viernes, 14 de noviembre de 2014

Pureza de intención.



DE LA VERDADERA ESPOSA DE JESUCRISTO, TOMO II; comienzo en la página 224.


            Para los hombres es tanto mayor el precio de las obras cuanto mayor es el trabajo que se emplea en ellas; pero delante de Dios las obras tienen tanto mayor precio cuanto más pura es la intención con que se hacen; porque, como dice la Escritura, los hombres miran tan solo las obras externas, pero Dios mira el corazón, esto es, la voluntad con que se ejecutan: Porque el hombre ve lo que aparece, mas el Señor ve el corazón (1 Reyes 16,7). ¿Hay por ventura acción más hermosa que la de padecer martirio y dar la vida por la fe? Mas dice S. Pablo: Y si entregare mi cuerpo para ser quemado y no tuviere caridad, nada me aprovecha (1 Corintios 13, 3). Y es mucha verdad, porque como dicen los Santos Padres, no hacen el mártir los tormentos y la muerte que padece, sino la causa y la intención por qué padece.
            A este propósito decía el Profeta real: Te ofreceré holocaustos medulosos (Salmo 65, 15). Algunos ofrecen a Dios sacrificios, pero sin  meollo, esto es, sin la pura intención de agradarle solamente a él, y Dios no acepta tales ofrendas. Sta. María Magdalena de Pazis decía: Dios paga nuestras acciones a peso de pureza, es decir, según es más o menos pura nuestra intención de agradarle. Por esto escribió S. Agustín: No atiendas mucho a lo que el hombre hace, sino a lo que mira mientras lo hace. No mires lo que haces, sino el fin con que lo haces; porque, añade S. Ambrosio, harás tanto bien, cuanta sea tu intención de hacerlo por la gloria de Dios: Tanto haces, cuanto tienes intención. En los sagrados Cánticos, hablándose de la Esposa, se pregunta: ?Quién es esta que sube por el desierto, como varita de humo de los aromas de mirra y de incienso, y de todo polvo de perfumero (Cantar 3, 6)? Aquí, por mirra se entiende, la mortificación, por incienso la oración, y por polvo de perfumero todas las demás virtudes. Pero si se alaban todas en la Esposa, es porque todas sus virtudes formaban una varita de humo oloroso que subía derecho a Dios, es decir, que todas ellas no tenían otro fin que el de agradar al divino Esposo.
            Para convencernos de lo mucho que vale la buena intención a los ojos de Dios, tenemos dos grandes pruebas y ejemplos en los Evangelios. El primer ejemplo nos lo refiere S. Lucas (8, 43), y es que un día, yendo nuestro Redentor en tiempo de su predicación acompañado de mucha gente que le seguía, una mujer que padecía flujo de sangre, pugnó tanto con aquella multitud, que llegó a tocar la orla del vestido de Jesucristo, el cual dijo entonces: ?quién me ha tocado? Pero el Señor no hablaba del tacto material, sino de la fe y devoción con que aquella mujer había tocado su vestido. A este propósito escribió S. Agustín: Toca a Cristo la fe de pocos, le oprime la turba de muchos. Muchas monjas trabajan mucho a favor del monasterio, para aumentar las rentas, para celebrar pomposas fiestas, y hacen otras cosas que parecen grandes; mas sin embargo, como su intención no es pura, oprimen a Jesucristo, pero no le tocan, y de aquí es que más bien le incomodan que le complacen. El otro ejemplo es el de aquella pobre viuda que puso dos pequeñas monedas en el arca del templo donde los demás habían echado grandes sumas. Hablando de aquella mujer, dijo el Salvador: En verdad os digo, que más echó esta pobre viuda, que todos los otros (Marcos 12, 43). S. Cipriano, explicando este pasaje, escribe que el Señor dijo esto porque no tanto considera la obra que se hace, como el afecto y la pureza de intención con que se hace.
            Pasemos a la práctica. Sta. María Magdalena de Pazis decía a sus novicias: En todos vuestros ejercicios no os busquéis nunca a vosotras mismas. La religiosa que en sus acciones se busca a sí misma, obrando, o por deseo de alabanza, o por propia satisfacción, ¿sabéis lo que hace? Hace, dice el profeta Ageo, como aquel que mete el dinero recibido en pago de su trabajo en un saco agujereado: Y el que recogió salarios, los puso en saco roto, es decir, que lo pierde todo. Por esto advirtió el Señor: Mirad que no hagáis vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos (Mateo 6, 1). Guardaos, dice Dios, de obrar con el solo fin de ser vistos y alabados de los hombres, porque, si así lo hiciereis, cuando me pediréis la recompensa os diré. Recibiste el galardón; ¿habéis alcanzado ya la alabanza que buscabais?, ¿qué queréis ahora de mí? Surio refiere en la vida de S. Pacomio, que un día cierto monje, en vez de hacer una estera, como los otros, hizo dos, y las puso a la vista del Santo para que le alabase; pero S. Pacomio dijo  a los otros monjes: Mirad, este hermano ha trabajado hasta la noche y ha ofrecido todo su trabajo al demonio.
