viernes, 7 de noviembre de 2014

DEL LIBRO HISTORIA DEL PROBABILISMO Y RIGORISMO, TOMO 1. 1772



Igual a http://opinionestemasdeactualidad.blogspot.com.es/2014/09/del-libro-historia-del-probabilismo-y.html, excepto que se intercala un texto entre *




43 años desde 1577, año en el que logró el probabilismo su nacimiento en España, hasta 1620; en esta tiempo, el nuevo sistema se estuvo encerrado en el nido, en que nació, sin dar paso fuera de su patria nativa, llegando a ser adulto y célebre en sus Universidades, comenzó cerca del año 1620 a invadir los países forasteros, la Italia, Alemania, y Francia, y hasta el años 1656 hizo maravillosos progresos, adquirió numerosos secuaces, y extendió por todas partes su jurisdicción. La dulce suavidad de su aspecto, sus blandas, y diestras maneras de saberse acomodar a las personas, genios, y costumbres diferentes, sus amplios privilegios de eximir a los Cristianos de aquellas leyes divinas, y humanas, que se han hecho dudosas por las disputas de los Teólogos modernos, y otras prerrogativas suyas, le adquirieron en este breve espacio de 36 años, tanto crédito, y aplauso, que sus autores para defenderlo, y conservarlo en la posesión de sus conquistas, han inventado sutilezas increíbles, y prodigiosas.
74 (página pdf). Es doctrina aprobada por la Iglesia, que no es imputada a culpa aquella acción que se comete con ignorancia verdaderamente invencible. No hay pecado sin libertad, ni hay libertad sin conocimiento. La ignorancia invencible, quitando todo conocimiento, quita la libertad, y por consiguiente exime al que obra en sus tinieblas de toda culpa imputable. Esta es verdad aprobada por todos  los católicos.  La dificultad consiste en la aplicación sincera de esta palabra invencible, … Aquella ignorancia, según el común sentir de los teólogos, es invencible, que el hombre con toda la moral diligencia, y con el uso de las fuerzas humanas, y auxilios ordinarios de Dios, no puede vencer: De modo que se halle privado del conocimiento de la ley, sin alguna culpa suya personal. Aquella, por el contrario, se llama ignorancia vencible, que con la debida industria puede vencerse, y hace que el hombre por su culpa se halle obscurecido con ella.
126
No creo que se pueda poner algún reparo a la inundación universal de los vicios, si no se saca de raíz aquella plata fatal, que produce tantas relajadas opiniones en las costumbres de los cristianos. Añado por otra parte, que esta planta no se arrancará jamás, en tanto que se mira en sí misma, y no se examinan muy bien los frutos contagiosos, que ella produce.
… es menester atacar al Probabilismo en sus ramas, en sus frutos, en las doctrinas prácticas venenosas, que produce, y por esta parte la verdad saldrá ciertamente victoriosa. Las cincuenta proposiciones, recogidas por mí del vasto campo del Probabilismo en sola la materia del ayuno, han engendrado horror en todo el mundo. Si hiciéremos lo mismo en todos los tratados, se hará ver, que estas relajaciones, casi todas, se derivan del Probabilismo, o sistema de poder seguir lo menos probable.

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154

         Pues la misma Escritura Santa nos avisa, que en todo tiempo hay profetas falsos, y Doctores, que hablan, no con espíritu de verdad; sino con espíritu de error: Por lo que nos amonesta el Evangelista San Juan, que no demos a todos crédito (1 Juan 4, 1). Es pues obligación nuestra el observar con atención solícita, y vigilante, cuales sean los Autores, y los libros, merecedores de nuestro crédito, y dignos de respeto, como enseña San Agustín.
         Para instruir bien a mi lector sobre este importantísimo punto, divido los Escritores modernos en dos clases: En la primera pongo aquellos, que son modernos por razón del tiempo, y de la edad; pero antiguos por la doctrina, y modo de opinar. El texto del Apóstol, copiado abajo, hará claro mi pensamiento (1 Corintios 3, 10). En la misteriosa fábrica, de que en él habla, piden dos cosas nuestra consideración: Esto es, los cimientos, y las paredes: Los cimientos son viejos; el edificio, levantado sobre ellos, nuevo en el orden, simetría, y disposición. Estos son los verdaderos caracteres de un Teólogo en la espiritual fábrica de la Divina Teología: Los cimientos sean viejos, como lo son las Escrituras, los Padres, los Concilios, los Cánones. Todas estas piedras fundamentales es necesario que estén unidas, y ajustadas sobre la única basa principal, que es Jesucristo (1 Corintios 3, 11). Las paredes deben ser acomodadas, y proporcionadas a los cimientos. Si Jesucristo, si Su Ley, Sus Palabras, Sus Mandamientos son las basas de la Teología Cristiana: del mismo modo las sentencias, las reglas, las doctrinas, apoyadas en tales basas, deben de todos modos promover la verdadera doctrina de Jesucristo, y Su Gloria, para que el edificio sea verdaderamente sólido, majestuoso, y perpetuo. Aquellos Teólogos, que fabrican de este modo sus Teológicos edificios, aunque sean nuevos por el orden, por la distribución, por la hermosura, y por otros rasgos lúcidos, que hacen amables, e inteligibles las doctrinas antiguas; son no obstante Autores antiguos, son aquellos verdaderos Doctores y dispensadores de las verdades celestiales, con que quedamos preservados del error, y seducción, según el Oráculo del mismo San Pablo (Efesios 4, 11 y 14). De este género de Doctores nos provee Dios por su infinita misericordia en todo tiempo, en toda edad, como hemos dicho, y lo confirma San Agustín.

         Los Teólogos, y Casuistas, que pongo en la segunda clase, son aquellos, que fabrican según las reglas de una arquitectura del todo nueva. Sus edificios son nuevos, así en cuanto a los cimientos, como en cuanto a las paredes: Han inventado nuevos sistemas, contrarios a las reglas de la arquitectura Evangélica, repugnantes a las doctrinas de los Padres, y de los Sagrados Concilios, dice el Papa Alejandro VII. La Teología de estos Autores es nueva, e incógnita a los Padres antiguos, como nos lo testifican los mismos Autores, que se atribuyen a gloria; y  honor, la invención de esta su Teología, …
         Es falsa la máxima, que enseña a anteponer los Autores modernos a los antiguos.
         Aunque muchos Teólogos sabios hayan impugnado eficazmente, como falsas, y perniciosas, las expresadas doctrinas de anteponer los modernos a los antiguos, no obstante no será inútil el que yo aquí me dedique a reprobarlas. Impugnaré pues con la autoridad de los Santos Padres estas recientes máximas, que en todo tiempo fueron opuestas por aquellos, que intentaron adulterar, o la santa fe de nuestros dogmas o la integridad de nuestras costumbres. El Santo Papa Gelasio en su Epístola 5 a Honorio, Obispo de Dalmacia, las condena, como soberbias, y arrogantes, y contrarias a la Escritura Sagrada . San Gregorio Nacianceno asemeja ciertos modernos de su tiempo a los Pyrrhonicos, y Académicos, que por un destemplado deseo de hacer especulaciones sobre todas las cosas, turbaban la Iglesia, y con la novedad de sus opiniones alteraban la pureza de la Católica doctrina. Con razones semejantes impugnó San Bernardo a Abailardo, y a otros nuevos Teólogos, contemporáneos suyos, inventores, y amantes de opiniones nuevas.
         Ni con todas estas sentencias de los Padres se pretende reprobar toda novedad, como ya se ha advertido arriba; sino solamente aquellas novedades, que se oponen a las doctrinas antiguas: Que descubren caminos anchos, contrarios a los manifestados por Jesucristo: Que acomodan la ley del Evangelio al genio de la concupiscencia. Por lo demás se recomienda aquella novedad, que no mira a otro fin, que a aclarar mejor las doctrinas antiguas, y a hacerlas mucho más inteligibles: Sobre lo cual nos dejó un bello documento Vicencio Lirinense en su comonitorio. Y San Basilio el Grande nos hizo sensible esta verdad con una de aquellas sus incomparables semejanzas: Asemeja el Santo las doctrinas recibidas de los antiguos, y extendidas en lúcida forma, con nuevos métodos, con hermosas divisiones, por los modernos, a la semilla, que siempre es una misma, en el pimpollo, en la plata y en el fruto.  Lactancio Firmiano nos da una regla con que discernir ciertas novedades, que ordinariamente no sirven de  ilustrar, sino es de obscurecer la antigüedad. Cuando las sentencias de los modernos son entre sí contrarias, cuando no tienen un sólido, y común principio, sobre que fundar sus discursos; sino que cada uno inventa algún rasgo, con que dorar su propio dictamen, entonces la novedad es contraria a la antigüedad, entonces debemos cautelarnos, y gobernarnos de manera, que dejados estos Autores, que no afirman cosa cierta, entremos por el camino recto; pues el de ellos no lo es, cuando cada uno se lo forma a su modo, dejando en grande confusión a los que buscan la verdad.
         No se niega, que también en los Padres se encuentre alguna diversidad de pareceres, alguna contrariedad de dictámenes; pero también es verdad, que esta diversidad en materia de fe, y de costumbres es rarísima, y sobre algunos ápices de las leyes obscuras, o dificultosas de saberse, y casi nunca en cosas necesarias para la salvación. Si alguna vez han exagerado, y declamado con expresiones fuertes, y vehementes contra algún vicio, o herejía, lo han hecho porque las circunstancias de los tiempos lo requerían, y el celo de arrancar hasta las raíces del mal se las dictaba, como observó San Buenaventura. Pero apenas se hallará una exageración, que contenga error contra la fe, o contra las costumbres. ... Mas lo que merece singular reflexión es, que los Probabilistas reciben con un obsequio el más ciego cualquiera sentencia de los antiguos, que respire aire de benignidad; cuando refutan, como exagerativas, cualesquiera que indican el camino estrecho, y angosto. Si en San Francisco de Sales llegan a encontrar una palabra, que permita el baile, y la comedia: Si en San Antonino una expresión, favorable a la libertad: Si en San Raymundo una máxima, no contraria (a lo menos en la apariencia) a las restricciones mentales: Si en San Ambrosio una sentencia, que incline a la benignidad: Si pueden, digo, descubrir en algunos de los PP, una sentencia condescenciente a la humanidad,  la reciben, la defienden, aunque los doctos modernos sean de parecer contrario. Por lo demás desechan comúnmente la doctrina de los Padres, que enseña el camino estrecho, y angosto, el cual solo, según el aviso de Jesucristo, guía al Cielo. Cuando leen en los libros, u oyen de los púlpitos estas santas doctrinas de los Padres, dicen, o que ellos, como Oradores exageran, o que hablan en abstracto, o muy universalmente, y que no tratan nuestras cuestiones con precisión, ni según las circunstancias, y tiempos corrientes. En pocas palabras, admiten la doctrina de los Padres, y la desechan, según les está  mejor. Quiero apuntar al fin de este capítulo un ejemplo. Pone en cuestíón el moderno Ludovico Bail, si una mujer, que sabe, que es amada para mal fin, esté obligada a huir la conversación familiar, y no necesaria del impuro amante. Trae fuertes razones, que demuestran la obligación de evitar semejante peligro; pero a todas ellas opone fuera de propósito la sentencia siguiente, mal entendida por él, de San Ambrosio. …  De aquí concluye el moderno de esta forma: Parece más probable la sentencia de San Ambrosio, cuya sola autoridad debe tenerse en más, que la de muchos modernos, definidores de casos de conciencia.

