espirituales de Misericordia?
            R. 1. Enseñar al que no sabe: 2. corregir con prudencia y caridad al que yerra: 3. dar consejo a los que le han menester: 4. consolar al triste: 5. sufrir con paciencia las injurias y flaquezas de nuestro prójimo: 6. perdonar de corazón las injurias: 7. rogar a Dios por los vivos y muertos, y por los que nos persiguen.
            P. ¿Cuáles son las obras corporales de Misericordia?
            R. 1. Dar de comer al hambriento y beber al sediento: 2. dar posada con gusto al peregrino: 3. vestir al desnudo: 4. visitar los enfermos: 5. visitar los encarcelados: 6. redimir al cautivo: 7. enterrar a los muertos.

LECCIÓN VIII.
De las Virtudes Cardinales y Morales.
            P. ¿No es la Caridad principio de muchas otras virtudes?
            R. Si, lo es de todas las virtudes cristianas, que se llaman Morales.
            P. ¿Qué entendéis por las virtudes cristianas, que se llaman Morales?
            R. Entiendo las virtudes que miran directamente al arreglo de nuestras costumbres.
            P. ¿Cuáles son las virtudes cristianas que se llaman Morales?
            R. Hay cuatro principales, que son la prudencia, la fortaleza, la templanza y la justicia.
            P. ¿Qué entendéis por la prudencia cristiana?
            R. Es una virtud, por la cual conocemos y elegimos los medios propios para caminar a Dios.
            P. ¿Qué cosa es la fortaleza cristiana?
            R. Es una virtud, por la cual vencemos todos los obstáculos que se oponen a nuestra obligación ; y por la cual sufrimos antes toda incomodidad, que ofender a Dios.
            P. ¿Qué cosa es la templanza cristiana?
            R. Es una virtud, por la cual estamos desprendidos de los bienes temporales, y usamos de ellos con moderación únicamente para satisfacer a la necesidad y a la caridad.
            P. ¿Qué cosa es la justicia cristiana?
            R. Es una virtud, por la cual cumplimos fielmente lo que debemos a Dios, al prójimo y a nosotros mismos.
            P. ¿Cómo se llaman comúnmente estas cuatro virtudes ?
            R. Se llaman virtudes Cardinales, esto es, el fundamento de las demás virtudes Morales.
            P. ¿Por qué se llaman Cardinales?
            R. Porque todas las demás virtudes Morales pueden referirse a alguna de estas cuatro virtudes.
            P. Referid algunas de las virtudes Morales, que son consecuencia de las cuatro Cardinales.
            R. La humildad, la docilidad, la modestia, el silencio, el ayuno, la liberalidad, la bondad y otras muchas.

LECCIÓN IX
De los Mandamientos de Dios.

            P. ¿En qué podemos conocer si tenemos caridad y las demás virtudes?
            R. En la exacta observancia de los Mandamientos de Dios y de la Iglesia.










Instrucciones generales en forma de catecismo; tomo tercero, tercera impresión. Madrid; 1788. 411 p.

http://books.google.es/books?id=r1BQAAAAcAAJ&pg=PA1&lpg=PA1&dq=instrucciones+generales+en+forma+de+catecismo+tercera+impresi%C3%B3n+tomo+tercero&source=bl&ots=_9CH7tEAYE&sig=b56pPdrv5OPpiJtT9WLvZBC2zIc&hl=es&sa=X&ei=EjTEUrq5F8WM7Ab0_4GIDQ&ved=0CC8Q6AEwAA#v=onepage&q=instrucciones%20generales%20en%20forma%20de%20catecismo%20tercera%20impresi%C3%B3n%20tomo%20tercero&f=false

viernes, 20 de diciembre de 2013

Para los que quieran tener o aumentar la fe


            Si se quiere reanimar o recuperar la fe, lo primero es ponerse en Gracia de Dios y esto se hace con la Confesión Sacramental ( los no bautizados tendrían que recibir el Bautismo, para recibir el don de la fe), arrepintiéndose y confesándose de todo lo que es contrario a los Mandamientos de Dios, esto es, de todo lo contrario a la Caridad. Dios irá dando Gracia para ir viendo esto con más claridad para el que quiere mejorar sinceramente, para el que está dispuesto a romper con la tiranía de las superficiales apetencias y pone todos los medios necesarios para luchar contra ellas, decidiéndose a vivir el amor de verdad, abandonando la mentira.
            Os recomendaría que ante cualquier persona a la que se vaya a ayudar en algo, o ante la que uno se sienta llamado a ello, encaminarse al bien real de esa persona (y por extensión de toda la humanidad, procurando su salvación eterna, todo según la Voluntad de Dios) aunque se estuviera, por ejemplo, ayudando a resolver un problema material concreto, y que esto esté por encima de los particulares intereses superficiales (quedar bien, amor propio desordenado, etc.); si uno sólo pensase en el bien material de otra persona, esto no obliga a depurar la propia intención, pero si uno busca el bien real de la otra persona, esto sí le obliga a depurar su propia intención. Si se hace el bien de verdad, seguro que se “verán” los efectos beneficiosos (que quizá otros no vean con los ojos), sobre todo cuando a uno le cueste, lo cual costará sin duda, si se hace bien. Y resulta que el bien real es bueno para todos, y el sólo aparente, que se limita a alimentar intereses vanos, para nadie.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Meditaciones sobre el Evangelio

Del libro Meditaciones sobre el Evangelio de Bossuet, tomo primero.

De Carta Pastoral del Ilmo. y Rev. Obispo de Troyes:

¿Qué esfuerzo ha hecho, y aún hace cada día el enemigo de la verdad para alterar, y desfigurar nuestra santa Ley? Ha empleado todas sus astucias, y ardides para socabar los cimientos sobre que estriba, y arruinar el espíritu que la anima. Cuando no ha podido aniquilar los preceptos, ha pretendido restringir, disminuir, y casi anonadar la obligación de todos ellos. Ha puesto todo su estudio en adular las pasiones; en conciliar la severidad de la Ley con las halagüeñas inclinaciones de la naturaleza viciada; y en sustituir a la virtud cristiana unas virtudes paganas, o farisaicas. Pero a pesar de estos estimados, y sangrientos combates, la Doctrina de Jesucristo conservará su hermosura, su sublimidad, su pureza. Dios suscita en todos tiempos en su Iglesia Doctores animados del Espíritu Santo, que hablarán con eficacia, y fortaleza, y enseñarán la verdad con sinceridad, y valentía.
...
La santidad cristiana es infinitamente superior a la bondad de los más virtuosos gentiles: las virtudes de estos eran puramente humanas: eran, expliquémoslo así, carencia, o privación de los vicios groseros. También es más eminente, que las virtudes de los Doctores de la ley, y de los fariseos, soberbios, y presumidos sabios, apegados a la corteza, y superficie de los preceptos; que se atribuían a sí mismos, a las fuerzas de su voluntad, lo bueno que hacían, en vez de reconocer, que es Dios, quien obra lo bueno en nosotros: y en fin, que no han merecido más, que el título vano, y fantástico de virtuosos, y justos. La santidad cristiana ensalza al cristiano a más alta perfección que la que practicaban los más virtuosos judíos, a causa del conocimiento eminente, que tiene de Jesucristo. El verdadero cristiano, el verdadero justo, sin pararse a considerar los progresos que hace; sin descansar, sin hacer pausa en ellos, pone todos sus conatos en adelantarse más, y más en la virtud, como si no hubiera dado paso en ella. ...
Consiste, pues, la santidad cristiana en la hambre, y en la sed: esto es, en un deseo ardiente, e invencible de la santidad: en un sincero e inviolable apego del corazón a Dios, a Su Doctrina, a Su verdad, a Su Ley: en una palabra, en un verdadero amor de Dios, y del prójimo.
...
(Hasta aquí del Ilmo. y Rev. Obispo de Troyes).


" Amemos la caridad más que a todas las otras virtudes, porque ella es quien hace al corazón limpio."
" El que está limpio no cese de purificarse más, y más. El que no lo está, retírese de la inmundicia en que yace: y lave la asquerosidad, que le deshonra, y desfigura. "
"San Juan dice (2, Juan 4, 15; Mateo 5, 2-22): Que el que aborrece a su hermano es un asesino. Jesucristo lo reputa por tal, y por eso dice. Que no solamente se hace digno de ser castigado el que mata, sino también el que se enfurece contra su prójimo: y que quien manifiesta su indignación con alguna palabra de cólera, o menosprecio, merece ser condenado por el Consejo (es digno de mayor pena) pero si se impacienta hasta llamarle insensato, no evitará el fuego eterno."