            Pero veamos cuales son las señales para conocer si vuestras obras son hechas verdaderamente para Dios. La primera señal es si, no habiendo tenido buen éxito vuestra obra, no sentís por ello la menor turbación, y os quedáis tan tranquila como si hubieseis logrado vuestro intento. Así sucederá cuando la hagáis solo por Dios, porque entonces, viendo que él no la quiere, tampoco la queréis vos, persuadida de que Dios no exige de vos el buen resultado de la obra, sino únicamente que la hagáis con el recto fin de agradarle. La segunda señal es si os alegráis tanto del bien que hacen los otros, como si lo hicieseis vos misma, porque el que solo busca la gloria de Dios, no mira si esta se consigue por medio de él o de los otros. La tercera señal es cuando no deseáis un oficio o encargo más que otro, sino que os conformáis igualmente con todo lo que os prescribe la obediencia, no buscando nunca otra cosa mas que la mayor complacencia de Dios. La cuarta señal es si en vuestras buenas obras no buscáis la aprobación ni las muestras de agradecimiento, mas aun cuando os reprendan y maltraten por ellas, conserváis la misma tranquilidad de espíritu que antes, pensando que ya habéis logrado vuestro intento de agradar a Dios, que era todo lo que os proponíais.
            Si alguna vez os alaban mucho por alguna cosa, y la vanagloria os tienta a envaneceros de aquella alabanza, no debéis esforzaros mucho en desecharla con actos contrarios; lo mejor será que no le prestéis atención, y que le digáis, como enseñaba el P. Juan de Ávila. Por lo demás, cuando hagáis algún acto virtuoso, como observar puntualmente la regla, permanecer rezando en el coro, estar retirada, mortificaros, ayudar a las hermanas conversas en sus trabajos, y otros actos semejantes de edificación, con el objeto de dar también buen ejemplo a las otras, no os detenga el temor de ser vista y alabada, siempre que lo hagáis todo por Dios. El Señor gusta de que los demás observen nuestras buenas obras, para que así procuren imitarlas y le den gloria: A este modo, dice, ha de brillar vuestra luz delante de los hombres: para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre, que está en los cielos (Mateo 5, 16). Lo que importa es que obremos con buen fin. Cuando nos asalte la vanagloria, digámosle como S. Bernardo, que en cierta ocasión, tentado por la vanidad al tiempo de predicar, le respondió: Ni por ti he empezado, ni por ti cesaré. Ni por ti he empezado el sermón, ni por ti lo suspenderé; mi único objeto al predicar es agradar a Dios. S. Francisco Javier decía, que el que sabe que ha merecido el infierno por sus pecados, cuando los hombres le alaban, ha de mirar sus aplausos como otras tantas injurias e irrisiones. Además, decía Sta. Teresa: Cuando nos propongamos agradar solamente a Dios, el Señor nos dará fuerza para vencer toda vanagloria.
            La intención con que hacemos los actos virtuosos puede ser buena de tres modos. El primero es cuando los hacemos para alcanzar de Dios los bienes temporales, como si damos limosna, o hacemos decir misas, o ayunamos para librarnos de alguna enfermedad, calumnia u otro trabajo temporal. Esta intención será buena, con tal que vaya acompañada de resignación a la voluntad divina, pero será la menos perfecta si su objeto es puramente terrenal. El segundo modo es cuando obramos para satisfacer a la justicia divina por las penas que hemos merecido por nuestros pecados, o para obtener de Dios los bienes espirituales, como las virtudes, los méritos y una gloria mayor en el paraíso: esta intención es mucho mejor que la primera. Pero el más perfecto de todos es el tercer modo, esto es, cuando en cuestas obras no tenemos otro objeto que el agrado de Dios y el cumplimiento de su santa voluntad. Y esta intención es también la más meritoria, porque cuanto mas nosotros al hacer el bien nos olvidemos de nosotros mismos, tanto mas Dios se acordará de nosotros y nos colmará de gracias, como lo dijo un día a Sta. Catalina de Sena: Hija mía, piensa tú en mí, y yo pensaré en ti. Con esto quiso decir: piensa tú solamente en complacerme, y yo cuidaré de tu aprovechamiento en la virtud, de tus victorias contra los enemigos, de tu perfección y de tu gloria en el cielo. Esto era precisamente lo que decía la sagrada Esposa: Yo a mi amado, y la vuelta de él hacia mí (Cantar 7, 10).