161

¿Si algunos Casuistas, digo, recientemente imitasen a los Casuistas pasado, y enseñasen semejantes proposiciones, no podríamos nosotros levantarnos, y advertir públicamente a los Católicos indoctos, que estas son opiniones laxas, escandalosas, perniciosas, y seductoras del Pueblo Cristiano? … ¿Se deberá pues abandonar entretanto el rebaño Evangélico a la seducción de las sentencias falsas? … El probabilismo pues nos precisa a reprobar tales proposiciones, como improbables, falsas, relajadas, y escandalosas, para quitarles del semblante la máscara de menos probables, y para despertar a los Fieles, porque no beban el veneno debajo de la cubierta engañosa de que probablemente no es culpa mortal. … Nosotros por precepto natural, y divino, estamos obligados a socorrer a nuestro prójimo, que peligra, y especialmente si Dios nos ha cometido ministerio, por el cual estamos obligados ex officio a velar sobre su cristiano rebaño. No podemos cumplir con esta alta obligación; si no despojamos a las falsas doctrinas de la máscara engañosa de la insuficiente probabilidad, con que se quisiese justificar toda humana acción; y si no gritamos en alta voz, que las tales doctrinas nos parecen falsas, relajadas, y escandalosas.
163  Pregunto ?El decreto Pontificio prohíbe acaso, combatir, impugnar, y descubrir al Pueblo Cristiano las opiniones, que real, y verdaderamente son improbables, falsas, relajadas, y escandalosas, aunque fuesen enseñadas inocentemente por Católicos? No: porque el Evangelio manda hacerlo con preceptos repetidos: ...

180
?Tiembla V. que le ciegue la presunción, que la concupiscencia le engañe, que el amor propio le encante, que una secreta soberbia le ofusque, que la ansia de agradar al mundo, y de adquirir numeroso séquito le ponga vigas delante de los ojos?
Asignará algunas pocas: Y si defendiere V. fuertemente estas pocas, por sentencias, que contienen la verdadera moralidad, enseñada por Jesucristo,

268
Porque es principio sentado entre los Teólogos con Santo Tomás, que la conciencia errónea no excusa, cuando es en sí pecaminosa.
… para que el hombre siga con buena conciencia la parte favorable, es necesario que la siga, porque juzga prudente, y santamente, que es lícita: de manera, que si juzgase, o pudiera prudentemente juzgar, que era mala, no lo haría por todo el mundo.

269

...; porque todos dicen, que el Probabilismo es dulce, suave, favorable a los apetitos, a la carne, pero dentro de los límites de lo justo. Cuando se dice, que el Probabilismo es favorable a la libertad, ¿de qué libertad se habla? Ciertamente de la libertad exenta de la ley: de la libertad, que condesciende a los apetitos humanos: luego de la libertad carnal. Tiene razón para decir el P. Camargo, que los Probabilistas no quieren oír una palabra, que no sea de su gusto. ¿Quién ha dado el título de benigna a la opinión menos probable, que con evidencia demostraremos deberse llamar laxa? ¿Quién ha dado el título de severa a la más probable? Los Probabilistas.

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270
En un capítulo entero se probará, que la sentencia menos probable es favorable a la carne, no a la libertad cristiana, que resplandece en la unión más estrecha con Dios, y con la ley eterna.
274
Él en buscarla (la Verdad) no debe favorecer a sus secretas pasiones: que debe implorar la luz divina, para conseguir acertar con la decisión; que si él se opone a la doctrina de otros, no por fuerza de razones, y autoridad, sino por pasión, u obstinación suya, su conciencia será venciblemente errónea.

275 Los que quieren que a lo útil ceda lo verdadero.
277
No fue amor carnal, que acomoda las leyes a los sentidos, a la libertad, por lograr el placer. Fue de aquel amor divino, que es solo el que hace suave el camino estrecho, áspero, y angosto del Evangelio: no ya de aquel amor, que pretende aligerar el yugo Evangélico con ensanchar las leyes.
280 Alejandro VII condenó 45 proposiciones laxas. Inocencio XI. Las proposiciones condenadas eran llamadas benignas por los Probabilistas, y ahora han venido a ser, y conocerse por laxas.
Los Probabilistas llaman a la opinión menos probable, con el dulce, y amable vocablo de benigna, y a la sentencia más cercana a la verdad con el nombre de estrecha y severa.
282
Alejandro VII dijo en su decreto que oyó, no sin grande tristeza de su alma, que muchas proposiciones relaxadas de la disciplina cristiana, y que acarreaban la perdición de las almas, y que aquella suma licencia de los ingenios lozanos, cada día crecía más, por la cual en las cosas tocantes a la conciencia, se introdujo un nuevo modo de opinar, ajeno a la sinceridad Evangélica, y doctrina de los  Santos Padres.
283 P. Terillo:
Muchos modernos codiciosos de su fama y estimación propia abrieron la puerta a graves (escandalosas) relajaciones. E incluso por evidente malicia. Escribe,  que no es increíble, que ellos engañados por sutil insinuación de Satanás, bajo la lisonja de cierta humanidad, y bajo la especie de honrarse mutuamente, haber ellos inventado tantas opiniones laxas.
        No se niega que los antiguos hubiesen caído en algún error. Pero pretender defender las opiniones de los modernos probabilistas, porque los antiguos enseñaron peores, no es discurso legítimo, ni útil, aún cuando la hipótesis fuese cierta.
290
Cristo no nos manifestó sino dos solos caminos: el uno estrecho, y el otro ancho. Si la sentencia más probable es el camino estrecho: luego la menos probable es el camino ancho. El camino tercero no se encuentra en el Evangelio. 


293

Inocencio XI condenó con términos expresos a cualquiera que enseñe que es probable, que el precepto de la caridad para con Dios no obliga rigurosamente, ni aún en cinco años.

299 (272 del libro)

Muchos moralistas modernos se oponen a la verdad en virtud de sistema doctrinal, que disminuye las obligaciones de las leyes divinas con el título de benignidad. Esta benignidad es contraria a la verdad, y favorable al vicio.
        La Ley Divina es Ley de verdad (Salmo 118) Dios prohíbe añadir, o quitar a esta ley de verdad la más mínima palabra. (Deuteronomio capítulo 4) Inculca en muchos lugares de la Escritura esta misma prohibición (Deuteromio, capítulo 5 y capítulo 12).
        En el apartado siguiente hablaremos de aquellos, que añaden demasiado rigor en fuerza de sistema político, y al presente de aquellos, que quitan a la ley preceptos, y obligaciones, en virtud de sistema doctrinal. Estos lo primero cancelan de un golpe del rol de las divinas leyes todas las dudosas, y controvertidas; pues, según su sistema, la ley dudosa, y controvertida no es ley. Por el contrario, Dios manda que en las dudas sobre su ley, se consulten sus sacerdotes. (Deuteronomio capítulo 17) Pero debiéndose hablar difusamente de este punto en su lugar, descendamos ahora a las disminuciones particulares de los preceptos del Decálogo. El primer mandamiento fundamental de la ley prescribe el amor de Dios, y del prójimo, a que se reduce la plenitud de la ley. Este amor debe ser efectivo, quiere decir, fecundo de obras santas, que despiden llamas ardientes hacia el Criador, que socorre en las graves necesidades a los necesitados. Debe ser tan fervoroso, que nos induzca a derramar la sangre, antes que violar mortalmente un solo precepto, o escandalizar a nuestros hermanos. La ley de la justicia no es menos severa, que la de la caridad; todo perjuicio grave es castigado con eternos suplicios. Aunque estuviese en nuestro poder el adquirir todo el mundo por medio de un solo pecado grave, estamos obligados a repudiarlo y a vivir en una continua pobreza, antes que ofender a Dios con la culpa. El desasimiento de las mismas riquezas, adquiridas lícitamente, es necesario, ya más, ya menos, según la diversidad de circunstancias. La preparación de ánimo a sufrir todo martirio el más atroz, en el lance de confesar la fe delante del tirano, que intima en renegar de ella, es necesaria a todos los secuaces del Evangelio. La castidad virginal, o conyugal, a que todos están obligados, no es ley menos severa, que las otras. La sinceridad en la lengua, la veracidad en los juramentos, la fidelidad en la sociedad, la abstinencia de los hurtos, de las maldiciones, son otros tantos preceptos de la cristiana profesión. Omitidos otros muchos preceptos, voy a demostrar brevemente las modas inventadas, para disminuir las citadas leyes.
        Dos son los principios, de que se sirven los probabilistas, para la disminución de las leyes. Dicen primeramente, que lo odioso se debe restringir, (Odia funit refrigenda) de donde infieren, que siendo la ley divina odiosa a la humana libertad, se debe en la forma mejor restringir, y disminuir. Añaden, que el yugo del Evangelio es suave; y que por tanto debemos interpretar, y acomodar la ley en un sentido el más suave, y favorable a la humana enfermedad. Puestos estos dos principios, la ley negativa viene a reducirse a nada, con el beneficio de la inadvertencia, y de la ignorancia invencible, y la ley positiva se muda en una ley negativa. Los hurtos, si no se rompen las puertas, y se despedazan las navetas, no son reputados por hurtos. La retención de la hacienda ajena, el no pagar las deudas, el sisar, o diferir la paga a los oficiales, son cosas convenientes a la manutención del estado, y decoro. Los mandamientos fundamentales de amar, creer, y esperar en Dios, se hace, que consistan en no aborrecer, no negar la fe; y no desesperar de la bondad divina. Los juramentos, las mentiras, las simulaciones se justifican, o con la costumbre, o con las restricciones mentales. 

viernes, 17 de octubre de 2014

PARA RECOMENDAR A LOS ESTÁN SIN GRACIA; Y A LOS QUE, ADEMÁS, HAN PERDIDO LA FE.



LO QUE RECOMIENDO A LOS QUE NO ESTÁN OBEDECIENDO A DIOS.

A LOS QUE  NO HAN PERDIDO LA FE, AUNQUE SÍ LA GRACIA. 