"`Pero Jesucristo, para hacer ver cuán débil es la justicia humana en comparación de la divina, que acababa de declarar a los hombres, pone el Juicio, esto es, la pena capital de los juicios humanos, para el grado más ínfimo, que es la cólera. Quiere decir, que encolerizarse contra el prójimo es un pecado digno de muerte delante de Dios. Y así es indubitable, que se comete un pecado mortal, cuando voluntariamente se irrita uno contra su prójimo y queda con aversión contra él, porque entonces la cólera se convierte en odio. En tal estado ninguna cosa excusa a la conciencia de pecado mortal, sino la resistencia a una disposición tan perjudicial, y dañosa; porque cuando ella domina en el corazón, se apaga en él la caridad."
"Para dar a entender el castigo del que se encoleriza y enfurece, hasta el segundo grado, esto es, hasta manifestar su odio con algunas palabras de furor, o menosprecio, Jesucristo lo somete a lo que hay entre los hombres de más inestimable, y riguroso, que es el extremo rigor del Consejo Soberano de la Nación.
El último grado, es decir injurias atroces al próximo, como llamarle fatuo: y para darnos a entender la venganza, que tomará de este pecado, parémonos un poco a examinar lo que dice Jesucristo."
"Pues a este Valle de cadáveres o de la muerte, compara Jesucristo la horrible pena de los que tratan a sus próximos de insensatos, y locos. Si este suplicio ordena en castigo de las injurias, ¿qué tormento padecerán los que hieren, y matan? El Hijo de Dios no habla de este pecado; como para darnos a entender con su silencio, que tan atroz delito no podía acaecer entre los suyos: y dejando a nuestra consideración el ponderar, qué castigo tendrán las acciones violentas, pues las palabras han de ser castigadas tan terriblemente!
Pesemos, pues, todas nuestras palabras; porque en el soberano Juicio de Dios han de ser pesadas con un rigor tan escrupuloso, y severo."
" Estad, pues, sometidos a Dios, y no habléis nunca dando a entender que podéis disponer de la cosa más mínima,"




De "El Evangelio Meditado", tomo 2:

MEDITACIÓN 94.

LA PECADORA PENITENTE EN CASA DE SIMON FARISEO.

(Luc. 7, 36-50).

El Evangelio nos representa aquí el retrato del amor penitente, y propone a nuestra reflexión: 1º. su carácter; 2º. su apología; 3º. su recompensa.

PUNTO 1
Carácter del amor penitente ..
Lo 1º. Es activo para buscar la ocasión de manifestarse y de alcanzar el perdón... “Uno de los fariseos le rogaba (a Jesús) que fuese a comer con él; y habiendo entrado en casa del fariseo, se puso a la mesa: y he aquí una mujer que era pecadora en la ciudad, cuando supo que estaba a la mesa en casa del fariseo, llevó un alabastro de ungüento...”
Es creíble que esto que aquí refiere san Lucas sucediese en la ciudad de Naím, y que sea fruto de la predicación que poco antes había hecho Jesucristo al pueblo. A este discurso tan patético, lleno de amenazas contra los impenitentes y de los más tiernos convites a los pecadores, se halló una mujer cuyos desórdenes eran públicos: quedó conmovida, conoció el estado en que se hallaba, tuvo horror, y resolvió salir de él sin perder tiempo.
...
A estos mismos discursos asistió un fariseo llamado Simón, hombre respetable, y que no estaba prevenido contra Jesucristo por los otros fariseos. Quedó edificado del discurso del Señor, y o sea por condescendencia al nuevo Profeta, o por examinarlo más de cerca a su gusto, lo convidó a comer a su casa, en compañía de otros muchos fariseos... Jesucristo, que tenía otros designios de misericordia sobre el mismo Fariseo y sobre la mujer pecadora, aceptó el convite, y la pecadora, atenta a todo, no lo ignoró. ¡Oh Dios mío, que grande es vuestra misericordia! ¡qué admirable vuestra providencia! ¡Cuánto importa estar atentos a sus caminos para corresponder a sus designios!

Lo 2º. El amor penitente es pronto y ardiente para aprovecharse de la primera ocasión que se presente... “Y estando detrás a sus pies...”
Después que la pecadora supo que Jesucristo debía comer en casa del Fariseo, no perdió un momento de tiempo, no dilató ni esperó otra ocasión más favorable: voló a su casa, cogió un vaso de alabastro de un precioso ungüento, y se fue a la del Fariseo... El empacho de presentarse delante de una asamblea de hombres que todos la conocían por pecadora pública, no la aterró; no tuvo miedo de los discursos de los hombres sobre su conducta, ni de las reprensiones que le podían dar sus cómplices por su nueva resolución.

Lo 3º. El amor penitente es industrioso para aprovecharse de la ocasión que encuentra...
...
¡ Ay de mí! más he pecado que tú, más que tú he abusado de las gracias que he recibido: ¿no debería yo, pues, derramar un torrente de lágrimas más copioso que el tuyo a los pies de mi Salvador, y más cuando estos sagrados pies han estado ya clavados en una Cruz por mí? ¡ Oh mujer generosa! ¡tu penitencia es un verdadero sacrificio, un holocausto perfecto!
....
Tú sacrificas a un justo dolor todo lo que sirvió a tus pasiones, y para encenderlas en los corazones de otros: tú santamente ofreces a Dios aquello que has empleado culpablemente para engañar: tus ojos eran el órganos de tus deseos, ahora son la primera víctima que ofreces; los desfiguras con al abundancia de tus lágrimas, apagas el fuego impuro y contagioso de tus miradas libres y homicidas en las aguas de la penitencia: sobre los pies de Jesucristo contienes sus movimientos desarreglados, que provocaban al desorden los corazones, y les concedes sólo aquellos que reciben del más profundo dolor: tu boca manchada se purifica besando con respeto los pies de Jesucristo, símbolo de tu reconciliación con Dios: aquellos cabellos que disponías con tanto artificio, y servían para ornamento de tu frente, o por mejor decir, para pervertir los corazones, ahora esparcidos y sin ornato, sirven para enjugar los pies del Salvador bañados con tu llanto: aquellos perfumes con que embalsamabas una carne pecadora, que te habías fabricado en ídolo, los derramas sobre la carne divina y vivificante de aquel Señor que sólo merece todos nuestros obsequios. De esta manera ofreces al Salvador en holocausto todo aquello que ha contribuido a tus placeres pecaminosos.
¿Cuál es el contento de un alma en medio de este perfecto sacrificio? No habrás encontrado jamás tanta satisfacción en el pecado, como gustas dulzura en el ejercicio de la penitencia. Con todo esto tu Salvador no te mira ni te habla; pero tú estás contenta con que no te deseche, ni te despida de sí: tú te tienes por dichosa sólo con que te permita manifesarle tu amor, y en esto conoces que lo agradece. De hecho, sin corresponder en la apariencia a la generosidad de tus acciones, este Hombre-Dios sostiene tu fervor: y así no te canses, sin proferir siquiera una palabra, no ceses de solicitar su gracia, continúa en disponerte; bien presto te hablará Jesús, presto volverá sobre ti sus divinos ojos, y las palabras que te dirá pondrán el colmo a tu fortuna.


PUNTO 2.
Apología del amor penitente.