            … En  realidad, esto es imitar el amor de los bienaventurados, cuyo único deseo es agradar a Dios, y que, como dice Sto. Tomás, se gozan más en la felicidad de Dios que en la suya propia. Esto es lo que se entiende por entrar en el gozo del Señor, como se dice a todos lo bienaventurados cuando entran en el paraíso: Entra en el gozo de tu Señor (Mateo 25, 21). Con este motivo dice S. Bernardo que el alma obra con perfección cuando se olvida tanto de sí misma, que obra no para agradar ella a Dios, sino para que a Dios agrade su obra. Por eso el Santo le rogaba diciéndole: Ha que te ame por causa de ti. Señor, haced que os ame, no para complacerme a  mí mismo, sino para agradaros a vos solo, y para hacer vuestra voluntad.
            San Francisco de Sales decía a este propósito: Las esposas amantes de Jesucristo no se purifican para ser puras, ni se adornan para ser hermosas, sino tan solo para agradar a su Esposo; y la confianza que tienen en la bondad de su amante, las libra de todo cuidado y desconfianza de no ser bastante hermosas, y hace que se contenten con una dulce y fiel preparación hecha de buena voluntad. Imitemos al divino Salvador que dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Después de esto no nos queda más que morir de muerte de amor, no viviendo ya en nosotros, sino haciendo vivir en nosotros a Jesucristo, diciendo: Hágase así, Señor, porque así os place. Y adviértase que es mejor y más seguro obrar con el fin de hacer la voluntad de Dios, que para aumentar su gloria, porque así se evitará todo engaño del amor propio; pues muchas veces nosotros, con el pretexto de que una cosa redunda en gloria de Dios, hacemos nuestra propia voluntad; mas cuando procuramos cumplir la voluntad de Dios y hacer lo que más le agrada, no podemos errar nunca. Tengamos entendido que el hacer la voluntad de Dios es la mayor gloria que podemos darle. Así obró siempre nuestro Salvador, es decir, haciéndolo todo para cumplir la voluntad de su eterno Padre, como lo aseguró repetidas veces: No busco mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió (Juan 5, 30?*). Y en otro lugar: Yo hago siempre lo que a él le agrada (Juan 8, 29). Por eso se dijo con razón de Jesús que todo lo había hecho bien: Bien lo ha hecho todo (Marcos 7, 37). ¿Y si  nosotros lo hacemos también así, y logramos agradar a Dios con nuestras obras?, ¿qué más queremos? Dice S. Juan Crisóstomo. Si eres digno de hacer alguna cosa que agrada a Dios, ?qué otro premiso quieres a mas de este? ¿Te parece poco premio el poder tú, miserable criatura, dar gusto a Dios?
            Estemos persuadidos de que Dios no nos pide grandes cosas, sino solamente que lo poco que le demos se lo demos con buena intención. S. Agustín dice: Si el arca no tiene que dar, lo tiene el corazón y la voluntad. Si tu arca, por ser pobre, no tiene nada que dar a Dios, tu voluntad te dará mucho que dar, si le dar lo que haces con el solo objeto de agradarle. Ponme, dice el Señor a cada uno de nosotros, como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo (Cantar 8,6); esto es, si quieres complacerme, haz que en cuanto desees y hagas, yo sea el blando de todos tus deseos y acciones. Y hasta llegó a decir que el alma que obra con el solo fin de agradarle, se convierte en hermana y esposa suya y le hiere el corazón con herida de amor, de suerte que no puede dejar de amarla: Llagaste mi corazón, hermana mí esposa, llagaste mi corazón con el uno de tus ojos (Cantar 4,9). Este un ojo significa la única mira que el alma esposa tiene en sus ejercicios de hacer la voluntad divina, no haciendo oración sino para agradar a Dios, no comulgando si no para dar gusto a Dios, no obedeciendo a los superiores sino para obedecer a Dios, y reconociendo en estos a Dios, como dice el Apóstol: Sirviendo como al Señor, y no como a los hombres (Efesios 6,7). Y así hace todas sus demás acciones para dar gloria a Dios, siguiendo la exhortación del mismo Apóstol: Pues si coméis, o si bebéis, o hacéis cualquiera* otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios (1 Corintios 10, 31). La Ven Beatriz de la Encarnación, primera hija de religión de Sta. Teresa. Decía: No hay precio con que pagar cualquier cosa, por pequeña que sea, hecho por Dios. Y tenía razón, porque todas las acciones que se hacen para agradar a Dios, son actos de amor divino que merecen un premio eterno. Por esto escribió el P. Rodríguez que la pureza de intención es una alquimia celestial, por cuyo medio el hierro se convierte en oro; es decir, que las obras más humildes, como el comer, el dormir, el trabajar, el recrearse, hechas por Dios, se convierten en otro de santa caridad. De aquí es que Sta. María Magdalena de Pazis creía, como ella decía, que el que lo hiciere todo  con pura intención iría directamente al paraíso sin pasar por el purgatorio.