La Gracia de Dios se pierde con un sólo pecado mortal; no así la fe. Y al perder la Gracia de Dios la persona no puede vivir la Caridad, el amor de verdad, ya que el amor de verdad es exclusivo de Dios y sólo puede vivirse cuando Dios habita en uno por la Gracia, cuando uno participa de la vida divina.
Es una pena que estando llamados a participar de la vida divina, nos quedemos viviendo la vida meramente natural, sin posibilidad de participar de lo más elevado  en lo que puede participar un ser humano. De todas la obras buenas de verdad, Dios es el autor primario, pero Él, en su infinita bondad, nos brinda el poder colaborar en ellas como autores secundarios. Si no se está en Gracia, todo esto es imposible y no es posible llevar a cabo ninguna obra meritoria de vida eterna; estando en Gracia de Dios sí podemos ser autores secundarios de obras de caridad, y merecer méritos para la vida eterna.
Por eso se dice que el pecado mortal destruye en la persona la caridad, y el pecado venial la debilita.
El permanecer estando sin la Gracia de Dios es estar en un tiempo sin posibilidad alguna de merecer, por lo que hay que apresurarse a salir cuanto antes de este estado, siempre con la ayuda de Dios.
Y para salir del estado sin Gracia de Dios , aún conservando la fe (aunque se trate de una fe muerta), a lo que hay que recurrir es a la Confesión Sacramental, y para ello es fundamental el arrepentirse de los pecados, el arrepentirse, y dolerse de haber cometido un pecado, una ofensa a Dios, un pensamiento, deseo, obra u omisión contrario a la ley eterna, contrario a la verdad, y a la justicia. No se trata, pues, de sólo decir los pecados al confesor (aunque ésta sea una parte imprescindible), sino que hay que arrepentirse. Y para rechazar el pecado, hay que abrirse a la Verdad,  al Bien y a la Justicia, es decir, convertirse.  Una de las formas en las que se demuestra el arrepentimiento es en el propósito de la enmienda. Lógicamente no demuestra arrepentirse el que vuelve a caer en lo mismo con suma facilidad, sobre todo si se trata de cosas graves. Y hay que ir a la raíz de los pecados, ya que en los pecados, siempre se prefiere a la criatura al Creador, siempre se prefiere al Bien de Verdad el pasar un buen rato, o evitarse una dificultad o esfuerzo, o quedar bien con alguien, o no complicarse con alguien. Por eso que uno no puede quedarse en la manifestación externa de lo que hizo, sino que tiene que ir a la raíz, al corazón, a saber que ha elegido el egoísmo, que puede ser en la forma de complacencia a sí o a otros, y no el amor de verdad; y decidirse a elegir el amor de verdad en los siguientes pasos en su vida.   
      Mucha gente no quiere arrepentirse, ya que para arrepentirse hay que humillarse, y hay que decir, lo hice mal, pedir perdón, y proponerse su no repetición. Y no es arrepentimiento el pensar todavía que uno lo hizo bien, o que estuvo totalmente justificado lo que hizo dadas las circunstancias.  Además, como dice el Apóstol, así como la ciencia hincha, la caridad humilla. Hay que humillarse para vivir el amor de verdad, para hacer el bien de verdad, ya que para elegir el Bien, la Verdad, y la Justicia, hay que sobreponerse al amor propio desordenado, a la soberbia, (y sólo se puede uno sobreponer a la soberbia con la Ley de Dios, como decía San Bernardo).

A LOS QUE HAN PERDIDO LA FE, ADEMÁS DE LA GRACIA.
Hasta grados muy avanzados, por la bondad de Dios, sigue quedando siquiera un resquicio de fe, aunque sea en el fondo, y aunque la persona ya manifieste externamente que no cree. La persona, por la infinita Bondad y Sabiduría de Dios, recibe muchos avisos y llamadas en la vida; sufre en la vida muchas situaciones que le obligan a enfrentarse a su realidad, y que le dificultan el seguir viviendo con planteamientos superficiales y falsos.  Si, por ejemplo, la persona, ante un revés en la vida, ante una enfermedad, etc., se atreve a ver lo que Dios, a través de su interior, le dice, podrá acercarse a Dios. Pero, para esto, también se necesita la humildad de reconocer que uno ha estado equivocado, atreverse a reconocer que uno ha perdido el tiempo inútilmente con su egoísmo, el cual no ha servido ni a sí mismo, ni a nadie, sino que, por el contrario, ha hecho daño a todo el mundo, y a sí mismo. Uno tiene que pensar que mejor es haber perdido el tiempo, muchos años o casi toda la vida, que perder la vida entera; siempre hay que pensar que mientras hay vida se puede rectificar. Que si uno no rectifica en esta situación, no por no querer rectificar, la situación va a mejorar, sino que si no se rectifica es posible que uno continúe ciego hasta el final, hasta cuando ya no se pueda rectificar, aunque ahí ya sí que uno se enfrente con la realidad, al terminar lo ilusorio de  esta vida terrena.
De Dios provienen los propósitos de volverse a ÉL, y el ir dando los pasos necesarios, incluida también la Confesión Sacramental. Con la Confesión Sacramental, se recuperaría automáticamente la Fe y la Gracia, y se recuperarian los méritos ganados antes de perder la Gracia.
      Habría que confesarse de todo aquello en lo que uno ha faltado contrario a la Caridad porque hay que saber que todo lo que los Mandamientos de Dios prohíben es porque es contrario al amor de verdad, aunque produzca vanas complacencias, o alimente superficiales intereses.

         No puede creer en Dios, tener fe, el que busca quedar bien ante los otros, no buscando la gloria de Dios, el que no actúa bien, justamente, el que no se encamina a la verdad, a la justicia, el que no vive el amor, ni lo intenta, sino que va a lo suyo, buscando en todo sus particulares intereses, queriendo por ejemplo no tener problemas con nadie, aún a costa de la verdad, del amor y de la justicia, o queriendo pasar un buen rato, sin importarle lo que podría hacer de bueno en ese rato. El que actúa mal es el que no se plantea la vida para hacer el bien de verdad, sino que se dedica a buscar sus intereses, como entretenimiento, quedar bien ante los demás o ante sí mismo superficialmente, etc.
         Es digna de lástima una vida no encaminada por Jesucristo. Piensan que ganan los que piensan en sí mismos, ya que quizá consigan algunos aparentes bienes temporales, como pasar un buen rato, disfrutando quizá con los amigos, haciendo compras, viajando, pero no saben los bienes auténticos y espirituales que se pierden, ya que ven que el que actúa bien tiene que hacer renuncias de cosas algunas aparentemente apetecibles materialmente hablando, pero no ven lo que ellos ganan, a pesar de las persecuciones que tengan que sufrir y algunos otros perjuicios mundanos, materiales, y temporales. No ven tampoco los que van a lo suyo que todos estos perjuicios que tienen que sufrir los buenos, Dios los convierte en bienes, ya que para el justo todo sucede para su bien (esto está prometido por Jesucristo). Está claro que sólo funciona la Doctrina de Jesucristo. El egoísmo no funciona: lo que se obtiene de ello es pasajero, no lleva al bien de verdad; los buenos aparentes ratos pasados o disfrutados abren la puerta al vacío del corazón, al hastío; con el egoísmo uno anda perdido, sin un buen rumbo que le permita orientar bien su vida, o que le permita afrontar bien una situación.