“Viendo, pues, esto el Fariseo que lo había convidado, decía dentro de sí mismo: si este fuera profeta, ciertamente sabrían quién y cuál es la mujer que lo toca, porque es pecadora...”
El Fariseo que era testigo de este extraordinario suceso, quedó del todo escandalizado, no de la mujer pecadora, porque lo que esta hacía no era del todo fuera de lo que se acostumbraba en el país, sino de que Jesucristo hubiese dejado que se acercase a él una mujer públicamente deshonrada por sus disoluciones; porque en la secta de los fariseos era un punto de religión no sufrir la compañía de los pecadores. Este hombre, decia él entre sí, no siendo de esta ciudad, puede, naturalmente hablando, ignorar los desórdenes de esta mujer; pero si fuera un profeta conocería con luz sobrenatural que esta mujer es una pública pecadora, y no dejaría que se le acercase... ¡Oh, y cuán poco basta para destruir en nuestro espiritu la estimación que hemos concebido de nuestros prójimos, aún cuando sea bien fundada! Jesucristo tuvo compasión del error del Fariseo: quería su Majestad a un mismo tiempo iluminar a este, consolar a la penitente, e instruirnos a nosotros.
1º. Ilumina al Fariseo... “Y Jesús respondiéndole, dijo: Simón, tengo que decirte una cosa. Y este dijo: Maestro, di...” Después de este preámbulo de cortesía, para despertar la atención de los que estaban presentes, se explicó el Señor así: “Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a los dos. ¿Quién de los dos lo ama más? Respondió Simón: pienso que aquel a quien más perdonó: y Él le dijo: haz juzgado rectamente...”
El designio del Salvador en esta pregunta era de hacer conocer que el Fariseo soberbio amaba menos a Dios que la humilde pecadora. Con esta idea propuso la parábola, en que delineaba a Simón y a la pecadora bajos los personajes de deudores igualmente incapaces de pagar, y se representaba a Sí mismo en la figura de acreedor caritativo que perdonaba a los dos toda la deuda. Condujo de este modo el Señor al Fariseo a convenir en que debía amar más a este caritativo acreedor aquel deudor a quien se le habìa perdonado más; y sobre esta decisión formó este razonamiento: Tú juzgaste que el amor que inspira el reconocimiento, se debe medir por la grandeza del beneficio recibido: esta regla es justa; pero si has juzgado que en el orden natural, después del perdón gratuito de un acreedor a dos deudores, cuyas deudas son desiguales, aquel debe amar más, cuya deuda es mayor, en el orden de la gracia debes observar lo mismo en los deudores; esto es, en los pecadores penitentes, antes que se les perdonen sus deudas, que son sus pecados. Los más culpados son por lo común los más fervorosos; aman más porque están cargados de un peso mayor de deuda; esperan y consiguen una mayor misericordia. Para convencerte no quiero hacer más que compararte a ti con esta mujer que has despreciado...
"Y vuelto (el Señor) a la mujer (que ya había tiempo que esperaba que el Señor la miraría con compasión) le dijo a Simón:
¿ves esta mujer? Yo he entrado en tu casa, y no me has dado agua para mis pies, y esta ha bañado mis pies con sus lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos: tú no me has dado el beso (como era costumbre), y esta desde que vino no ha cesado de besar mis pies: no me has ungido la cabeza con óleo; y esta ha ungido mis pies con ungüento, por lo que te digo que le son perdonados muchos pecados...”
Así debes tú también juzgar según tu propia decision, porque ha amado mucho, como lo ha manifestado, y tú mismo eres un buen testigo; y menos ama aquel a quien menos se perdona. No respondió palabra el Fariseo; pero debió conocer claramente que Jesucristo no era un profeta, sino aquel que habían anunciado los Profetas, el verdadero Mesías, en cuyas manos había puesto Su divino Padre Su poder, todos Sus derechos, y la potestad de perdonar los pecados... Dichoso Fariseo si esta instrucción del Salvador lo empeñó en amar con más fervor a quien lo había iluminado con tanta sabiduría, con tanta fuerza y con tanta bondad. Y dichosos también nosotros si amamos perfectamente un Dios que ha vinculado nuestra gracia y nuestra felicidad al sentimiento de amor, el más natural al hombre, el más sensible y el más vivo.

1º. Es consolada la penitente... ¿Quién podrá comprender cuál fue la admiración de esta mujer llorosa, cuando vuelto a ella Jesucristo, oyó que no sólo aprobaba, sí que alababa y ensalzaba también cuanto ella había hecho por él, contando menudamente y ponderando todas las circunstancias? ¡Ah! ¿y quién no se esforzará a servir a un Señor tan bueno que todo lo ve y que cuenta todas nuestras acciones?
2º. También nosotros somos instruidos... Aprendamos del Fariseo a no despreciar a nadie y a no compararnos con ninguno, si no fuese para humillarnos más. ¡ Ay de mí! ¡por cuántos títulos somos inferiores a aquellos sobre quienes nos ensalzamos, y a quienes nos preferimos! Muchas veces en la misma sagrada Mesa del Salvador el más justo es menos fervoroso que el pecador recién convertido. Aprendamos de esta mujer penitente a despedazar nuestros corazones con la compunción, a llorar nuestros pecados a los pies de Jesucristo, a emplear en su servicio y hacer servir a la penitencia la carne que ha servido al pecado; a hacer servir para el ornamento de sus altares y para socorro de sus miembros necesitados los bienes que hemos empleador en el lujo y en la vanidad, y finalmente aprendamos del Salvador, que Él es acreedor compasivo, pronto siempre a perdonar todo el débito, si sinceramente se lo suplicamos: que nosotros somos sus deudores: que nuestras deudas son nuestros pecados: que todos estamos cargados de ellos, unos más y otros menos; pero todos igualmente impotentes de pagar: que el que ha pecado más debe procurar amarlo más; y el que menos pecó se debe esforzar a no amarlo menos. Aprendamos del Señor, que es rico en misericordia, y que pide de nosotros le amemos con tanto mayor fervor, cuanto más gravemente le hemos ofendido, que con estas condiciones no sólo no nos condenará en el último día, sino que hará Él mismo nuestra defensa y nuestro elogio en presencia de todo el mundo junto.

PUNTO 3.
Recompensa del amor penitente.

Lo 1º. El perdón de los pecados...”Y a ella le dijo: te son perdonados tus pecados...” El Salvador asegura a esta mujer que Dios tiene de ella misericordia. No se contenta de haberlo ya declarado hablando a Simón; quiere darle a ella misma una sólida y cumplida consolación, quiere que ella guste la paz inefable de una alma restablecida a la gracia, y que oiga de su misma boca: “Te son perdonados tus pecados...” ¡Oh poderosas palabras llenas de consuelo! Jesucristo es el que las pronuncia aún ahora por boca de sus ministros; y tienen el mismo efecto cuando llegamos al sacramento de la Penitencia con las debidas disposiciones... Los fariseos convidados también a la misma mesa murmuraron en secreto...
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Lo 2º. La recompensa del amor penitente es la salvación y la sanidad del alma... Jescucristo no quiere responder a las quejas internas de los fariseos ni descubrir sus pensamientos. Su caridad le hizo a veces hablar y callar. Sufrió la poca disposición que tenían estos judíos, y dio a la mujer la consolación de la buena conciencia: “Y le dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado...” Tanto por lo que toca al cuerpo, como por lo que mira al alma, hay un estado de sanidad y de fuerza tal, que es algo más que la exención pura de la enfermedad... La frecuencia del sacramento de la Penitencia procura al alma esta fuerza, y para decirlo así, esta sanidad espiritual que le da valor para los ejercicios de la virtud y constancia en la práctica del bien. Si las almas piadosas que frecuentemente se llegan a este Sacramento se hallan aún en estado de flaqueza y de debilidad, no lo deben atribuir a otra cosa que a su poca fe.
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Lo 3º. La recompensa del amor penitente es la paz del corazón... Las últimas palabras que dijo el Salvador a esta dichosa y santa penitente pusieron el sello a su felicidad y a su perfecta reconciliación... Vete en paz... ¡Oh dulce paz! ¡oh dulce fruto de la verdadera penitencia! Los más grandes pecadores lo experimentan felizmente, cuando después de haber examinado su conciencia sin adularse, después de estar penetrados de dolor y de amor a los pies de un Dios ofendido, y después de haber vencido todo respeto humano y toda vergüenza dañosa, descubren todos sus desórdenes sin disimular cosa alguna. Pero, ¿cómo o por qué acaece muchas veces que algunas almas piadosas que temen el pecar más que a la muerte, se hallan privadas de esta dulce paz, y agitadas en su conciencia experimentan las más vivas inquietudes sobre sus pecados y sobre las confesiones que han hecho? ¡Ah! este es un artificio del enemigo de la paz, que perturba estas almas para robarles el fruto de su penitencia, para impedirles el adelantamiento en la perfección, y quitarles el gusto de la virtud, y si pudiese ser, hacerlas volver atrás... Almas inquietas, resistid al enemigo de vuestra salud con una perfecta confianza en la bondad y en la misericordia de vuestro Salvador. Vosotras habéis hecho cuanto Él os ha mandado, cuanto está de vuestra parte para volver a Su gracia: ¿os manda por ventura otra cosa? ¿Será la confesión una red que os haya tejido Él para engañaros y cogeros? ¡Ah! ¿por qué os consumís en tantas inquietudes cuando os debíais consumir en amarle? Suponed ya vuestros pecados perdonados, y no os ocupéis en otra cosa que en mostrarle vuestra gratitud y vuestro reconocimiento. Si están perdonados ya vuestros pecados, vuestra inquietud ofende al que os los ha perdonado; si no lo están, vuestra inquietud nada alcanzará para conseguir el perdón. El amor sólo puede obrar este milagro, y reparar cuantos defectos pueda haber habido en vuestra penitencia: menos inquietudes por lo pasado, y más fervor al presente: amad mucho: el amor es el más seguro indicio del perdón de los pecados. Amad y gozaréis la paz, que es la recompensa del amor penitente.
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Meditaciones sobre el Evangelio de Bossuet, tomo primero
http://books.google.es/books?id=n6rqw0HuPAkC&printsec=frontcover&hl=es&source=gbs_ge_summary_r&cad=0#v=onepage&q&f=false