viernes, 7 de noviembre de 2014

DEL LIBRO APRECIO Y ESTIMA DE LA DIVINA GRACIA.






Capítulo 1, II.
La causa de la poca estimación de cosa tan grande, es el aprecio que tienen los sentidos de las cosas de la tierra, y la poca aprehensión que hace el corazón humano de la Gracia, y de los bienes eternos, que consigo trae: de donde viene a suceder, que con no ser de estima alguna los bienes del mundo, sino antes dignos de todo desprecio, haga tanto caso de ellos nuestro corazón engañado, que por su causa no repara en perder los de la Gracia. Esta peste es la que tiene inficionados nuestros sentidos, esta ponzoña tiene corrompidos nuestros corazones: este hechizo tiene enloquecidos nuestros entendimientos y no hay otro antídoto más eficaz contra esta perdición, sino considerar la grandeza de la Gracia; cuán excelente, y gloriosa cosa es sobre todas las grandezas, y glorias del mundo. Con esto se despreciarán los bienes de la tierra, si se estiman los del cielo. Con esto se echará freno a los deseos de cosas perecederas, pues podemos poseer las eternas. Con esto se convencerá nuestro juicio errado en el aprecio de las cosas materiales, con el contrapeso de las sobrenaturales. Porque así como en el mundo despreciamos los bienes menores, por la estima de los que son mayores; así también todos los bienes temporales, y perecederos, menores, y mayores despreciará quien tuviere aprecio de los espirituales, y eternos. Nuestro corazón es como el fiel de un peso, que allí se inclina donde hay más, y cuanto se carga una balanza, tanto más se aligera la otra. Bien conoció todo esto el Apóstol San Pedro, cuando para exhortarnos al desprecio del mundo nos propuso el aprecio de la Gracia, diciendo estas admirables palabras (2 Pedro 1, 4 *): Grandísimas y preciosas promesas nos ha dado Dios, para que por ellas nos hagamos participantes de la naturaleza Divina, huyendo de toda la corrupción de deseos que hay en el mundo. Dio por remedio de los deseos corrompidos de los bienes del mundo, el poner los ojos en los bienes de la gracia, que llama grandísimos y preciosos. De donde hemos de sacar grande cuidado, y aliento para toda obra de virtud, con que se aumenta la misma Gracia; y así después de las palabras referidas, añade el Apóstol: Mas vosotros, infiriendo de aquí, que debéis tener toda solicitud, servid, y obrad virtud en vuestra Fe: con la virtud sabiduría: con la sabiduría abstinencia: con la abstinencia paciencia: con la paciencia piedad: con la piedad amor de vuestros hermanos: con este amor la caridad. Porque de la estimación de la Gracia, y sus grandísimos bienes, no sólo saldrá este bien, que se despreciarán las cosas de la tierra, sino se obrará toda virtud. Porque como en una rica cadena, se irán eslabonando unas virtudes con otras, empezando del aprecio del cielo, y rematando en la caridad que es la cumbre de la perfección. Por lo cual dijo San Crisóstomo (Homilía I. Epístola a los Efesios): Quien aprecia, y admira la grandeza de la Gracia que viene de Dios, este tal será más cuidadoso, y atento, para adelante de su aprovechamiento, y salud espiritual, y mucho más inclinado al estudio de las virtudes. Confirma todo esto, lo que de sí confiesa el Santo Rey David, cuando dice (Salmo 1): Pensaron de quitarme mi precio, y yo corrí con sed. Por la estimación que tenía de la Gracia, la llama su precio; porque ni se preciaba de otra cosa, ni preciaba a otra cosa: otros leen, mi dignidad o ensalzamiento, y honra; porque no hay otra dignidad ni honra, ni grandeza en la tierra, que se deba desear, sino es la Gracia. Pues con este aprecio que el Profeta tenía de este divino don, dice que por solo que les pasó a sus enemigos por el pensamiento hacérsela perder, él por asegurarla, corrió con grandes ansias, y sed en el camino de la perfección, y toda virtud, no haciendo caso de otro bien de la tierra, ni de su mismo Reino.
            Por esta causa será grande provecho de las almas recoger los innumerables tesoros que hay en la Gracia, para que vean cuán digna es de estimarse sobre todo otro bien, mucho más que todo el universo. Porque teniendo el aprecio que se debe de su grandeza, dignidad, y provechos, desprecien el lodo, y estiércol de los bienes y riquezas temporales, y pongan su corazón en los celestiales, y eternos, y amen a nuestro Redentor Jesucristo, que nos mereció con sus trabajos, y sangre cosa tan preciosa. Por este gran provecho que nos ha de resultar con semejante estima de la Gracia, quiere Dios que la estimemos, y apreciemos mucho, haciendo por esta causa notables extremos, y demostraciones en los excesos de la Pasión de Su Hijo. El Apóstol San Pablo escribiendo a los de Éfeso, dice (Efesios 1), que nos predestinó Dios hijos adoptivos por medio de Jesucristo, para alabanza de la gloria de Su Gracia. El cual modo de hablar tan advertido, y reduplicado, en decir: Alabanza de la gloria de la Gracia, significa la grande estimación, admiración, alabanza, y gloria con que Dios quiere estimemos este inestimable don suyo.