jueves, 25 de septiembre de 2014

La Creación del hombre

    Dios creó al hombre a imagen y semejanza suya (Génesis 1, 27; véase Mateo 19, 3-4; y Marcos 10, 5-6).
    Dios formó al hombre del lodo de la tierra, e inspirole en el rostro un soplo de vida, y quedó hecho el hombre, ser con alma viviente (Génesis 2, 7; véase 1 Corintios 15, 47).
    Tomó Dios al hombre y lo puso en el paraíso de las delicias para que lo cultivase y guardase (Génesis 2, 15), y le dio también este precepto diciendo: puedes comer del fruto de todos los árboles del paraíso: mas del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas (Génesis 2, 16 y 17). Pero el hombre no obedió a Dios (Génesis 3);  y el Señor Dios echa al hombre del paraíso de deleites para que trabajase la tierra, de que fue formado (Génesis 3,23), después de haberles prometido un redentor (Génesis 3, 15; véase Juan 14, 30, Apocalipsis 20, 2-3, e Isaías 24, 20).
    Eva concibió y parió a Caín diciendo: He adquirido un hombre por merced de Dios (Génesis 4, 1), y parió después a su hermano Abel (Génesis 4, 2).
      Caín presentó al Señor una ofrenda de los frutos de la tierra; y Abel, de los primerizos de su ganado, y de lo mejor de ellos: y el Señor miró con agrado a Abel y a sus ofrendas (Génesis 4, 4; véase Hebreos 11, 4: Por la fe, Abel ofreció a Dios un sacrificio más excelente que el de Caín, y fue declarado justo, dándole el mismo Dios testimonio de que aceptaba sus dones; y por la fe habla todavía estando muerto).
     Pero de Caín y de las ofrendas suyas no hizo caso: por lo que Caín se irritó sobremanera, y decayó su semblante (Génesis 4,5).
    Y le dijo el Señor a Caín: ¿Por qué motivo andas enojado? Y ¿Por qué está demudado tu rostro? (Génesis 4, 6).
    ¿No es cierto que si obras bien erguirás la cabeza; pero si mal, el pecado estará siempre a tu puerta? Él te hace sentir su atractivo, pero tú puedes dominarlo (Génesis 4, 7).
    Dijo después Caín a su hermano Abel: salgamos fuera. Y estando los dos en el campo, Caín acometió a su hermano Abel y le mató (Génesis 4, 8; Véase Judas 11: Desdichados de ellos, que han seguido el camino de Caín, y perdidos como Balaam por el deseo de una recompensa, se desenfrenaron, e imitando la rebelión de Coré perecerán; véase 2 Pedro 2, 15: Han dejado el camino recto y se han descarriado, siguiendo la senda de Balaam de Bosor, el cual codició el premio de la maldad; y véase Números 22, 12: Dijo Dios entonces a Balaam: no vayas con ellos, ni maldigas a ese pueblo, siendo como es, bendito).
      Preguntole el Señor a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Y respondió: no lo sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano? (Génesis 4, 9; véase Juan 8, 44: Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis cumplir los dones de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él: Cuando dice mentira, habla como quien es, por ser de suyo mentiroso y padre de la mentira; véase 1 Juan 3, 6: Quien comete pecado, del diablo es, porque el diablo desde el momento de su caída continúa pecando. Por eso vino el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo; véase Juan 12, 31: Ahora va ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va ser lanzado fuera; véase Juan 12, 32-33: Y cuando Yo sea levantado en la tierra atraeré a todos hacia Mí [véase Juan 3, 14-15: Al modo que Moisés en el desierto, levanté la serpiente de bronce (Números 21, 4-9); así es menester que el Hijo del hombre sea levantado 15 para que todo aquel que crea en Él no perezca, sino que logre la vida eterna]. 33 Esto lo decía para significar de qué muerte había de morir; véase Mateo 12, 29-32: O ¿Cómo es posible que uno entre en la casa de algún hombre valiente, y le robe sus bienes, si primero no ata bien al valiente?; entonces podrá saquearle la casa . 30 El que no está conmigo, está contra Mí, y el que conmigo no recoge, desparrama. 31 Por lo cual os declaro: que cualquier pecado y cualquier blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no se perdonará. 32 Asimismo a cualquiera que hable contra el Hijo del Hombre, se le perdonará; pero a quien hablare contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en esta vida ni en la otra.) Replicole el Señor a Caín: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano está clamando a Mí desde la tierra (véase Hebreos 12, 24: Y a Jesús mediador de la Nueva Alianza, y a la aspersión de aquella sangre que habla mejor que la de Abel). Caín tuvo descendencia (Génesis 4, 17-22).
    Adán tuvo otro hijo, a quien puso por nombre Set, diciendo: Dios me ha sustituido otro hijo en lugar de Abel, a quien mató Caín (Génesis 4, 25). También a Set le nació un hijo, que llamó Enós; éste comenzó a invocar el nombre del Señor (Génesis 4, 26).
    “Los días de Adán, después que engendró a Set, fueron 800 años, y engendró hijos e hijas” (Génesis 5, 4).
     Adán se murió con 930 años (Génesis 5, 5) y Set con 912 años (Génesis 5, 8), y estos fueron los años que vivieron en la línea sucesoria de Set hasta Noé, engendrando todos los anteriores a Noé, además, más hijos e hijas (Génesis 3, 5, 10, 13, 16,  y 30): Eron, 905 (Génesis 5, 11); Cainán, 910 (Génesis 5, 14), Malaleel, 895 ( Génesis 5, 17); Jared, 962 (Génesis 5, 20); Henoc, 375 (Génesis 5, 23), al cual Dios se llevó (Génesis 5, 24), Matusalem, 969 (Génesis 4, 27); Lamec, 777 (Génesis 5, 31).
    Cuando Noé tuvo quinientos años, engendró a Sem, a Cam, y a Jafet (Génesis 5, 32), y de estos se propagó el género humano sobre toda la tierra (Génesis 9, 19) después del diluvio.
    Viendo los hijos de Dios la hermosura de las hijas de los hombres, tomaron de entre todas ellas por mujeres las que más les agradaron (Génesis 6, 2).
    Dijo entonces Dios: no permanecerá Mi Espíritu en el hombre para siempre, porque es carnal; y sus días serán ciento y veinte años (Génesis 6, 3; véase Galatas 5, 16-17: “Digo, pues: proceded según el Espíritu y no satisfaréis los apetitos de la carne. 17 Porque la carne tiene deseos contrarios a los del Espíritu, y el Espíritu los tiene contrarios a los de la carne, como que son cosas entre sí opuestas; por cuyo motivo no hacéis vosotros todo aquello  que queréis).
    Viendo, pues, Dios ser mucha la malicia de los hombres en la tierra, y que todos los pensamientos de su corazón se dirigían al mal continuamente (Génesis 6, 5; véase Mateo 15, 19-20: Porque del corazón es de donde salen los malos pensamientos, los homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios y blasfemias. 20 Estas cosas sí que manchan al hombre, mas el comer sin lavarse  las manos, eso no le mancha).
    Mas Noé halló gracia a los ojos del Señor (Génesis 6, 8).
    Esta es la historia de Noé: Noé era un varón justo e íntegro y andaba con Dios (Génesis 6, 9; véase Lucas 1, 6: “Ambos eran justos a los ojos de Dios, guardando irreprensiblemente todos los mandamientos, y leyes del Señor”, refiriéndose a Zacarías e Isabel).
    Después de que cesase el diluvio y de que Noé hubiese comprobado que las aguas dejaban de cubrir la tierra, Dios habló a Noé, diciendo: Sal del Arca, tú y tu mujer, tus hijos y las mujeres de tus hijos contigo. Saca también fuera contigo todos los animales que tienes dentro, de toda casta, tanto de aves como de bestias y de todos los  reptiles, que andan arrastrando sobre la tierra: propagaos y multiplicaos sobre ella (Génesis 8, 14-17).
    Y después de obedecer este mandato del Señor, Noé edificó un Altar al Señor y ofreció holocaustos sobre el Altar (Génesis 8, 20). Y el Señor se complació en aquel olor de suavidad, y dijo: nunca más maldeciré la tierra por las culpas de los hombres, atento a que los sentidos y pensamientos del corazón humano están inclinados al mal desde su mocedad; no castigaré, pues, más a todos los vivientes como he hecho (Génesis 8, 21; véase Efesios 4, 17: os advierto, pues, y yo os conjuro de parte del Señor, que ya no viváis como los gentiles que proceden según la vanidad de sus pensamientos (véase Romanos 1, 21, 22: Porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; sino que devanearon en sus discípulos, y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas. 22 Y mientras se jactaban de sabios, pararon en ser unos necios, véase 1 Corintios 1, 18-31; 1 Corintios 1, 21: Porque ya que el mundo a vista de la sabiduría divina no conoció a Dios por medio de la ciencia, plugo a Dios salvar a los que creyesen en Él por medio de la locura de la predicación).
    Alianza de Dios con Noé. Génesis 9, 1-17; Génesis 9, 5-6: “... ; al hombre pediré cuenta de la sangre del hombre y a cada uno de la vida de su hermano. 6 Derramada será la sangre de cualquiera que derrame sangre humana: porque a imagen de Dios fue creado el hombre” (véase Santiago 3, 8-9: mas la lengua ningún hombre puede domarle. Ella es un mal que no puede atajarse, y está llena de mortal veneno. 9 Con ella bendecimos a Dios Padre, y con la misma maldecimos a los hombres los cuales son formados a semejanza de Dios); Génesis 9, 4: Excepto que no habéis de comer la carne con sangre.
    De los tres hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet, se propagó el género humano sobre la tierra (Génesis 9, 18). Todos tuvieron descendencia, y se repartieron en sus pueblos y naciones, de las cuales se propagaron los pueblos sobre la tierra después del diluvio (Génesis 10, 32; véase Génesis 9, 18-10, 32).
    Noé, al saber lo que había hecho con él su hijo menor, dijo: “Maldito sea Canaán, esclavo será de los esclavos de sus hermanos. Y añadió: Bendito el Señor Dios de Sem, sea Canaán esclavo suyo. Dilate Dios a Jafet, y habite en las tierras de Sem, y sea Canaán su esclavo. “ (Génesis 9, 24-27; véase Efesios 3, 5-6: Que en otras edadas no fue conocido de los hijos de los hombres, en la manera que ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu; véase 1 Corintios 2, 7: Sino que hablamos la sabiduría de Dios, misteriosa, que ha permanecido oculta, la cual predestinó Dios antes de los siglos para gloria nuestra; Colosenses 1, 26-27: El misterio escondido a los siglos y generaciones, y que ahora ha sido revelado a sus santos. 27 A quienes Dios ha querido hacer patentes las riquezas de la Gloria de este Misterio entre las naciones, el cual es Cristo, esperanza de vuestra Gloria; Gálatas 3, 28: No hay judío ni griego, ni siervo ni libre; ni hombre ni mujer. Porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús; Hechos de los Apóstoles 26, 17-18: Y yo te libraré de este pueblo y de los gentiles, a los cuales ahora te envío. 18 A abrirles los ojos para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de satanás a Dios, y con esto reciban la remisión de sus pecados, y tengan parte en la herencia de los santos, mediante la fe en Mí; véase Hechos 17, 30; 20, 32; Romanos 3, 23-25; Isaías 35, 5-10; Mateo 11, 5; Isaías 29, 18-24; Isaías 61, 1; y Lucas 4, 18).
    Los hombres, que entonces no tenían sino que un solo lenguaje, dijeron: “vamos a edificar una ciudad y una torre, cuya cima llegue hasta el cielo: y hagamos célebre nuestro nombre antes de esparcirnos por toda la faz de la tierra”. Dios confundió su lenguaje y los esparció por todas la regiones (Génesis 11, 1-9; véase Lucas 1, 51: Hizo alarde del poder su su brazo; deshizo las miras del corazón de los soberbios).
    Esto ocurrió en tiempo de Phales, descendiente de Sem que nace 101 años después del diluvio: derriba Dios la soberbia y vanos pensamientos de los hombres, los cuales para hacer célebre y eternizar su nombre, quieren fabricar una ciudad, y una torre, que con su punta tocase hasta los cielos. El Señor confunde su lengua, haciendo que unos a otros no se entiendan. Por esta razón fue llamada Babel; Dios los esparce por toda la superficie de la tierra, de manera que Sem con los suyos ocupan la Siria, y el resto de Asia: Cham el Egipto, y lo demás del África: Y Japhet la Europa.



    Según la Biblia anotada por Scio de Miguel, Abram desciende de Sem (hijo de Noé), y nace unos 290 años después de que Sem engendrase a Arphaxad, a los 100 años de edad, en la línea sucesoria de Abram.
    A los 2095 años del mundo, “quejándose Abram a Dios por no tener heredero que le suceda, le promete el Señor un hijo que le heredaría, cuya posteridad se había de multiplicar como las estrellas del cielo (Génesis 15). Da crédito Abram a esta promesa, y es justificado por su fe (Romanos 4, 3): ofrece un sacrificio que el Señor le ordena, como señal de la tierra prometida: ahuyenta las aves que venían sobre las víctimas, las cuales son devoradas con fuego bajado del cielo: y Dios en un sueño le significa, que sus descendientes padecerían en Egipto una esclavitud de 400 años (Hechos 7, 6, 7), de la que por último serían librados, y pasarían a la tierra de Chanaan para ser señores de ella.”
    A los 2107 años del  mundo, “Dios hace un concierto con Abram: instituye el sacramento de la circuncisión: y muda el nombre de los dos consortes: ...” (véase Génesis 9, 28-29), pasando a llamarse Abraham y Sarai.
    Taré, descendiente de Sem, engendró a Abram, Nacor y Arán. Y Narán engendró a Lot.
    Abrahám, padre de los creyentes, muere a los 175 años (en el año 2183 del mundo; y 1817 años antes del Mesías); de Abrahám nace Isaac, hijo de la promesa (en el año 2018 años del mundo, y 1892 años antes del Mesías). Renueva y confirma el Señor a Isaac las promesas, que había hecho antes a Abrahám. Isaac tiene dos hijos: Esaú y Jacob.
    Jacob por el consejo de su madre arrebata a su hermano la bendición del padre.
    Jacob tiene 12 hijos varones. Varios hermanos venden a su hermano Joseph a unos ismaelitas, y posteriormente Joseph es vendido a Putifar en Egipto.


    Según la Biblia traducida y anotada por Scio de Miguel, en el año 3828 del mundo, tuvo lugar el principio del reinado de Antíoco IV Epiphanes. A los 3836 años del mundo, Antíoco despoja el templo, y el templo es profanado; Antíoco IV muere 4 años después, a los 3840 años del mundo.
    A los 3843 años del mundo, tiene lugar la primera alianza de los judíos con los romanos.
    Después de Antíoco IV, Antíoco V Euphator reina unos 15 años. 



73 páginas de la Santa Biblia (las páginas se refieren a la Sagrada Biblia, editorial Herder, 1984; leer todo guiado por la caridad, y leyéndolo humildemente y según el sentir de la Iglesia de todos los tiempos, que es una, santa, católica y apostólica).

1º Libro primero de Samuel, capítulo 8 completo. Página 308 (1 página).

2º Libro de Tobías: páginas 538-548 (11 páginas)

3º Libro primero de los Macabeos, capítulo 1 completo: páginas 581-583 (3 páginas). Lee el segundo párrafo de la introducción de la página de al lado. Como ves se trata de un ataque no sólo en lo físico o material, como en otros tiempos, sino que aquí se persigue todo lo religioso ( y  esto es lo que se cree que sucederá antes del fin del mundo, en el tiempo del Anticristo u hombre de iniquidad; por supuesto que Anticristo en su máxima expresión, ya que anticristos hay muchos: recuerda que todo el que no está con Cristo, está contra Él).

4º Job, capítulo 38, hasta capítulo 42, versículo 9: páginas 674-678 (5 páginas).

5º Jeremías 2, 20-4,10: páginas 929-931 (3 páginas).

6º Libro de Baruc: del capítulo 1, versículo 14, hasta el final del libro: páginas 998-1006 (9 páginas).

7º Daniel, capítulo 3 completo, y capítulo 4, versículos 1-5 (hasta final del folio): páginas 1069-1073 (5 páginas).

8º Evangelio según San Mateo 3, 1-5,13: páginas 1167-1168 (2 páginas completas).