El Evangelio Meditado, tomo 2 :
http://books.google.es/books?id=ImVSlMFBT2UC&pg=PA117&dq=un+fariseo+rogaba+a+Jes%C3%BAs&hl=es&sa=X&ei=u8A6Upj6O4nA7Aap2IDYDA&ved=0CCkQ6AEwAQ

Para descargar los libros, en una especie de rueda en las páginas señaladas, sale un desplegable con descargar pdf:
Y de ahí derivan a la siguiente, en el caso de  Meditaciones sobre el Evangelio de Bossuet: 
http://books.google.es/books/download/Meditaciones_sobre_el_Evangelio.pdf?id=n6rqw0HuPAkC&hl=es&capid=AFLRE735nbxmNV_oT65AgJZ_VPSb32bCR_pak-rLrNWlbQwTpljLv0WJqVQAYAInOR5GfLJkZ5VjUQqUlKekjKZdZdliZ-hRJA&continue=http://books.google.es/books/download/Meditaciones_sobre_el_Evangelio.pdf%3Fid%3Dn6rqw0HuPAkC%26hl%3Des%26output%3Dpdf
Y en el caso de El Evangelio Meditado, tomo 2:
http://books.google.es/books/download/El_Evangelio_Meditado.pdf?id=ImVSlMFBT2UC&hl=es&capid=AFLRE73BX3WBYXKfdlwjjuWwBmoJNaWEgT1-k0IYH73EM64r9FSV2DeOfzZ9h4bUVXfrhhZbkCoouMOfaX-XAU5c2X8Fgs1ROQ&continue=http://books.google.es/books/download/El_Evangelio_Meditado.pdf%3Fid%3DImVSlMFBT2UC%26hl%3Des%26output%3Dpdf
















viernes, 16 de noviembre de 2012

Aprovechar la propia vida




Aprovechar la propia vida


            Uno aprovechará su propia vida si la utiliza para hacer el bien, si la utiliza para amar de verdad; esto es posible en cualquier circunstancia y, por tanto, no hay disculpas; ninguna circunstancia libera a la persona de esta obligación. Podría pensarse superficialmente lo contrario, que le viene bien a la persona el dedicarse no a hacer el bien, sino a alimentar sus intereses superficiales, como comodidad, entretenimiento, vanidad, etc., y esto muy fácilmente podemos ver que es falso; entre otras muchas cosas, ¿cómo responderá esa persona ante las mil circunstancias aparentemente adversas que se imponen en la vida aunque uno no las quiera?, ¿a dónde vemos que conduce una vida dedicada a los intereses superficiales?, etc. En ocasiones uno se queja de las propias circunstancias, pero no porque en ellas no pueda hacer el bien, ya que esto, como hemos dicho, siempre es posible, sino que se queja porque ve atacada su comodidad, vanidad, los planes que tenía previstos, etc. Para aprovechar la vida, uno tiene que amar de verdad, pudiendo ver las diversas situaciones no desde sus intereses superficiales, ni dejándose guiar por ellos, sino que pensando en hacer su parte para el bien de verdad.
            Al ir amando de verdad uno irá contando con fuerzas para sobreponerse a los particulares intereses propios a ajenos; uno, si se decide a hacer el bien de verdad, podrá negarse, por ejemplo, a algo que pudiera apetecerle, o bien, lo que en ciertas circunstancias pudiera ser más difícil, negarle a otra persona lo que a ésta pudiera apetecerle, o interesarle superficialmente, aún sabiendo que de concederlo uno quedaría superficialmente halagado o complacido. Al esforzarse en tener buena intención, uno podrá ir contando con fuerzas para sobreponerse a todos estos fuertes intereses superficiales; y aunque una persona, dejada llevar por estos intereses superficiales durante mucho tiempo, o toda la vida, haya dado lugar a que éstos se hayan ido complicando, y la persona se sienta, y lo esté, muy atada o esclavizada por ellos, siempre es posible, mientras hay vida, comenzar a liberarse de todo ello y empezar a amar de verdad, a buscar el bien de verdad, y no seguir alimentando intereses superficiales.
            Amar o hacer el bien no es hacer lo que a la otra persona pudiera apetecerle, o interesarle superficialmente, sino que para amar, uno tiene que encaminarse a hacer el bien de verdad. El amor de verdad siempre es gratuito; no busca gratificación como la actuación interesada superficialmente, no pretende tampoco dominar al otro con la propia actuación; con el amor de verdad, siempre se responde con amor en las pruebas (como determinadas respuestas de otra persona) que puedan surgir; y no conduce a decir ni a pensar que lo que uno ha hecho ha sido inútil para uno o para los demás, aunque se hayan deshecho los planes que parecía que iban a tener lugar. Haciendo el bien de verdad, uno realmente no se hace daño, sino bien. Cuando parece que hay que elegir entre el bien del otro y el de uno, generalmente se refiere uno a intereses superficiales; pero si uno se guía realmente por el bien de verdad, uno primeramente se hace bien a sí mismo, y esto ya nadie se lo quita, además del efecto de su actuación en otras personas, etc. Si uno no ha depurado su intención, y se ha guiado por intereses superficiales, además de no haberse hecho bien a sí mismo, ni haber acercado a otras personas a vivir el bien o el amor de verdad, es posible que le surja luego el resentimiento si ve que la conducta de otra persona no responde a sus expectativas interesadas, aunque estos intereses superficiales no fueran del todo conscientes. Es entonces cuando sólo aparentemente podría rápidamente pasarse del amor al odio, cuando eso realmente no es cierto, ya que el amor es justo lo contrario del odio, y entre ellos no hay un paso, sino muchos; pero lo que sí es cierto es que podría pasarse de la actuación interesada al odio  mucho más rápidamente ( realmente van en el mismo sentido tanto el odio  como la actuación interesada superficialmente, que, en definitiva, no deja de ser egoísmo); y entonces sí que podrían surgir las no infrecuentes quejas de que uno lo dio o hizo todo por la otra persona, sin reconocer todavía que lo que uno hizo no fue realmente por el bien de verdad de la otra persona, sino por intereses superficiales que en el momento de la queja han quedado sin el resultado interesado esperado; pero hay que ser valientes y reconocer que la intención de uno no era tan pura como se pudiese pensar, y saber que con una actuación interesada, aunque se hayan alimentado intereses superficiales de otra persona, y se hayan pasado ciertos esfuerzos para ello, realmente no se ha hecho el bien de verdad, sino al contrario, con lo cual no sería extraño, que por parte de estas actuaciones no se haya brindado mejoría alguna, sino lo contrario, además de no haberse hecho tampoco bien uno a sí mismo. Hay que ser valientes para reconocer los intereses superficiales de uno, y no vale decir que uno por ejemplo no tenía intereses económicos, u otros intereses concretos, lo cual podría ser cierto, ya que intereses superficiales hay de muy variados tipos, siendo por ejemplo uno que suele pensarse que no actúa el interés emocional, el cual consistiría en alimentar los intereses emocionales de uno, aunque sean insanos, como el deseo de sobresalir, de quedar bien, de autoafirmarse personal o socialmente, de tener compañía, o incluso el de tener a alguien al que poder dominar, minusvalorar, o "cuidar", o "curar", y un largo etc. Es posible que muchas personas piensen que estos intereses emocionales son inexistentes, cuando no lo son, y pueden desviar totalmente la actuación en un sentido, y hacerla totalmente perjudicial tanto para uno, como para otras personas. Precisamente si uno quiere hacer el bien tiene que sobreponerse a todos estos intereses superficiales (quedar complacido, quedar aparentemente bien ante posibles espectadores, o vecindario, etc.), que podrían confundir, siempre superficialmente ya que en profundidad el engaño es menor, lo aparentemente bueno, con lo bueno realmente; y buscar el bien de verdad, lo cual no es buscar la mera complacencia ni alimentar intereses superficiales desordenados; de una actuación realmente bienintencionada, uno ya nunca se arrepiente, independientemente de los resultados, los cuales por esta vía se seguirán mirando, no desde los intereses superficiales, sino que prosiguiendo en hacer el bien.