… ¡Oh Redentor mío Jesús, suplícoos por las entrañas de misericordia, con que nos mereciste la misma Gracia a costa de Vuestra Vida, y Sangre, pueda yo dar a entender a vuestros redimidos alguna parte de lo que debemos estimar, lo que Vos tanto estimasteis, y comprasteis tan caro! ...


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* 2 Pedro 1, 4 (en BIBLIA TRADUCIDA Y ANOTADA POR SCIO DE MIGUEL): Por el cual nos ha dado muy grandes y preciosas promesas (Estos bienes y gracias de infinito valor, que estaban prometidos a los fieles en los oráculos de los profetas, son la fe, la penitencia, la justicia, la adopción de hijos, la efusión del Espíritu Santo y de todos sus dones en el corazón de los fieles, y por último la vida eterna, a las que tenemos derecho en virtud de esta misma adopción y gracia santificante, por la cual merecemos la eterna gloria) para que por ellas seáis hechos participantes de la naturaleza divina (1 Corintios 3, 16,17; 1Corintios 4, 15; 2 Corintios 3, 18; Efesios 3, 17.  5, 30; Juan 1, 12; 1 Juan 3, 2; 1 Juan 4, 7), huyendo de la corrupción de la concupiscencia que hay en el mundo.

2 Pedro 1, 4 (Nuevo Testamento, Nácar-Colunga 1953):  ...y nos hizo merced de preciosas y ricas promesas para hacernos así partícipes de la divina naturaleza, huyendo de la corrupción que por la concupiscencia existe en el mundo, ... (Estas breves palabras: partícipes de la divina naturaleza, contienen todo el misterio de la gracia de Dios, por la cual somos, no sólo de nombre, sino en realidad, hijos de Dios, según lo inculca San Juan [1 Juan 3, 1] ).

DEL LIBRO HISTORIA DEL PROBABILISMO Y RIGORISMO, TOMO 1. 1772



Igual a http://opinionestemasdeactualidad.blogspot.com.es/2014/09/del-libro-historia-del-probabilismo-y.html, excepto que se intercala un texto entre *