9º Evangelio según San Mateo 9, 35-11, 30: páginas 1175-1177 (3 páginas).

10º Evangelio según San Marcos 3, 31-4, 34: páginas 1206-1207 (2 páginas).

11º Evangelio según San Marcos 13, 1-37: páginas 1220-1221 (2 páginas).

12º Evangelio según San Lucas 6, 27-49.  El amor al prójimo y al enemigo: página 1237 (1 página).

13º Evangelio según San Lucas 9, 23-27: página 1242 (1 página).

14º Evangelio según San Lucas 12, 35-13,3: páginas 1248-1249 (2 páginas).

15º Evangelio según San Lucas 13, 22-30: páginas 1250  (1 página).

16º Evangelio según San Lucas 21,5-21,36: páginas1260-1261 (2 páginas).

17º Evangelio según San Juan 2, 18-4, 49:páginas 1271-1273 (3 páginas).

18º Evangelio según San Juan 14, 21-16,14: páginas 1290-1291 (2 páginas).

19º Romanos 5, 12-6,6: página 1349 (1 página).

20º 2 Pedro 1, 18-3, 18: páginas 1464-1466 (3 páginas).

21º Epístolas de San Juan (1ª, 2ª, y 3ª): páginas 1467-1475 (9 páginas).

22º Epístola de San Judas: páginas 1472-1473 (2 páginas).



            Lecturas (unas 225  páginas de la Biblia).

Las siguientes páginas se refieren a la Sagrada Biblia, editorial Herder, 1967:

1º Libro de Tobías: páginas 538-548.

2º Proverbios: páginas 749- 775.

3º El diluvio. Génesis 6: páginas 25-26.

4º Misión de Moisés. Dios, por medio de Moisés, libera a su pueblo de la esclavitud de los egipcios. Éxodo 3, 7 [te saltas Éxodo 6, 14 – 26] - 12, 42.

5º Jeremías 34: páginas 966-967.

6º Baruc 1, 14 - hasta el final: páginas 998-1006.

7º Primer libro de los Macabeos, capítulo 1 y capítulo 2 hasta el versículo 20: páginas 581-583. Profanación del templo de Jerusalén en tiempo de Antioco Epifanes, rey del imperio de los seléucidas, lo cual se cree que es figura de los que sucederá antes del fin del mundo con el anticristo.

8º. Evangelios: páginas 1165-1298. Lo fundamental de la Biblia. Según los Evangelios, según la virtud de la caridad, hay que interpretar todo lo demás.

9º Carta de San Pablo a los Romanos 1, 16 – 3, 4: páginas 1344-1346.

10º Carta de San Pablo a Timoteo: páginas 1422-1431.

11º Epístolas Católicas (Santiago, Pedro, Juan, Judas): páginas 1452-1475.


Mateo 5, 16:  Brille así vuestra Luz ante los hombres de manera que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Romanos 13, 12: La noche está ya muy avanzada, y va a llegar el día. Dejemos, pues las obras de las tinieblas, y revistámonos de las armas de la luz (Efesios 5, 11).

Efesios 5, 11:  No queráis, pues, ser cómplices de las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien reprendedlas.

1 Corintios 7, 29 (para la interpretación de Proverbios 5, 19): Y lo que digo, hermanos, es que el tiempo es corto; lo que importa es que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran (Romanos 13, 12).

1 Corintios 10, 31: Pero, en fin, ora comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a Gloria de Dios (Colosenses 3, 17; Mateo 5, 16).

Colosenses 3, 17: Todo cuanto hacéis, sea de palabra o de obra, todo en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, dando por medio de Él gracias a Dios Padre

Del libro Historia del probabilismo y rigorismo

    Del libro Historia del probabilismo y rigorismo, tomo 1. 1772.
(Versión un poco más amplia en http://opinionestemasdeactualidad.blogspot.com.es/2014/11/del-libro-historia-del-probabilismo-y.html )


     43 años desde 1577, año en el que logró el probabilismo su nacimiento en España,  hasta 1620; en esta tiempo, el nuevo sistema se estuvo encerrado en el nido, en que nació, sin dar paso fuera de su patria nativa, llegando a ser adulto y célebre en sus Universidades, comenzó cerca del año 1620 a invadir los países forasteros, la Italia, Alemania, y Francia, y hasta el años 1656 hizo maravillosos progresos, adquirió numerosos secuaces, y extendió por todas partes su jurisdicción. La dulce suavidad de su aspecto, sus blandas, y diestras maneras de saberse acomodar a las personas, genios, y costumbres diferentes, sus amplios privilegios de eximir a los Cristianos de aquellas leyes divinas, y humanas, que se han hecho dudosas por las disputas de los Teólogos modernos, y otras prerrogativas suyas, le adquirieron en este breve espacio de 36 años, tanto crédito, y aplauso, que sus autores para defenderlo, y conservarlo en la posesión de sus conquistas, han inventado sutilezas increíbles, y prodigiosas.

 74 (página pdf). Es doctrina aprobada por la Iglesia, que no es imputada a culpa aquella acción que se comete con ignorancia verdaderamente invencible. No hay pecado sin libertad, ni hay libertad sin conocimiento. La ignorancia invencible, quitando todo conocimiento, quita la libertad, y por consiguiente exime al que obra en sus tinieblas de toda culpa imputable. Esta es verdad aprobada por todos  los católicos.  La dificultad consiste en la  aplicación sincera de esta palabra invencible, … Aquella ignorancia, según el común sentir de los teólogos, es invencible, que el hombre con toda la moral diligencia, y con el uso de las fuerzas humanas, y auxilios ordinarios de Dios, no puede vencer: De modo que se halle privado del conocimiento de la ley, sin alguna culpa suya personal. Aquella, por el contrario, se llama ignorancia vencible, que con la debida industria puede vencerse, y hace que el hombre por su culpa se halle obscurecido con ella.
126    No creo que se pueda poner algún reparo a la inundación universal de los vicios, si no se saca de raíz aquella plata fatal, que produce tantas relajadas opiniones en las costumbres de los cristianos. Añado por otra parte, que esta planta no se arrancará jamás, en tanto que se mira en sí misma, y no se examinan muy bien los frutos contagiosos, que ella produce.
    “… es menester atacar al Probabilismo en sus ramas, en sus frutos, en las doctrinas prácticas venenosas, que produce, y por esta parte la verdad saldrá ciertamente victoriosa. Las cincuenta proposiciones, recogidas por mí del vasto campo del Probabilismo en sola la materia del ayuno, han engendrado horror en todo el mundo. Si hiciéremos lo mismo en todos los tratados, se hará ver, que estas relajaciones, casi todas, se derivan del Probabilismo, o sistema de poder seguir lo menos probable.”

270   En un capítulo entero se probará, que la sentencia menos probable es favorable a la carne, no a la libertad cristiana, que resplandece en la unión más estrecha con Dios, y con la ley eterna.
274  Él en buscarla (la Verdad) no debe favorecer a sus secretas pasiones: que debe implorar la luz divina, para conseguir acertar con la decisión; que si él se opone a la doctrina de otros, no por fuerza de razones, y autoridad, sino por pasión, u obstinación suya, su conciencia será venciblemente errónea.

275  Los que quieren que a lo útil ceda lo verdadero.
277    No fue amor carnal, que acomoda las leyes a los sentidos, a la libertad, por lograr el placer. Fue de aquel amor divino, que es solo el que hace suave el camino estrecho, áspero, y angosto del Evangelio: no ya de aquel amor, que pretende aligerar el yugo Evangélico con ensanchar las leyes.
280 Alejandro VII condenó 45 proposiciones laxas. Inocencio XI. Las proposiciones condenadas eran llamadas benignas por los Probabilistas, y ahora han venido a ser, y conocerse por laxas.
Los Probabilistas llaman a la opinión menos probable, con el dulce, y amable vocablo de benigna, y a la sentencia más cercana a la verdad con el nombre de estrecha y severa.

282 Alejandro VII dijo en su decreto que oyó, no sin grande tristeza de su alma, que muchas proposiciones relaxadas de la disciplina cristiana, y que acarreaban la perdición de las almas, y que aquella suma licencia de los ingenios lozanos, cada día crecía más, por la cual en las cosas tocantes a la conciencia, se introdujo un nuevo modo de opinar, ajeno a la sinceridad Evangélica, y doctrina de los  Santos Padres.

283 P. Terillo:
        Muchos modernos codiciosos de su fama y estimación propia abrieron la puerta a graves  (escandalosas) relajaciones. E incluso por evidente malicia. Escribe,  que no es increíble, que ellos engañados por sutil insinuación de Satanás, bajo la lisonja de cierta humanidad, y bajo la especie de honrarse mutuamente, haber ellos inventado tantas opiniones laxas.
    No se niega que los antiguos hubiesen caído en algún error. Pero pretender defender las opiniones de los modernos probabilistas, porque los antiguos enseñaron peores, no es discurso legítimo, ni útil, aún cuando la hipótesis fuese cierta.

290  Cristo no nos manifestó sino dos solos caminos: el uno estrecho, y el otro ancho. Si la sentencia más probable es el camino estrecho:  luego la menos probable es el camino ancho. El camino tercero no se encuentra en el Evangelio.

293   Inocencio XI condenó con términos expresos a cualquiera que enseñe que es probable, que el precepto de la caridad para con Dios no obliga rigurosamente, ni aún en cinco años.

299 (272 del libro)  Muchos moralistas modernos se oponen a la verdad en virtud de sistema doctrinal, que disminuye las obligaciones de las leyes divinas con el título de benignidad. Esta benignidad es contraria a la verdad, y favorable al vicio.

     La Ley Divina es Ley de verdad ( Salmo 118) Dios prohíbe añadir, o quitar a esta ley de verdad la más mínima palabra. (Deuteronomio capítulo 4) Inculca en muchos lugares de la Escritura esta misma prohibición (Deuteromio, capítulo 5 y capítulo 12).

      En el apartado siguiente hablaremos de aquellos, que añaden demasiado rigor en fuerza de sistema político, y al presente de aquellos, que quitan a la ley preceptos, y obligaciones, en virtud de sistema doctrinal. Estos lo primero cancelan de un golpe del rol de las divinas leyes todas las dudosas, y controvertidas; pues, según su sistema, la ley dudosa, y controvertida no es ley. Por el contrario, Dios manda que en las dudas sobre su ley, se consulten sus sacerdotes. (Deuteronomio capítulo 17) Pero debiéndose hablar difusamente de este punto en su lugar, descendamos ahora a las disminuciones particulares de los preceptos del Decálogo. El primer mandamiento fundamental de la ley prescribe el amor de Dios, y del prójimo, a que se reduce la plenitud de la ley. Este amor debe ser efectivo, quiere decir, fecundo de obras santas, que despiden llamas ardientes hacia el Criador, que socorre en las graves necesidades a los necesitados. Debe ser tan fervoroso, que nos induzca a derramar la sangre, antes que violar mortalmente un solo precepto, o escandalizar a nuestros hermanos. La ley de la justicia no es menos severa, que la de la caridad; todo perjuicio grave es castigado con eternos suplicios. Aunque estuviese en nuestro poder el adquirir todo el mundo por medio de un solo pecado grave, estamos obligados a repudiarlo y a vivir en una continua pobreza, antes que ofender a Dios con la culpa. El desasimiento de las mismas riquezas, adquiridas lícitamente, es necesario, ya más, ya menos, según la diversidad de circunstancias. La preparación de ánimo a sufrir todo martirio el más atroz, en el lance de confesar la fe delante del tirano, que intima en renegar de ella, es necesaria a todos los secuaces del Evangelio. La castidad virginal, o conyugal, a que todos están obligados, no es ley menos severa, que las otras. La sinceridad en la lengua, la veracidad en los juramentos, la fidelidad en la sociedad, la abstinencia de los hurtos, de las maldiciones, son otros tantos preceptos de la cristiana profesión. Omitidos otros muchos preceptos, voy a demostrar brevemente las modas inventadas, para disminuir las citadas leyes.