 


PARA LOS QUE QUIEREN TENER O AUMENTAR SU FE.


            Si se quiere reanimar o recuperar la fe lo primero es ponerse en Gracia de Dios y esto se hace con la Confesión Sacramental (los no bautizados tendrían que recibir el Bautismo, para recibir el don de la fe), arrepintiéndose y confesándose de todo lo que es contrario a los Mandamientos de Dios, esto es, de todo lo contrario a la Caridad. Dios irá dando Gracia para ir viendo esto con más claridad para el que quiere mejorar sinceramente, para el que está dispuesto a romper con la tiranía de las superficiales apetencias y pone todos los medios necesarios para luchar contra ellas, decidiéndose a vivir el amor de verdad, abandonando la mentira y el egoísmo.
            Os recomendaría que ante cualquier persona a la que se vaya a ayudar en algo, o ante la que uno se sienta llamado a ello,  encaminarse al bien real de esa persona (y por extensión de toda la humanidad, procurando su salvación eterna, todo según la Voluntad de Dios) aunque se estuviera, por ejemplo, ayudando a resolver un problema material concreto, y que esto esté por encima de los particulares intereses superficiales (quedar bien, amor propio desordenado, etc.); si uno solamente pensase en el bien material de otra persona, esto no le obligaría a depurar la propia intención; pero si uno busca el bien real de la otra persona, esto sí le obliga a depurar su propia intención. Si se hace el bien de verdad, seguro que se “verán” los efectos beneficiosos (que quizá otros no vean con los ojos); y, si se hace el bien de verdad, se irá haciendo uno cada vez más consciente de que el bien de verdad es bueno para todos, y el solamente aparente, que se limita a alimentar intereses vanos, para nadie.







Y también dejo lo siguiente para leer:

http://opinionestemasdeactualidad.blogspot.com.es/2012/02/factores-tener-en-cuenta-la-hora-de.html


http://influenciavaloresmoralesensalud.blogspot.com.es/2007/07/influencia-de-los-valores-morales-en-la.html


Y sencillo experimento:

http://opinionestemasdeactualidad.blogspot.com.es/2010/06/sencillo-experimento-para-los-que.html


Referencia de varios libros religiosos:
http://anexoopinionestemasdeactualidad.blogspot.com.es/2012/11/referencia-de-varios-libros-religiosos.html


miércoles, 29 de febrero de 2012

FACTORES A TENER EN CUENTA A LA HORA DE AFRONTAR UN PROBLEMA, IMPREVISTO, ENFERMEDAD, O CIRCUNSTANCIA ESTRESANTE.



            FACTORES A TENER EN CUENTA A LA HORA DE AFRONTAR UN PROBLEMA, IMPREVISTO, ENFERMEDAD, O CIRCUNSTANCIA ESTRESANTE.