43 años desde 1577, año en el que logró el probabilismo su nacimiento en España, hasta 1620; en esta tiempo, el nuevo sistema se estuvo encerrado en el nido, en que nació, sin dar paso fuera de su patria nativa, llegando a ser adulto y célebre en sus Universidades, comenzó cerca del año 1620 a invadir los países forasteros, la Italia, Alemania, y Francia, y hasta el años 1656 hizo maravillosos progresos, adquirió numerosos secuaces, y extendió por todas partes su jurisdicción. La dulce suavidad de su aspecto, sus blandas, y diestras maneras de saberse acomodar a las personas, genios, y costumbres diferentes, sus amplios privilegios de eximir a los Cristianos de aquellas leyes divinas, y humanas, que se han hecho dudosas por las disputas de los Teólogos modernos, y otras prerrogativas suyas, le adquirieron en este breve espacio de 36 años, tanto crédito, y aplauso, que sus autores para defenderlo, y conservarlo en la posesión de sus conquistas, han inventado sutilezas increíbles, y prodigiosas.
74 (página pdf). Es doctrina aprobada por la Iglesia, que no es imputada a culpa aquella acción que se comete con ignorancia verdaderamente invencible. No hay pecado sin libertad, ni hay libertad sin conocimiento. La ignorancia invencible, quitando todo conocimiento, quita la libertad, y por consiguiente exime al que obra en sus tinieblas de toda culpa imputable. Esta es verdad aprobada por todos  los católicos.  La dificultad consiste en la aplicación sincera de esta palabra invencible, … Aquella ignorancia, según el común sentir de los teólogos, es invencible, que el hombre con toda la moral diligencia, y con el uso de las fuerzas humanas, y auxilios ordinarios de Dios, no puede vencer: De modo que se halle privado del conocimiento de la ley, sin alguna culpa suya personal. Aquella, por el contrario, se llama ignorancia vencible, que con la debida industria puede vencerse, y hace que el hombre por su culpa se halle obscurecido con ella.
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No creo que se pueda poner algún reparo a la inundación universal de los vicios, si no se saca de raíz aquella plata fatal, que produce tantas relajadas opiniones en las costumbres de los cristianos. Añado por otra parte, que esta planta no se arrancará jamás, en tanto que se mira en sí misma, y no se examinan muy bien los frutos contagiosos, que ella produce.
… es menester atacar al Probabilismo en sus ramas, en sus frutos, en las doctrinas prácticas venenosas, que produce, y por esta parte la verdad saldrá ciertamente victoriosa. Las cincuenta proposiciones, recogidas por mí del vasto campo del Probabilismo en sola la materia del ayuno, han engendrado horror en todo el mundo. Si hiciéremos lo mismo en todos los tratados, se hará ver, que estas relajaciones, casi todas, se derivan del Probabilismo, o sistema de poder seguir lo menos probable.

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         Pues la misma Escritura Santa nos avisa, que en todo tiempo hay profetas falsos, y Doctores, que hablan, no con espíritu de verdad; sino con espíritu de error: Por lo que nos amonesta el Evangelista San Juan, que no demos a todos crédito (1 Juan 4, 1). Es pues obligación nuestra el observar con atención solícita, y vigilante, cuales sean los Autores, y los libros, merecedores de nuestro crédito, y dignos de respeto, como enseña San Agustín.
         Para instruir bien a mi lector sobre este importantísimo punto, divido los Escritores modernos en dos clases: En la primera pongo aquellos, que son modernos por razón del tiempo, y de la edad; pero antiguos por la doctrina, y modo de opinar. El texto del Apóstol, copiado abajo, hará claro mi pensamiento (1 Corintios 3, 10). En la misteriosa fábrica, de que en él habla, piden dos cosas nuestra consideración: Esto es, los cimientos, y las paredes: Los cimientos son viejos; el edificio, levantado sobre ellos, nuevo en el orden, simetría, y disposición. Estos son los verdaderos caracteres de un Teólogo en la espiritual fábrica de la Divina Teología: Los cimientos sean viejos, como lo son las Escrituras, los Padres, los Concilios, los Cánones. Todas estas piedras fundamentales es necesario que estén unidas, y ajustadas sobre la única basa principal, que es Jesucristo (1 Corintios 3, 11). Las paredes deben ser acomodadas, y proporcionadas a los cimientos. Si Jesucristo, si Su Ley, Sus Palabras, Sus Mandamientos son las basas de la Teología Cristiana: del mismo modo las sentencias, las reglas, las doctrinas, apoyadas en tales basas, deben de todos modos promover la verdadera doctrina de Jesucristo, y Su Gloria, para que el edificio sea verdaderamente sólido, majestuoso, y perpetuo. Aquellos Teólogos, que fabrican de este modo sus Teológicos edificios, aunque sean nuevos por el orden, por la distribución, por la hermosura, y por otros rasgos lúcidos, que hacen amables, e inteligibles las doctrinas antiguas; son no obstante Autores antiguos, son aquellos verdaderos Doctores y dispensadores de las verdades celestiales, con que quedamos preservados del error, y seducción, según el Oráculo del mismo San Pablo (Efesios 4, 11 y 14). De este género de Doctores nos provee Dios por su infinita misericordia en todo tiempo, en toda edad, como hemos dicho, y lo confirma San Agustín.