      Dos son los principios, de que se sirven los probabilistas, para la disminución de las leyes. Dicen primeramente, que lo odioso se debe restringir, (Odia funit refrigenda) de donde infieren, que siendo la ley divina odiosa a la humana libertad, se debe en la forma mejor restringir, y disminuir. Añaden, que el yugo del Evangelio es suave; y que por tanto debemos interpretar, y acomodar la ley en un sentido el más suave, y favorable a la humana enfermedad. Puestos estos dos principios, la ley negativa viene a reducirse a nada, con el beneficio de la inadvertencia, y de la ignorancia invencible, y la ley positiva se muda en una ley negativa. Los hurtos, si no se rompen las puertas, y se despedazan las navetas, no son reputados por hurtos. La retención de la hacienda ajena, el no pagar las deudas, el sisar, o diferir la paga a los oficiales, son cosas convenientes a la manutención del estado, y decoro. Los mandamientos fundamentales de amar, creer, y esperar en Dios, se hace, que consistan en no aborrecer, no negar la fe; y no desesperar de la bondad divina. Los juramentos, las mentiras, las simulaciones se justifican, o con la costumbre, o con las restricciones mentales. 



Historia del probabilismo y rigorismo:
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jueves, 9 de enero de 2014

Vida de Nuestro adorable Redentor Jesucristo.






Vida de Nuestro adorable redentor Jesucristo. 1847. Segundo  tomo:

Prohíbe Dios la solicitud que nace de la desconfianza y del temor, pero permite aquella que nace de la providencia y del trabajo. Prohíbe la solicitud desordenada y superflua por la que se impiden y posponen los bienes espirituales, pero permite la solicitud moderada y necesaria según las reglas de la recta razón, de la justicia, y de la prudencia; y así decía San Pablo: que cargaban sobre él las ocurrencias de cada día, por la solicitud y cuidado de todas las Iglesias (2 Corintios 11, 28): y esta solicitud no solo se permite, sino que se manda, porque está fundada en la caridad. Hay una solicitud vituperable, otra tolerable, otra recomendable. El hombre debe ser solicito por las cosas eternas, no por las terrenas: y esta solicitud encierra tres bienes, el celestial, el espiritual, y el temporal: al primero corresponde el don de la gloria, al segundo el de la gracia, al tercero los dones de fortuna: y dónde hay padre que tenga valor para negar a sus hijos estos dones si aún con la afanosa solicitud de lo temporal solo desean agradar a Dios? Por esto les añadió en seguida: Buscad pues lo primero el reino de Dios y su justicia, que todas las demás cosas sin las que no podéis pasar sobre la tierra, se os darán como por añadidura.

En este precepto nos dio el Salvador exprimida toda la sustancia y el meollo de la vida cristiana. Vosotros, dijo a sus Apóstoles, y con ellos a nosotros, poned todo vuestro cuidado en la edificación de vuestra fe, y en el ejercicio de las buenas obras , que os ha de abrir el reino de los cielos: este ha de ser el primero entre todos vuestros cuidados, porque si no todas vuestras buenas obras se harán sin concierto ni orden: … edificar en vuestra alma el templo espiritual de la justicia, donde more Dios como Rey: así que, no se condena el trabajo, ni la prudente solicitud que los hombres deben tener, condenados por Dios a comer el pan con el sudor de su rostro, condénase solamente el afán que sofoca la atenta vigilancia del espíritu para conseguir los bienes espirituales y celestes: puesto que el mismo Señor a quien servían, y ministraban los ángeles todo lo necesario, también permitía que sus discípulos tuviesen algún repuesto o depósito, para cuando les era necesario comprar vitualla; y esto lo permitió para dar ejemplo, e informar e instruir a su Iglesia. A esta regla pues redujo el Señor este grandioso precepto, a fin de que ninguno por la ambiciosa solicitud de los bienes temporales, pierda enteramente de vista los eternos. … Quiera pues Su Magestad Divina concertar de tal manera las obras y los deseos de las criaturas, que ninguna de ellas se atreva a buscar otra cosa mas que la expansión de su santo reino, la honra de su nombre, y la glorificación que deben darle en la tierra, como se la dan los espíritus bienaventurados en el Cielo: para que así engrandecido y alabado, y buscado con afán el reino de Dios y su justicia, gocen en la tierra de todos los consuelos, y en el Cielo consigan el eterno premio.

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Nota. La historia del presente capitulo está comprendida en el VI de san Mateo, desde el versículo 22 al 33, ambos inclusive. La contesta san Lucas en el capitulo XII, desde el versículo 22 al 31 también inclusive.

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Después que Jesucristo exhortó tan eficazmente a sus discípulos a depositar toda su confianza en la Divina Providencia, prohibiéndoles, no el trabajo que nos manda, sino los cuidados que perturban, las inquietudes y la solicitud que daña, y la desconfianza sobre las necesidades de la vida, ordenándoles que tuviesen cuidado de representarlas todos los días a Dios, les mandó que fuesen misericordiosos como su Padre lo es también. Dios nuestro Padre se compadece de nosotros, y remedia nuestras miserias y necesidades, no como si esperase alguna cosa de nosotros, sino por sola su bondad; significándonos con esto, que al remediar nosotros las necesidades de nuestros prójimos, no debemos hacerlo por nuestro bien; sino por el amor a su bondad, y por el bien y salud de nuestros hermanos: el que por su comodidad y provecho propio hace bien al prójimo, no tiene caridad, porque en sus obras no busca la utilidad de aquel a quien debe amar como a sí mismo, sino la suya propia: Dios quiere que le imitemos en la misericordia, no en el poder; este le apeteció Luzbel, y fue arrojado al infierno: quiere que le imitemos en la bondad, no en la sublimidad de los conocimientos que solo a El están reservados; esto lo ambicionó el hombre y fue arrojado del Paraíso: imprime en nuestras almas el sello de su misericordia, y quiere que seamos misericordiosos con nuestros semejantes como Su Magestad lo es con nosotros: …

El Salvador enseñó a sus discípulos que de tres modos podía usarse la misericordia. No juzgando mal, ni pensando temerariamente de nadie, ni condenando a alguno con la misma ligereza y temeridad con que de él hubiésemos pensado; porque si no seremos juzgados y condenados en el tribunal divino, como acá en la tierra hubiéremos juzgado y condenado. Echad a buena parte lo que se puede interpretar bien, quiso decirles; no digáis mal de lo que se puede excusar; no censuréis de aquellos que están a vuestro cargo. Si os apartareis de estas obligaciones, seréis juzgados con rigor, pues Dios quiere aún aquí medir su conducta sobre la vuestra, y hacer de vuestros juicios para con vuestros hermanos, regla de los que hará en vuestro favor, o contra vosotros. Siendo jueces favorables para con ellos, lo encontrareis lleno de misericordia; y siendo críticos severos, y censores sin piedad, os espera un juicio sin ella. Tomad, pues, en vuestra mano la vara recta, la medida benigna, porque con la que a vuestro prójimo midiereis, con ella seréis medidos también. Guárdate, decía San Bernardo, guárdate bien de ser curioso escudriñador o juez temerario de las cosas, de las acciones y palabras de tus hermanos, y sea lo que fuese lo que en ellos adviertas, no les juzgues temerariamente, excúsales mas bien. Excusa la intención si no pudieses la obra, y atribúyela a ignorancia; atribúyela a engaño o equivocación, reputa la casualidad, y si de ninguna manera pudiera disimularse o disculparse el hecho, recógete a tu interior, y di en el fondo de tu corazón, ¿cuán terrible seria la tentación que derribó a mi hermano? ¿Qué hubiera sido de mí si con igual violencia me hubiese acometido? Y el Crisóstomo repetía: no conviene ser un inexorable exprobador de los delitos, ni dejarse caer con insolente orgullo sobre el desventurado que cometió la culpa; sino avisarle con clemencia, y ayudarle con sanos consejos. Si fueses sobradamente severo, y juzgador temerario, entiende, que ya no juzgas y condenas a tu prójimo, sino que a ti mismo te juzgas y condenas: tú obligas a la justicia divina, a que tome contra ti la mas severa venganza aun por tus faltas mas pequeñas. Tú diste la ley al Juez Supremo para que con mas severidad sean examinados tus pecados, puesto que juzgaste sin conmiseración ni piedad los de tu prójimo. Conoce pues que estas son acechanzas y tentaciones diabólicas, porque el que severamente discute sobre la vida ajena, nunca, jamás merecerá el perdón de sus propios delitos.

El segundo modo con que enseñó el Salvador a usar de misericordia, fue diciendo a sus discípulos: Excusad y perdonad las injurias que vuestro prójimo os hiciere, aunque no os parezcan excusables ni dignas de perdón; porque solo así seréis vosotros también excusables y dignos de que se os perdone: solo así usarán los demás de indulgencia con vosotros y tolerarán vuestros defectos. Y conociendo el Maestro Soberano que no se necesitaba menos caridad para sufrir con paciencia las imperfecciones de sus hermanos y juzgar bien de ellos, que para socorrerles en sus necesidades, les añadió el tercer modo de usar de misericordia diciendo: ved ahora la medida de que Dios se sirve en la distribución de sus bienes: no es como la de los avarientos, los ingratos y los hombres de mala fe. Es buena, grande, llena, y superabundante, de modo que no se llena y aprieta bien, sino que se da con colmo, y hasta que se vierte por los costados. De la abundancia del premio nos hace Dios cada vez mas liberales para hacer bien y usar de misericordia, pues por un vaso de agua que diéremos en su nombre o en el de su discípulo nos ofrece el premio de la bienaventuranza eterna: esta es la medida buena, porque es sobre la exigencia de nuestros merecimientos; y buena porque es bueno su premio, esto es, sobretodo lo bueno, y que encierra en si y comprende todo lo que es bueno y mejor. Conferta, esto es, llena, porque excede sobremanera lo condigno de nuestros merecimientos, pues llena de tal manera nuestra alma de celestial bienaventuranza, que nada le deja que no esté lleno de gloria. Coagitada, porque es sobre todo lo que se puede desear; y porque es firme y eternamente duradera. Sobre afluente, porque es infinitamente mayor que todo lo que se puede pensar, excediendo también infinitamente todos nuestros merecimientos, pues se nos da lo eterno por lo temporal, lo divino por lo humano: sin embargo de esto, es muy de admirar que diga la verdad eterna, que se nos medirá con la misma vara que midiéremos , esto es, que el premio es igual a la dádiva: mas esto solo significa la correspondencia que hay en el modo de hacer bien, porque aunque bien se hace, al que bien hace Dios premia con mas largueza y abundancia de lo que merecemos: premia no solo las obras, sino hasta las palabras , los pensamientos y los deseos, y según cada una de estas cosas es mayor, es asimismo mayor la remuneración que por ellas se nos da: mas esta grandeza no debe estimarse o valuarse por el mérito exterior que se ve, sino por la grandeza del afecto interior con que se hace, por la elevación del deseo con que se dirige , y por sublimidad y magnificencia del objeto a quien se eleva y representa: así aquella pobre viuda que echó dos dineros en el gazofilacio, echó mas según el testimonio del Salvador, que muchos ricos que habían echado grandes sumas.