                        Un primer factor sería el descartar lo malo en sí mismo como respuesta o supuesto intento de solución. Incluso una mala actuación de otra persona, por ejemplo, no justifica la propia mala actuación como respuesta; y esto aunque la situación vuelva a repetirse una y otra vez. Luego veremos que lo malo, en sí mismo, procede de una conciencia no depurada, y sólo complica las situaciones. Si la situación es extremadamente difícil, sólo si respondemos bien, haremos, por nuestra parte, lo mejor que podamos. Ni que decir tiene que lo malo sólo sirve para complicar una situación, aunque se pudiese satisfacer con ello algún vano interés personal, o salir “ganando”, equivocadamente y falsamente, en este sentido. Ser, además, muy conscientes de que a cada uno le corresponde su parte, y de que no hay disculpas para ello, aunque otra persona lo dificulte (en muchas ocasiones podría apetecer que la situación, o actuación de otra persona, fueran diferentes, quizá para no tener que pasar uno mismo por la dificultad de tener que hacer lo que debe hacer al respecto, lo cual le obliga a sobreponerse a los particulares intereses personales egoístas).
                        Como segundo factor muy importante, y que no muchas veces se tiene en cuenta, es: enfocar la situación generosamente; lejos de pensar en los propios intereses superficiales, o en intereses superficiales en general, encaminarse al bien real de todos los implicados, siendo deseable que este objetivo esté respaldado por uno todavía mayor de hacer el mayor bien posible con nuestra vida (lo cual, por supuesto, sólo es posible según Dios), lo cual, incluso, nos ayudará a discernir si tenemos que actuar activamente ante un asunto determinado, pero no cabe duda de que si comenzamos a pretender, con la ayuda de Dios (aunque no seamos, en principio, conscientes de ella), el buscar el bien real de las personas (no dirigiéndonos, como último objetivo, por su bien material, sino que buscando su bien de verdad, o lo que inicialmente podamos considerar de ello, de acuerdo a la depuración de nuestra conciencia; por supuesto que descartando lo malo en sí mismo, lo cual siempre procede de una conciencia deformada), en una situación, este objetivo se afianzará, y se depurará, afectando al enfoque de toda nuestra vida. Por supuesto que sólo sirve el encaminarnos a lo que consideremos bien real de otra persona, lo cual, si hacemos bien, enseguida nos hará ver la dificultad para ello, y la necesidad de sobreponernos, y negarnos, a intereses superficiales (por el contrario, si uno se limita a alimentar meros intereses superficiales de otras personas, incluidos los emocionales, que no su bien de verdad, uno no tendrá que sobreponerse a los intereses superficiales propios, al menos a los más importantes, dando lugar a que sean éstos, y no el amor, el motor de dicha acción interesada). Una intención depurada (de los intereses superficiales) facilitará que la mente trabaje mucho mejor, y que la acción en la que uno participa, gracias a la Bondad de Dios, sea mucho más eficaz; por supuesto, acción en la que uno participa, no sin cierta dificultad personal en algún sentido, al menos inicialmente, ya que el tener la intención de realmente hacer el bien a alguien obliga a depurar la propia intención, negándose a los particulares y superficiales intereses (Por supuesto que en este camino se van superando etapas, se va haciendo fácil lo que parecía difícil; e incluso lo que parecía que interesaba, se ve claro que no era así). Por el contrario, si uno sólo se guía por intereses superficiales, por intereses materiales, esto no le obliga a depurar la propia intención (entre otras cosas, uno puede encontrar a la hora de satisfacer los intereses materiales de los demás, la satisfacción de los intereses propios; al contrario de lo que ocurre cuando uno busca el bien real de alguien, lo cual siempre obliga a anteponerlo a los particulares intereses superficiales). Además, si uno sólo se guía prioritariamente por intereses superficiales, por intereses materiales (aunque sean emocionales; se recalca esto, ya que uno podría pensar que lo guiado por meros sentimientos o por lo emocional, ya está depurado, cuando no es así; uno tiene que sobreponerse también a esto, para realmente guiarse por el bien real de la persona, no por su sentimiento o por sus emociones, que pudieran estar poco enraizadas en el bien real), podría conseguir éstos o no, pero siempre sería a costa de perder en aspectos mucho más importantes (entre otras cosas, la persona no crecería como persona, en su auténtica capacidad humana, ni en el auténtico fin para el que ha sido creada); en cualquier caso, esto no le llenaría, estando muy por debajo de la posibilidad del ser humano de colaborar en anteponer el amor de verdad o el bien de verdad, a los intereses superficiales, propios o ajenos, por supuesto que con la Gracia de Dios. Cuesta esfuerzo el no satisfacer los intereses superficiales, tanto propios como ajenos, en ciertos casos, pero sin ello no se puede hacer el bien de verdad (el cual no será en muchas ocasiones bien visto, ya que no coincide el hacer el bien de verdad, con satisfacer ciertos intereses que a la persona le pudieran inicialmente apetecer o interesar superficialmente más). Entonces, como segundo factor, tenemos el tener auténtica buena intención hacia todos los implicados (a diferencia de sólo pensar en los superficiales intereses o en los intereses superficiales de algunos de los implicados, generalmente no de todos); siempre que sólo se piensa en el beneficio de una parte de los implicados, como último objetivo, sólo se piensa en su beneficio material, o superficial (al sólo pensar en los intereses particulares, no va siendo posible ir depurando la intención). Por supuesto que lo deseable es que esto se lleve a cabo dentro de una vida generosamente enfocada; pero si uno comienza a enfocar de forma auténticamente generosa una situación, esto ya le ayudará a conseguir un enfoque auténticamente generoso en la vida, ya que si se empieza a pretender vivir el amor de verdad, éste siempre es universal (se haría universal; teniendo además en cuenta que el amor tiene que contar, en lo que a nuestra parte respecta, con una decisión de la voluntad, no tratándose de un mero sentimiento involuntario, el cual, si no está enraizado en la voluntad, sería muy voluble y poco estable, además de ineficaz, al menos por sí solo, para el bien real), y también abarca a toda la propia vida; por supuesto que esto no tiene nada que ver con dejarse llevar por supuestos bienes globales materiales, lo cual lejos de tener como objetivo el hacer un bien a alguien, tendría el de intentar esclavizar a las personas, y conseguir intereses superficiales de unos cuantos. La diferencia se ve claramente ya que el objetivo generoso incluye el pensar en el bien real de todas y de cada una de las personas, y no supuestamente en su mero bien material (restando en aspectos fundamentales); esto último sólo satisfaría inútilmente ciertos intereses creados, pero no llevaría, por sí mismo, a hacer bien real a nadie, y, como consecuencia de esto, ni siquiera a su bien material (las cuentas nunca salen con una actitud egoísta, y destruyendo lo fundamental de las personas). El objetivo tiene que estar muy claro, y en esta sociedad, si algo no cuesta trabajo, más bien tenemos que pensar, y temer, que nos estamos dejando llevar por intereses superficiales, ya que el actuar bien, además de costar más (en un sentido, y al menos en principio; ya que realmente después cuesta menos y se encuentra uno con un yugo mucho más suave, y una carga ligera), enseguida se encuentra uno con una fuerte oposición mundana. Una vez se haya actuado de esta manera, es importante no obsesionarse con resultados, lo cual será más fácil si se ha actuado bien realmente, con intención depurada (el obsesionarse con un determinado resultado concreto ya hablaría de que uno se está dejando llevar por un mero interés personal, de que a uno le pueden sus propios intereses temporales); hay mucha gente que puede confundir, cuando no es lo mismo, afrontar bien un asunto, con lograr unos ciertos resultados, de los que pudiera pensarse que interesan, sin haber afrontado bien, generosamente, la situación; si se afronta de forma egoísta una situación, aunque se obtengan ciertos resultados, incluso superficialmente no necesariamente malos en sí mismos, se pierde en muchos aspectos más importantes; entre otras cosas, si uno reacciona de forma egoísta, se tendrá el daño derivado de no haber procurado el mayor bien posible, y tampoco se crecerá como persona al no haber hecho el mayor bien posible; y no es cierto, sino lo contrario, que se logren más bienes materiales sólo dirigiéndose a éstos, perdiéndose, además, de esta última manera, la posibilidad de crecer en el amor de verdad, con la Gracia de Dios.
CIRCUNSTANCIAS EN LAS QUE PODRÍA APLICARSE ESTO (por supuesto que en cada situación en concreto deberá llevarse a cabo la Voluntad de Dios, para lo cual es importante ir purificando la conciencia, y nuestro amor, de posibles contaminaciones, dejando que Dios actúe en nosotros, ayudándonos, para ello, de la oración y de los Sacramentos, adhiriendo nuestra voluntad a la infinitamente sabia, e infinitamente perfecta, Voluntad de Dios). Por supuesto que no hay actuación buena personal sin la Gracia de Dios. Si actuamos bien será porque la Gracia de Dios actúa en nosotros, y nosotros no la resistimos. Sin Nuestro Señor Jesucristo no podemos nada, ni el menor acto bueno. Demos gracias a Dios porque nos permite participar de Su Bondad, Bondad que también quiere vehiculizarse, o expresarse, mediante nuestros medios humanos unidos a Él).