         Los Teólogos, y Casuistas, que pongo en la segunda clase, son aquellos, que fabrican según las reglas de una arquitectura del todo nueva. Sus edificios son nuevos, así en cuanto a los cimientos, como en cuanto a las paredes: Han inventado nuevos sistemas, contrarios a las reglas de la arquitectura Evangélica, repugnantes a las doctrinas de los Padres, y de los Sagrados Concilios, dice el Papa Alejandro VII. La Teología de estos Autores es nueva, e incógnita a los Padres antiguos, como nos lo testifican los mismos Autores, que se atribuyen a gloria; y  honor, la invención de esta su Teología, …
         Es falsa la máxima, que enseña a anteponer los Autores modernos a los antiguos.
         Aunque muchos Teólogos sabios hayan impugnado eficazmente, como falsas, y perniciosas, las expresadas doctrinas de anteponer los modernos a los antiguos, no obstante no será inútil el que yo aquí me dedique a reprobarlas. Impugnaré pues con la autoridad de los Santos Padres estas recientes máximas, que en todo tiempo fueron opuestas por aquellos, que intentaron adulterar, o la santa fe de nuestros dogmas o la integridad de nuestras costumbres. El Santo Papa Gelasio en su Epístola 5 a Honorio, Obispo de Dalmacia, las condena, como soberbias, y arrogantes, y contrarias a la Escritura Sagrada . San Gregorio Nacianceno asemeja ciertos modernos de su tiempo a los Pyrrhonicos, y Académicos, que por un destemplado deseo de hacer especulaciones sobre todas las cosas, turbaban la Iglesia, y con la novedad de sus opiniones alteraban la pureza de la Católica doctrina. Con razones semejantes impugnó San Bernardo a Abailardo, y a otros nuevos Teólogos, contemporáneos suyos, inventores, y amantes de opiniones nuevas.
         Ni con todas estas sentencias de los Padres se pretende reprobar toda novedad, como ya se ha advertido arriba; sino solamente aquellas novedades, que se oponen a las doctrinas antiguas: Que descubren caminos anchos, contrarios a los manifestados por Jesucristo: Que acomodan la ley del Evangelio al genio de la concupiscencia. Por lo demás se recomienda aquella novedad, que no mira a otro fin, que a aclarar mejor las doctrinas antiguas, y a hacerlas mucho más inteligibles: Sobre lo cual nos dejó un bello documento Vicencio Lirinense en su comonitorio. Y San Basilio el Grande nos hizo sensible esta verdad con una de aquellas sus incomparables semejanzas: Asemeja el Santo las doctrinas recibidas de los antiguos, y extendidas en lúcida forma, con nuevos métodos, con hermosas divisiones, por los modernos, a la semilla, que siempre es una misma, en el pimpollo, en la plata y en el fruto.  Lactancio Firmiano nos da una regla con que discernir ciertas novedades, que ordinariamente no sirven de  ilustrar, sino es de obscurecer la antigüedad. Cuando las sentencias de los modernos son entre sí contrarias, cuando no tienen un sólido, y común principio, sobre que fundar sus discursos; sino que cada uno inventa algún rasgo, con que dorar su propio dictamen, entonces la novedad es contraria a la antigüedad, entonces debemos cautelarnos, y gobernarnos de manera, que dejados estos Autores, que no afirman cosa cierta, entremos por el camino recto; pues el de ellos no lo es, cuando cada uno se lo forma a su modo, dejando en grande confusión a los que buscan la verdad.
         No se niega, que también en los Padres se encuentre alguna diversidad de pareceres, alguna contrariedad de dictámenes; pero también es verdad, que esta diversidad en materia de fe, y de costumbres es rarísima, y sobre algunos ápices de las leyes obscuras, o dificultosas de saberse, y casi nunca en cosas necesarias para la salvación. Si alguna vez han exagerado, y declamado con expresiones fuertes, y vehementes contra algún vicio, o herejía, lo han hecho porque las circunstancias de los tiempos lo requerían, y el celo de arrancar hasta las raíces del mal se las dictaba, como observó San Buenaventura. Pero apenas se hallará una exageración, que contenga error contra la fe, o contra las costumbres. ... Mas lo que merece singular reflexión es, que los Probabilistas reciben con un obsequio el más ciego cualquiera sentencia de los antiguos, que respire aire de benignidad; cuando refutan, como exagerativas, cualesquiera que indican el camino estrecho, y angosto. Si en San Francisco de Sales llegan a encontrar una palabra, que permita el baile, y la comedia: Si en San Antonino una expresión, favorable a la libertad: Si en San Raymundo una máxima, no contraria (a lo menos en la apariencia) a las restricciones mentales: Si en San Ambrosio una sentencia, que incline a la benignidad: Si pueden, digo, descubrir en algunos de los PP, una sentencia condescenciente a la humanidad,  la reciben, la defienden, aunque los doctos modernos sean de parecer contrario. Por lo demás desechan comúnmente la doctrina de los Padres, que enseña el camino estrecho, y angosto, el cual solo, según el aviso de Jesucristo, guía al Cielo. Cuando leen en los libros, u oyen de los púlpitos estas santas doctrinas de los Padres, dicen, o que ellos, como Oradores exageran, o que hablan en abstracto, o muy universalmente, y que no tratan nuestras cuestiones con precisión, ni según las circunstancias, y tiempos corrientes. En pocas palabras, admiten la doctrina de los Padres, y la desechan, según les está  mejor. Quiero apuntar al fin de este capítulo un ejemplo. Pone en cuestíón el moderno Ludovico Bail, si una mujer, que sabe, que es amada para mal fin, esté obligada a huir la conversación familiar, y no necesaria del impuro amante. Trae fuertes razones, que demuestran la obligación de evitar semejante peligro; pero a todas ellas opone fuera de propósito la sentencia siguiente, mal entendida por él, de San Ambrosio. …  De aquí concluye el moderno de esta forma: Parece más probable la sentencia de San Ambrosio, cuya sola autoridad debe tenerse en más, que la de muchos modernos, definidores de casos de conciencia.