Quería Jesús mover a sus oyentes a aborrecer de todo corazón un vicio tan detestable, tan perjudicial y feo como era ese modo de juzgar y condenar temerariamente a su prójimo, y comparó las personas sujetas a él, a los que tienen los ojos enfermos, o les falta enteramente la vista, diciendo: ¿Si un ciego sirve de guía a otro ciego, y encuentra en el camino un hoyo, o un precipicio, no caerán ambos allí infaliblemente? así como el discípulo no es mas sabio que el maestro que le enseña, tampoco el que es conducido es mas que el conductor. Esto era expresarles enérgicamente su aversión a la falta de caridad, a la injusticia y al orgullo que entran en nuestros juicios temerarios: esto era condenar con vigorosa vehemencia el juicio que ordinariamente formamos acerca de aquel que nos ofendió, como antes había condenado el rencor que se guarda contra el mismo ofensor. Nosotros no vemos sino la acción, no descubrimos sino su exterior; pero solo el que todo lo ve penetra la intención y el motivo; y cuando nosotros no le hallamos sino para acriminar, tal vez el que pesa con su balanza justísima y fiel, los halla para excusar y aun para justificar a nuestro prójimo. ¿Y podríamos nosotros ignorantes y ciegos formar un juicio exacto sobre todo lo que observamos y vemos en nuestro prójimo? El que se erige en público censor de sus hermanos, y se toma la licencia de juzgarles y censurarles, debe estar perfectamente exento de las faltas que en ellos reprende. El necio no puede enseñar al necio, y dirigirle según las reglas de la justicia, sino que es preciso que ambos a dos caigan en la hoya de la perdición, en la hoya de la culpa, en la fosa del infierno. Cuando el pastor camina por entre las breñas, es consiguiente que el rebaño le siga al precipicio; esto fue lo mismo que si dijera a sus discípulos: De tal manera debéis obrar, que iluminando a los demás con vuestra doctrina y ejemplos, seáis dignos de gobernarlos y conducirlos, no seáis del número de los ciegos especuladores de la Sinagoga, porque es una cosa muy ridícula un especulador ciego, un doctor ignorante, un precursor cojo, un prelado negligente y un pregonero mudo. Si tú, pues que a los demás juzgas, caes en las mismas culpas que en los otros condenas, ya eres un ciego que guías a otros ciegos. ¿Cómo podrás salvar a los otros, si tú siendo maestro y doctor te precipitas?

Con otra semejanza no menos natural y hermosa anatematizó la conducta de los fariseos y escribas que se tenían por santos, y les dio a entender de dónde provenía la gran dificultad que tenían en conocer sus propios defectos, cuando tan escrupulosamente notaban los de los demás. ¿Por qué os ingerís, les dijo, a buscar una paja en el ojo de vuestro hermano, y no veis una grande viga en el vuestro? ¿Gustáis de reprenderlo sobre una falta ligera, y os disimuláis y permitís a vosotros mismos los vicios mas groseros? Veis ahí hipócritas vuestro verdadero retrato, y hasta dónde llega vuestra ceguedad. ¿Os parece que veis con bastante luz, y que todos los demás están ciegos, o que andan a obscuras? Abrid los ojos alguna vez, volvedlos a vosotros mismos: curaos los primeros, y después procurareis curar a los otros. Lo que os impide ver el estado infeliz de vuestra conciencia, es una grande viga; esto es, un enorme pecado que ocupa vuestra alma y ofusca vuestra razón. ¿Ni cómo habréis de poder tampoco sacar la paja del ojo de vuestro hermano, si os falta la caridad, que es la principal medicina? Si la soberbia, la vanidad y el amor propio son lo que llevan la mano, ¿cómo queréis que salga bien la obra? Obrando de este modo hacéis padecer al prójimo, y no le sanáis; esto es, no le sacáis la paja que tiene en el ojo. El amor propio siempre es necio, indulgente para si, y tirano para con los demás; todo lo ve bajo un punto de vista falso, porque él mismo se constituye como el centro, pero la dulzura de la caridad nos hace ver en Dios el punto central de todas las cosas y de todas las relaciones, y el que mira desde este centro todo lo ve y contempla con discreción y caridad.

Con todo eso, estas máximas importantísimas de la doctrina de Cristo no deben extenderse mas allá de los limites que el mismo Salvador las señaló. Hay hombres que por su estado tienen el cargo de juzgar a los otros hombres, y los hay tan corrompidos que si su conducta no fuese condenada, se convertiría en escándalo, y vendría a ser un contagio. Vosotros pues que sois mis Apóstoles, tenéis derecho y estáis en la obligación de hacer diferencia y discernimiento de aquellos con quienes ejercitáis vuestro ministerio. La doctrina que yo os confío es santa; mis lecciones son perlas preciosas: son unos secretos de que no se debe dar parte indeferentemente a todo el mundo, pues no todos son capaces de entenderlos; y es fácil contradecirlos mas que penetrarlos; ellos no pueden bastantemente estimarse, y así como no se entregan a los perros las cosas consagradas a Dios, ni se arrojan las piedras preciosas a los puertos, así no se han de anunciar esta suerte de verdades a almas bajas y terrenas, a hombres sucios como los animales inmundos, o furiosos como perros; ni a gentes llenas de ignorancia y malicia, que después de haber menospreciado vuestra doctrina, y puesto debajo de sus pies lo que podéis decirles mas santo y venerable, se levantarán contra vosotros y no cesarán de desacreditaros con sus calumnias. Dos cosas dice San Agustín son las que impiden el que recibamos como debemos las cosas grandes y sublimes que la Iglesia nos enseña, a saber: el desprecio y el odio: lo primero se refiere a los puercos, lo segundo a los perros. Guárdese pues el ministro de la religión de descubrir los arcanos misteriosos al que no los comprende, ni está en disposición de comprenderlos; porque mejor busca aquel lo que para él está cerrado, que lo que le está abierto y patente; porque o lo inficiona con el aliento pestífero de su odio como el perro, o lo desprecia orgulloso como el puerco.

Esta contradicción palmaria y manifiesta que Jesucristo anunciaba a sus Apóstoles, no les dispensaba la obligación que tenían de predicar el Evangelio por todo el mundo, y muchas veces a presencia de sus mas feroces e implacables enemigos; esto solo era prevenirles que no anticipasen el tiempo de declarar sus misterios a los hombres, cuyas pasiones los hacían indignos de ellos, y cuyas preocupaciones los hacían incapaces, y corno no quería que ninguno de los que enviaba pudiese excusarse con su ignorancia , ni con las dificultades y obstáculos que habían de encontrar para desempeñar cumplidamente su ministerio, les animó a que pidieran los socorros del cielo y la sabiduría de lo alto por medio de la oración, alentándoles con la confianza de que recibirían los socorros y gracias necesarias para desempeñar la altísima misión de su apostolado. Pedid, les dijo, y seos dará; buscad y encontrareis; llamad y abriros han. Pedid con fe  y orando.

 Buscad con la esperanza y viviendo bien. Llamad con la caridad y la perseverancia. Porque eran mayores, dice el Crisóstomo, los mandatos que se les habían dado que las fuerzas humanas; los encamina el Maestro Divido a Dios, para cuya gracia nada hay imposible , y les dice: pedid y se os dará; para que lo que no podía consumarse por la fuerza de los hombres, tuviese cumplido efecto por la gracia de Dios, pues así como a los demás animales les proveyó de todo lo necesarío, a los unos con la ligereza de sus pies, a otros con la velocidad de su vuelo, y a otros con la rapacidad de sus uñas , la fiereza de sus dientes, y la fortaleza de sus cuernos, así dispuso también que el hombre aunque dotado de razón y conocimiento tuviese tan poca fortaleza y virtud que siempre hubiese necesidad de acudir a su Dios y Señor.

Muy oportunas son las reflexiones que sobre estos pasajes del Evangelio hacen varios padres y doctores de la Iglesia. San Gerónimo dice: si al que pide se le da, y el que busca halla, y al que llama se le abre; claro es, que aquel a quien no se da, que no halla, y a quien no se abre, es porque no pide bien, ni busca, ni llama bien. San Crisóstomo añade: condénase el mal modo o la negligencia del que pide, cuando no puede dudarse de la misericordia del que da. Y San Agustín concluye: Jesucristo que nos enseñó a pedir, es el dador con su Padre; y si no nos quisiera dar, no nos exhortaría con tanto amor para que le pidamos. Avergüéncese pues la pereza humana, mas quiere darnos aquel que nosotros recibir: mas deseos tiene de usar de misericordia, que nosotros de salir de la miseria. El que nos exhorta a que a él acudamos, por nuestro bien nos exhorta. Dispertémonos, démonos prisa, y toda vez somos exhortados, creamos al que promete; roguémosle con perseverante confianza, para que nos alegremos cuando nos dé con abundancia, según nos lo tiene prometido por la grandeza de su corazón.

Es sobre impía inhumana la opinión de los modernos refractarios que reprueba y condena la práctica de la oración, diciendo , que no tiene ninguna virtud ni merecimiento alguno para con Dios; y que solo es provechosa al hombre y grata a Dios a titulo de acto de confianza y de elevación de nuestro corazón a su Divina Magestad, el cual no oye, dicen , nuestras súplicas , porque no necesita que le expongamos nuestras miserias; pero la práctica de todos los pueblos y de todos los hombres desde el principio del mundo condena esa impiedad espantosa y blasfema : la Escritura santa nos recomienda la oración, y el mismo Jesucristo nos la enseña con su doctrina y ejemplos.

Tres cosas empero deben concurrir en la oración para que sea oída: la primera es que sea pía y justa, esto es, para pedir a Dios todas aquellas gracias y auxilios que son necesarios para conseguir la salud espiritual de nuestras almas, y lo que mas nos convenga para alcanzar la corporal: la segunda es que sea perseverante, esto es, que no se interrumpa por algunos actos contrarios o repugnantes a la misma oración, porque no cesa de orar el que no cesa de hacer bien: la tercera es que sea fervorosa, porque si no está inflamado el corazón por la caridad , mal será oída del Dios de la caridad: y esto es lo que principalmente denotan aquellas tres palabras pedid, buscad, llamad. Pedid con piedad: buscad con perseverancia: llamad con confianza y fervor; y concurriendo estas tres cosas, se os dará, hallareis y se os abrirá. Luego es necesaria la perseverancia para que recibamos lo que pedimos, para que hallemos lo que buscamos, y para que se nos abra cuando llamemos. Con la repetición de estas palabras nos manifiesta el Señor que quiere seamos solícitos, molestos, importunos y hasta obstinados en el pedir: porque aquello que se pide para la salud y salvación nuestra, no siempre se nos da luego que se pide, sino que se difiere para darlo después en el tiempo conveniente, y para que retardándose mas el dar, se estime mas el don cuando se dé.