1.- A la hora de discernir si uno tiene que permanecer, o no, en una determinada situación, o dedicar su esfuerzo, o no, a un asunto concreto. Muchas veces uno se encuentra en una situación, o sigue insistiendo en un asunto, pero fruto de no aceptar los resultados, o bien de no confiar auténticamente en los buenos efectos que se derivarían de actuar con auténtica buena intención, con lo cual sería posible pensar que hay que suplir esto con nuevas e insistentes acciones, lo cual, realmente, si no procede de una intención depurada, obtendrá los malos efectos correspondientes, en una situación en la que uno, si hiciese un buen discernimiento, podría ver que ya ha hecho lo posible, al menos por el momento, y vería que quizá ya no tiene que estar en esa situación, en la que pudiera permanecer quizá por otros intereses no depurados. Es bueno saber que si uno se separa de una situación, o incluso de una persona, tendría que ser por auténtica buena intención, tanto hacia la persona, como en la vida en general, atendiendo a la Voluntad de Dios; digamos que siempre hay que guiarse por la caridad (añado auténtica, por la desvirtuación actual de las palabras), con la cual uno raramente (además no habría necesidad) tendría necesidad de cerrar la posibilidad de intervenir en una situación para siempre, excepto que esa intervención fuera mala en sí misma, o propiciase el mal, pero, en otro caso, sí sería posible el no intervenir directamente en un momento determinado, por no considerarlo conveniente, al menos temporalmente. El actuar bien, sólo es posible con la Gracia de Dios (aunque también una persona recibe ayuda de Dios para poder acomodar sus actos a su conciencia, y a la Voluntad de Dios, e ir acercándose a la posibilidad de estar en Gracia de Dios); el actuar bien ayuda a poner muchas cosas en su sitio, desvelando también muchas cosas, posiblemente ocultas inicialmente, y ayudaría a poder adoptar resoluciones mucho mejor motivadas; el empezar a cambiar la actitud, con la intención por la que uno se guía en la vida, llevará a los efectos circunstanciales correspondientes, según el designio divino, los cuales no tienen que corresponder con los efectos que más hubieran podido apetecer superficialmente, sino que se trata de efectos realmente buenos, no engañosamente apetecibles, según el grado en el que se hubiera participado con la Voluntad de Dios. 2.- Ante una enfermedad. La enfermedad, propia o ajena, no debe verse en términos superficiales e interesados, como sólo enfocarla en términos de sufrimiento o no sufrimiento. La persona no está en la vida para no sufrir, o para satisfacer sus intereses particulares materiales; esa concepción de pensar que una persona humana está en la vida para no sufrir, o para disfrutar, sería degradar a una persona; además de que este carnal objetivo sería realmente engañoso, no obteniéndose con él, ni siquiera, un pequeño disfrute temporal, ya que con él enseguida surgirían las preocupaciones, inquietudes, vacíos y amarguras. A la hora de afrontar esta situación de enfermedad, como otras, también hay que pensar en el bien que se puede hacer, en el que uno puede colaborar, en lo que la enfermedad puede decir o enseñar a uno, en aquello de lo que le puede proteger esa situación de enfermedad, quizá inesperada; para atender a todo esto uno tiene que atender a los bienes que no perecen, sino que duran hasta la vida eterna. Una vida siempre vale la pena; ¡quién sabe, por ejemplo, si el vivir una situación muy dolorosa de tener que atender a un familiar, no le ayuda a alguien a ver ciertas cosas importantes en la vida!. No se deben mirar las situaciones dentro de las coordenadas materiales (dolor, no dolor, comodidad, etc.), ni egoístas. Un buen enfoque no es incompatible con ciertos tratamientos razonables (siempre guiados, como último objetivo, por una real buena intención), e incluso, en muchos casos, un buen enfoque lleva más fácilmente a la curación al realmente poder contemplar el origen de algo, si una persona tiene la valentía de atender el aviso que esa enfermedad pudiera suponer, pudiendo ver que la enfermedad es la consecuencia de algo que puede y debe mejorar por parte de uno; igualmente, si le ve su utilidad real, su sentido, etc. Uno también puede preguntarse, ¿qué me quiere decir esta enfermedad? Es aconsejable, ver una enfermedad o sufrimiento según lo que uno puede hacer de realmente bueno, no según el superficial interés, propio o ajeno. A los demás también se les puede hacer mucho bien aunque se les pueda contrariar inicialmente en sus intereses superficiales, que no reales, o se les pueda aumentar el trabajo con la enfermedad de uno. La generosidad tiene que estar por encima de los propios planes (el Plan de Dios está por encima de los propios planes; tenemos que estar abiertos a Su Plan, mucho más sabio que el limitado y/o perjudicial nuestro, máxime si el plan personal fuera egoísta). Los planes concretos humanos, para ser legítimos, siempre tienen que estar englobados en uno mayor, haciendo el mayor bien posible en la vida, según los designios de Dios; de esta manera, se irá pudiendo afrontar adecuadamente cualquier contrariedad y no obsesionarse con la obtención de ningún resultado concreto que se adapte a las cortas o falsas miras meramente mundanas, y se podrá soltar riendas con respecto a la falsa obligatoriedad de obtener ciertos resultados concretos de nuestras acciones e incluso se podrá soltar riendas riendas con respecto a la también falsa obligatoriedad de seguir el plan previsto (en cualquier caso, todo lo hecho antes de un posible cambio, si realmente estaba generosamente enfocado, siempre habría servido, quizá, incluso, para tomar la decisión en el momento presente). Por el contrario, equiparar vida humana digna con no sufrir, o perseguir como último objetivo intereses superficiales, corresponde a una concepción poco digna del ser humano. Por otro lado, ante cuestiones de salud, el intentar solucionar algo desde la superficie es falso; también en lo que respecta a la mejora del comportamiento humano. Curiosamente parece admitirse socialmente un tratamiento en superficie en pocos terrenos, como parece admitirse en cuanto al comportamiento humano (lo cual no ocurre en otros asuntos; si el motor del coche hace un ruido extraño, no se centrará la persona en evitar meramente que lo haga, sino que buscará su causa; si ve la cocina inundada de agua sin causa aparente, nadie en su sano juicio se limitará a pasar la fregona, etc. ). Algo indebido que puede darse en la conducta, e incluso en la medicina en general, es el atender sólo o principalmente al último síntoma o última manifestación de algo, como si eso fuera realmente el problema principal o nuclear, y no, como ocurre en muchas ocasiones, una manifestación o aviso, de algo interno que sí puede ser conveniente tratar o rectificar, o atender como aviso. En algunas situaciones, en las que las manifestaciones o síntomas son graves en sí mismos (lo cual no ocurre muchas veces, al menos inicialmente), éstas pueden requerir un tratamiento específico (aunque siempre conviene no descuidarse de la causa que ha dado origen a ello, lo cual no estorba, sino todo lo contrario, el tratamiento de síntomas que pudieran ser graves; entre otras cosas, como puede ocurrir en salud mental, el síntoma puede ser un mecanismo de defensa, aunque inadecuado en sí mismo, con respecto a su origen, pudiendo ser muy peligroso pretender eliminar el mecanismo de defensa sin más, sin rectificar la causa; el rectificar la causa sí podría dar lugar a una mejoría de forma armónica en todas sus manifestaciones); lejos de que sea necesario tratar los síntomas en sí mismos en muchas ocasiones, es más habitual que sólo sea necesario, y conveniente, el tratar, al menos directamente, el origen de algo, con lo cual ya desaparecerán sus manifestaciones; además de que, por supuesto, un enfoque inadecuado hacia los síntomas puede complicar el proceso que queda en su origen, y realmente sin tratar, con los efectos de los sucesivos tratamientos. Uno puede saber más acerca del origen de algo, en cuanto a salud, por ejemplo, si realmente está en contacto con su interior, y no vive meramente en la superficie sin querer preguntarse en absoluto acerca del origen de las cosas, no sirviéndose, en este caso, de ninguna circunstancia, ni aviso de la naturaleza, para reflexionar, sino que pareciendo más bien todo una huida hacia delante, sin rumbo, cada vez más separada del Camino Verdadero. Y, por supuesto, que es incorrecto el enfoque de no tolerar ningún tipo de molestia o sufrimiento, y actuar con el mero objetivo de resolver ciertas incomodidades. Cualquier acto humano debe ser motivado por Nuestro Señor Jesucristo, por Su Bondad, siguiendo Su mandato de amor, lo cual sólo puede ser realizado con Su Gracia.
                        Otro aspecto a tener en cuenta con respecto a la enfermedad, que puede ocurrir, es el de que una persona se considere exenta de la necesidad de hacer el bien, hasta que cambien sus circunstancias o se encuentre más aliviada o repuesta de su enfermedad. Si uno sencillamente esperase la mejoría de su enfermedad o circunstancia para hacer el bien, por un lado es posible que esperase hasta nunca, y seguramente ocurriría esto si no cambiase de actitud; por otro lado, la enfermedad, por esta vía, tampoco tendería a mejorar, ni uno se adaptaría de la mejor manera a la misma, viéndole un sentido. Uno, si se decide, con la ayuda de Dios, a hacer el bien, a aprovechar, en este sentido, la propia vida, esta gran oportunidad que todos tenemos sin haberla merecido, tiene que comenzar en las circunstancias en las que está, y con los medios que cuenta; para hacer el bien, además, sirve todo; entre otras cosas, hacer el bien no consiste en la necesidad u obligatoriedad de hacer algo que no está en las posibilidades de uno, sino que siempre se puede hacer el bien, respondiendo ante Dios de los propios actos. El pretender sólo hacer lo que no está en manos de uno hablaría más bien de la necesidad de depurar la propia intención. Siempre, en cualquier circunstancia, se puede hacer el bien, con la Gracia de Dios, y merecer para la Vida Eterna, gracias a los Méritos de Nuestro Señor Jesucristo. El tener buena intención, además, evitará el obsesionarse con un cierto resultado concreto, como una posible curación de la enfermedad, al menos en sus aspectos físicos, sino que, en todo caso, siempre englobando este objetivo, que pudiera no ser malo en sí mismo, en otro mayor, de acuerdo a la Voluntad de Dios, que sabe mucho más que nosotros (pudiendo estar el pensamiento humano muy enturbiado por meras apetencias, comodidades, y prejuicios, sin estar guiado por lo que realmente importa, no dándonos cuenta de que la enfermedad puede estar librando de mil peligros, o bien ser una consecuencia de algo que tiene que mejorar en lo profundo, no pudiendo seguir uno guiado por los intereses superficiales, lo cual pudiera estar precisamente en el origen de la enfermedad; todo esto además de otras mil o infinitas consideraciones al respecto que pudieran escaparse a la mente humana; uno tiene que saber que a él no le corresponde mandar en el mundo, ni en sus particulares circunstancias ajenas a su voluntad, al menos directamente, pero siempre puede aspirar, con la ayuda de Dios, a mandar en sí mismo, en las propias pasiones desordenadas, haciendo que triunfe el poder vivir el mandato divino del amor). 3. Una aparente contrariedad nos puede ayudar a ver más fácilmente todo lo perjudicial y remediable que pudo haber dado lugar a dicha situación, pensando en rectificar en lo que, a partir de un momento determinado, toque vivir; no sería adecuado el, sencillamente, no aceptar las consecuencias de una equivocación o mala decisión personal, a la hora de pretender rectificar, ya que el tener la suerte de querer rectificar, y poder hacerlo, no anula necesariamente las consecuencias de los actos o decisiones equivocadas anteriores (que muchas veces también sirven para algo que la mente mundana, inclinada a lo más fácil y cómodo, pudiera desconocer, o no sospechar siquiera); nos ayudará a afrontar esto de la mejor manera el tener realmente una intención generosa y no obsesionarse con ciertos resultados que pudiera parecer que interesan más material o superficialmente. Uno si quiere empezar a cambiar tiene que confiar al actuar bien de verdad a partir de un momento determinado, y no obsesionarse con obtener ciertos resultados concretos, que con sus cortas miras pudiera apetecer. No se puede, pues, pretender corregir sólo la manifestación de algo, sino que conviene ir a la raíz. No hace impuro al hombre lo que entra en el hombre, sino lo que sale del hombre ya que sale de su corazón (no son las circunstancias con que pueda contar, o que le pueden surgir a una persona, lo realmente importante en la vida de una persona, sino que es más importante lo que una persona decide hacer con su vida, y y ante cada situación).  4.  A la hora de ver un acontecimiento pasado, es importante ver la parte de uno. Si es un acontecimiento con gran carga emocional, es aconsejable tener buena intención hacia todos (aunque alguna persona ya hubiera fallecido), al menos en lo que a la voluntad se refiere, no comenzando por los aspectos ya involuntarios; es posible que se pueda ver que alguien se portó mal (pero no se puede juzgar o saber la responsabilidad que tenía al respecto; con buena intención tampoco es necesario saberlo, ya que el pretender saberlo, más allá de lo conveniente, vendría de un enfoque egoísta, más bien orientado hacia la condena o el desechar a una persona porque se pudiera pensar que no interesa hacia los intereses superficiales de uno, sin guiarse uno por una buena intención, con lo que podría alimentarse indebidamente un falso sentimiento de superioridad, basado meramente en aspectos superficiales, o un venenoso sentimiento de hostilidad ). Si hay desesperanza es que en realidad no hay auténtico arrepentimiento ni conversión, ya que uno no puede quedarse a la hora del arrepentimiento en lo meramente circunstancial o en las consecuencias de algo, sino que tiene que atender también al origen de ese hecho, lo cual está en relación con el enfoque de la situación, y lo cual siempre, en cualquier circunstancia, se puede rectificar (claro que no anulando, quizá, las consecuencias de lo anterior). Quizá la misma, o similar, situación ya no vuelva a producirse, pero siempre se podrá y se tendrá que seguir decidiendo acerca del enfoque de la vida de uno y de nuevas situaciones que se presenten. Hay que ver las posibilidades que hay de hacer el bien en el presente, lo que hoy toca, y pide Dios, ya que lo contrario supone la grave desobediencia a Dios en el día actual. Generalmente uno actuó mal cuando actuó egoístamente, y esto puede cambiar. No es pleno arrepentimiento el sentir una mala conducta sólo por sus consecuencias o por cómo se encuentra uno, al respecto, en el presente, sino que es necesario dar el paso de cambiar, y rectificar, convertirse a la Voluntad de Dios, con Su Santa Ley y Santos Mandatos, lo cual siempre es posible. 5.- Ante una agresión externa. Ante una agresión habría tres grandes formas de reaccionar, en lo que depende de uno; sólo la tercera es válida,y paso a exponerlas (el error muchas veces está en pensar que la segunda forma es válida, cuando no lo es): a.-Responder de la misma forma agresiva externamente, y también mal por dentro (con indiferencia o malos sentimientos); sería, digamos, mal por fuera y mal por dentro. b.-Responder por fuera aparentemente bien, pero no así por dentro (al menos con indiferencia, lo cual no es bueno, porque significa que el otro no importa a uno; o bien, otras veces, responder con rabia u odio por dentro); esta respuesta, en contra de lo que algunos pudieran pensar superficialmente, no es buena; por una parte, con ello uno se priva de la posibilidad de hacer algo bueno, al hilo de una situación, lo cual ya es malo, y empobrecedor: uno no crece en cuanto a persona (que tiene que dirigirse a La Verdad, a Dios, para su auténtico desarrollo); y, por otra parte, esto facilita, en unas determinadas circunstancias, el explotar externamente, con mala conducta exterior por obra, ya que por dentro se está en tensión, y no se evita esto, al contrario de lo que ocurriría si se fomentase el amor de verdad. Esta respuesta podríamos etiquetarla como aparentemente bien por fuera (aunque generalmente hay ciertos signos visibles de lo que pasa en el interior, que el otro siempre puede observar, sin duda; o, al menos, notar la falta de atención y de amor), al menos inicialmente, pero mal por dentro. Además de que con una reacción con mala intención o con falta de buena intención (la falta de buena intención ya es algo malo en sí, en contra de lo que muchas personas, equivocadamente, pudieran pensar de que “no haciendo mal a nadie”, aunque se deje de hacer el bien en general y el bien en la situación que sale al encuentro, se actúa bien, cuando no es así), por muy aparente que pudiera ser, a ojos mundanos, o que pudiera satisfacer muchos intereses superficiales, tendría el mal efecto correspondiente en todos los implicados, lo cual, incluso, entre sus consecuencias, podría volverse directamente, en cuanto a una posible agresión externa, contra el que así reaccionó. Ni aquí ni en la siguiente forma, vale pretender disculparse diciendo que el otro empezó, ya que uno realmente en la vida tiene que reaccionar bien ante lo que le sucede, y en esto está implicada la decisión de uno (igual que no sería un buen conductor el que no sabe reaccionar ante una determinada circunstancia, aunque ésta fuese indebida).
c.-La única respuesta válida sería digamos que bien por fuera y bien por dentro. Lo exterior es útil (y por supuesto que hay que descartar lo malo en sí), pero no cabe duda de que no se sostiene, sin el interior bien encaminado, lo cual es más importante. Hay que hacer el esfuerzo de que, pase lo que pase, reaccionar con buena intención hacia todos (y me refiero a ejercitar la voluntad de uno, al respecto; no se trata de pretender mandar directamente sobre lo involuntario de uno, como los sentimientos); así uno no tenderá a acumular tensión, y, si por esta vía llegase a desbordarse por la tensión de la situación, nunca sería de forma más grave. El bien por fuera consistiría en descartar lo malo en sí mismo, como pretendida solución. 6.- Lo que más defiende a la persona, en lo que respecta a la participación de uno, es el tener auténtica buena intención, y ejercitarse en ello; no la desconfianza, ni la mera información. En relación con lo anterior, con la buena intención se evita caer en el engaño, en el que se caería al sólo guiarse por los intereses superficiales. 7.- Ante cualquier aparente molestia, nos ayudará nuestra visión generosa del asunto, partiendo de la base, además, de que el mundo no es perfecto, pero nosotros podemos optar por aprovechar la vida para hacer el bien, por supuesto que unidos a Cristo, origen, fin y autor principal, de toda obra buena, o bien, equivocadamente, guiarnos meramente por nuestro interés. Ver si el amor nos recomienda hacer algo en ese asunto, pero al margen de esto, dejar el tema si ya no podemos hacer nada al respecto, centrándonos más en lo que sí podemos intervenir, en ese u otros asuntos, y organizándonos de la mejor manera con esa circunstancia y otras.
POSIBLES ERRORES AL RESPECTO DE ESTO: CONFUSIÓN DE LA PALABRA AMOR AL PRÓJIMO. El amor no es un mero sentimiento, o emoción, sino que está en relación con la voluntad de la persona de buscar realmente el bien real de las personas. Y no busca el bien real, el que sólo busca la complacencia o alimentar el interés material, u otro interés superficial, aunque sea emocional, del prójimo. Uno, ante cualquier cuidado material legítimo siempre tiene que tener como mira un bien mayor, que encamine a la Salvación Eterna de la persona, y eso, según Dios. ENFOCANDO CUALQUIER ASUNTO DESDE LA COMODIDAD, O DICIENDO “ÉL EMPEZÓ PRIMERO”. Nuestra obligación es reaccionar bien ante cualquier circunstancia que se nos presente; de otro modo, cualquiera podría pretender disculparse ante los males del mundo, etc.          La mala conducta del otro no justifica la propia mala conducta; ante la mala conducta del otro, o ante un ambiente de corrupción, el ser humano, gracias a los méritos de Nuestro Señor Jesucristo sigue siendo libre para actuar bien, con la Gracia de Dios, y liberarse de la esclavitud del pecado. Uno tiene que elegir entre obedecer a Dios o bien ser tiranizado por el mundo en su aspecto mundano, y por su propio egoísmo.