En la oración deben evitarse las distracciones, porque, como asegura San Ambrosio, no oye Dios aquella oración a la que no tiene el que ora toda su atención. Dios quiere que le pidamos con fe  lo que tiene prometido darnos ; y por esto nos promete muchas veces antes de dar, para que la promesa excite mas nuestra confianza, y merezcamos por la oración aquello que graciosamente había determinado darnos (Romanos 8, 26). Aunque Dios ve mejor que nosotros lo que necesitamos, nos ha iluminado acerca las necesidades de nuestra alma , y para satisfacerlas nos dio su único Hijo, y nos da el Espíritu Santo para que nos enseñe a orar y ore en nosotros. El Espíritu ayuda nuestra flaqueza, dice San Pablo , porque no sabemos orar como conviene; pero el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos inefables. … . David nos asegura (Salmo 144, 18-19) que el Señor está cerca de todos los que le invocan, de todos los que le invocan en verdad. Hará la voluntad de los que le temen, oirá su súplica y los salvará.

De la sublimidad de las doctrinas espirituales descendía con mucha frecuencia el Maestro Divino a la vulgaridad de las cosas mas naturales, para hacer aquellas mas fáciles de comprender, y así le hizo también en esta ocasión diciendo a sus Apóstoles y discípulos: ¿Podréis dudar vosotros de que es muy cierto cuanto acabo de deciros, siendo todo ello una cosa muy natural entre los hombres? Quién hay entre ellos de corazón tan duro, que en vez de dar a su hijo el pan que le pide, le dé una piedra; y que en lugar de un pez de que tiene gana, le ponga en la mano una serpiente? Pues si esto lo hacen los hombres siempre inclinados al mal, que son menos padres para sus hijos, que lo es para vosotros vuestro Padre celestial que está en los Cielos, no os ha de dar este los verdaderos bienes y los consuelos y dones que rendidos le pidáis, si los pedís con fe, con perseverancia y amor, asegurados como debéis en el infalible cumplimiento de sus promesas?

Dios empero exige de nosotros una cooperación muy particular para concedernos los dones que le pidamos, y la marcó su Hijo con hermosa precisión cuando dijo, dad, y se os dará, por esto inmediatamente después de haber exhortado a sus discípulos a que depositasen su confianza en la bondad de su Padre, les añadió: así que, todo lo que queréis que hagan con vosotros los hombres, hacedlo vosotros antes con ellos: no les neguéis lo que tienen derecho a pediros. Tratadlos como queréis ser tratados: hacedles bien si queréis que os lo hagan: esto es lo que manda la ley, esto es lo que enseñan los Profetas. así cumpliréis el primero, y el mayor de los mandamientos, que es amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a vosotros mismos: en esto se encierra toda la ley de los Profetas: y con esta cooperación de vuestra parte, bien podéis acudir a Dios en todas vuestras necesidades sean las que fueren, que no serán vanos vuestros ruegos, ni infructuosas vuestras oraciones. Todos los demás preceptos de la ley que ordenan las acciones del hombre,…, no son sino como consecuencias legitimas de este gran principio de la caridad, y por esto dijo San Pablo (Romanos 13, 8): No tengáis otra deuda con nadie, que la del amor que os debéis siempre unos a otros, puesto que quien ama al prójimo tiene cumplida la ley.

San Crisóstomo dejó correr su elegante pluma en la exposición de estas palabras, y dijo (Div. Crisostom. Hom. 18. oper. imperfec.): En estas breves palabras comprendió el Señor todas las cosas que eran necesarias para afirmar nuestra fe, y merecer nuestra salvación: así conocemos claramente el deber que tenemos de hacer para todos los demás, lo que queremos que hagan con nosotros. Grande precepto, en el que todos se encierran: por esto dijo el Señor, esta es la ley y los Profetas: porque así como las innumerables ramas de un árbol proceden de una sola raíz, y en ella se contienen; así también de este como de su raíz, parten todos los demás mandamientos, y en él se contienen. Si de los otros, pues, deseamos recibir aquello que para nosotros es útil y conveniente, en gracia de la caridad y amor que les debemos, también para ellos hemos de hacer cuanto les sea necesario, útil y conveniente: esta es la ley y los Profetas: solo así conseguiremos la salud y la salvación eterna.

Suave es, no hay duda, el yugo del Señor, y muy ligera la carga que nos impone; pues está reducida y compendiada en una regla tan breve. ¡Pero cuán raros son los hombres que la observan! Durísima se les hace la ley, pesadísima la carga: Yo no sé, añade el mismo Crisóstomo, si hoy será fácil encontrar un solo hombre que la observe. ¡Oh ley suave y dulce! Solo el Legislador infinitamente sabio podía dictarte, y darte a los hombres. Todo lo que queréis que hagan por vosotros los hombres, tenéis un deber de hacer por ellos. Nada mas justo, pero nada mas olvidado, ni despreciado.

No se le ocultaba al Salvador la grande resistencia que habían de oponer los hombres a la práctica de esta saludabilísima e importante máxima, y por esto les anunció que debían hacerse violencia combatiendo en su propio corazón las pasiones que la contrariasen. Entrad, les dijo, por la puerta angosta: Haced para eso todos los esfuerzos posibles e imaginarios, que así es menester para abrazar una forma de vida evangélica, que enflaquezca y debilite al hombre carnal. La puerta ancha y el camino espacioso, conducen a la perdición; y son muchos los que entran por él. La puerta angosta y el camino estrecho, conducen a la vida, ¡pero cuan pocos son los que la hallan! Digna es de notarse la palabra con que Jesucristo presenta a sus Apóstoles esta doctrina. Esforzaos: porque el reino de los cielos no se alcanza sino haciéndose el hombre una gran violencia: forcejad para entrar por la puerta estrecha, porque no puede lograrse sino trabajando con grandes esfuerzos que el hombre terreno se haga ciudadano del Cielo. La lucha continuada para lograr tan alto fin es buena y santa: ella era la que alentabalos antiguos pobladores de la Tebaida y de la Palestina, y les presentaba como dulces todas las privaciones y penalidades del desierto. Mas hoy en el mundo se esfuerzan y luchan los hombres por cosas muy distintas y ajenas de la profesión de los cristianos. Hoy se dirigen todos sus esfuerzos y conatos a adquirir la superioridad y primacía sobre todos los demás: en amontonar riquezas y tesoros: en satisfacer todas las pasiones y deseos de su corazón: en llevar a cabo todos los instintos de la venganza: y en entonar himnos de servil adulación a quien en la tierra puede favorecerles, despreciando enteramente a Dios, y blasfemando de su providencia.

Después que nos dice el Salvador que nos esforcemos y trabajemos para entrar por la puerta estrecha, nos da la razón por qué debemos hacerlo; ella conduce por un camino estrecho y sembrado de espinas a la vida y a la salvación eterna; y la puerta ancha y el camino espacioso conducen a la muerte y a la perdición eterna; y sin embargo son muchos los que entran por esta puerta y siguen este camino, y pocos los que siguen aquel y entran por la puerta estrecha. Violentaos pues, y forcejad para entrar por ella; porque ayunar, velar, mortificar la carne, domar sus apetitos, refrenar sus pasiones, privarse de los deleites de la sensualidad, negar su voluntad propia, …, renunciar al mundo, y a todos sus halagos, honores y gloria para abrazar la cruz de Jesucristo y seguir todos sus pasos; ser humilde …, …, sufrir con paciencia las injurias , perdonar los agravios, hacer bien y rogar por los mismos enemigos, ¿ a quién no parece arduo, estrecho y espinoso este camino? Pero el comer, beber, glotonear, descansar en blanda y mullida cama, satisfacer todos los apetitos y exigencias de la carne, dar rienda suelta a las pasiones, mandar a todos y a nadie obedecer, enriquecerse a costa del prójimo, entregarse a los ímpetus de la venganza, y llenar los caprichos de una voluntad ambiciosa sin contradicción de ninguna clase, ¿a quién no parece este camino encantador y ameno? Mas ah! que por este camino ancho caminan muchos, por el estrecho viajan pocos.

Pero, qué es lo que haces, oh hombre? Qué es lo que hablas? Qué es lo que piensas? Se te ha mandado entrar por la puerta angosta, y caminar por el camino estrecho, ¿por qué te afanas en buscar en este mundo sosiego y descanso, felicidad y abundancia, goces y placeres? No sabes que no pueden hallarse en los caminos sembrados de espinas? Si este es estrecho, ¿por qué buscas en él anchurosos espacios para recrearte? Puede haber alguna cosa peor que buscar esta permutación? Puede darse mayor perversidad que el desearla? Los que sirven a los príncipes de la tierra, solo quieren saber si sus servicios serán bien recompensados, y seguros de que lo serán, ya no rehuyen ningún trabajo, no evitan ningún peligro: ninguna bajeza excusan, ni se niegan a ningún oficio por bajo y servil que sea. Con gusto emprenden penosas peregrinaciones a lejanas y estradas tierras; y con la esperanza del premio sufren alegres la mudanza de climas, los peligros espantosos de los mares, los ímprobos trabajos, los desprecios y hasta los tormentos con que los molestan y afligen los rivales y enemigos de su príncipe y rey. Ni temen ser defraudados en la miserable esperanza que concibieron; ni una muerte prematura al visitar un país que desconocen, cuyo clima puede serle sobremanera contrario; tampoco les detiene ni arredra la separación de sus esposas, la privación de sus hijos, ni el alejarse tal vez para siempre del país que les vio nacer, y de la patria que tanto aman; sino que inflamados por la ambición y la codicia, obran como dementes furiosos y frenéticos sin sentir ningún trabajo, sin probar ninguna pena en su corazón. Nosotros empero que no buscamos las riquezas perecederas de la tierra, sino las permanentes del cielo, las que no puede ver el ojo del hombre, ni su mano tocar, ni su entendimiento comprender, y que para alcanzarlas debemos estar dispuestos a sufrir todos los trabajos del mundo, no debemos preguntar por el sosiego y descanso en la tierra. ¡Oh! cuánto mas miserables somos, mas flojos y débiles que los sectarios, paganos e infieles. Qué dices, oh hombre, qué haces? Te preparas para escalar y subir al cielo, para invadir aquel reino, y preguntas si te ha de ser muy áspero y dificultoso el camino? Y no mueres de confusión y vergüenza? Y no vas a esconder tu debilidad y miseria en las entrañas de la tierra? Aunque para conseguir tanto y tan grande bien te sucediesen todos los males, aunque para lograrlo te amenazasen todos los peligros, asechanzas , injurias, ignominias, calumnias, puñales, hierro, bestias, fuego, precipicios, hambre, sed, enfermedades y cuantas calamidades y desgracias pueden imaginarse y decirse, todo debía parecerte ridículo y despreciable , a trueque de conseguir tanto y tan grande bien. Si esto temes, o hombre, sabe, que este es un miedo propio de un ánimo afeminado, envejecido en el crimen y en la iniquidad. El que desea subir al cielo, no debe pensar, ni buscar descanso en la tierra, siempre ha de estar en continua vela, siempre en una lucha continuada, y todos los peligros, males, y calamidades de la tierra, risa, quimeras y sombras vanas deben parecerle. Hasta aquí San Crisóstomo (Div. Crisostom. De Via lata et porta Augusta. Hom. 54. in Math).

Vida de Nuestro adorable redentor Jesucristo. 1847. Segundo  tomo:

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