161

¿Si algunos Casuistas, digo, recientemente imitasen a los Casuistas pasado, y enseñasen semejantes proposiciones, no podríamos nosotros levantarnos, y advertir públicamente a los Católicos indoctos, que estas son opiniones laxas, escandalosas, perniciosas, y seductoras del Pueblo Cristiano? … ¿Se deberá pues abandonar entretanto el rebaño Evangélico a la seducción de las sentencias falsas? … El probabilismo pues nos precisa a reprobar tales proposiciones, como improbables, falsas, relajadas, y escandalosas, para quitarles del semblante la máscara de menos probables, y para despertar a los Fieles, porque no beban el veneno debajo de la cubierta engañosa de que probablemente no es culpa mortal. … Nosotros por precepto natural, y divino, estamos obligados a socorrer a nuestro prójimo, que peligra, y especialmente si Dios nos ha cometido ministerio, por el cual estamos obligados ex officio a velar sobre su cristiano rebaño. No podemos cumplir con esta alta obligación; si no despojamos a las falsas doctrinas de la máscara engañosa de la insuficiente probabilidad, con que se quisiese justificar toda humana acción; y si no gritamos en alta voz, que las tales doctrinas nos parecen falsas, relajadas, y escandalosas.
163  Pregunto ?El decreto Pontificio prohíbe acaso, combatir, impugnar, y descubrir al Pueblo Cristiano las opiniones, que real, y verdaderamente son improbables, falsas, relajadas, y escandalosas, aunque fuesen enseñadas inocentemente por Católicos? No: porque el Evangelio manda hacerlo con preceptos repetidos: ...

180
?Tiembla V. que le ciegue la presunción, que la concupiscencia le engañe, que el amor propio le encante, que una secreta soberbia le ofusque, que la ansia de agradar al mundo, y de adquirir numeroso séquito le ponga vigas delante de los ojos?
Asignará algunas pocas: Y si defendiere V. fuertemente estas pocas, por sentencias, que contienen la verdadera moralidad, enseñada por Jesucristo,

268
Porque es principio sentado entre los Teólogos con Santo Tomás, que la conciencia errónea no excusa, cuando es en sí pecaminosa.
… para que el hombre siga con buena conciencia la parte favorable, es necesario que la siga, porque juzga prudente, y santamente, que es lícita: de manera, que si juzgase, o pudiera prudentemente juzgar, que era mala, no lo haría por todo el mundo.

269

...; porque todos dicen, que el Probabilismo es dulce, suave, favorable a los apetitos, a la carne, pero dentro de los límites de lo justo. Cuando se dice, que el Probabilismo es favorable a la libertad, ¿de qué libertad se habla? Ciertamente de la libertad exenta de la ley: de la libertad, que condesciende a los apetitos humanos: luego de la libertad carnal. Tiene razón para decir el P. Camargo, que los Probabilistas no quieren oír una palabra, que no sea de su gusto. ¿Quién ha dado el título de benigna a la opinión menos probable, que con evidencia demostraremos deberse llamar laxa? ¿Quién ha dado el título de severa a la más probable? Los Probabilistas.

*

270
En un capítulo entero se probará, que la sentencia menos probable es favorable a la carne, no a la libertad cristiana, que resplandece en la unión más estrecha con Dios, y con la ley eterna.
274
Él en buscarla (la Verdad) no debe favorecer a sus secretas pasiones: que debe implorar la luz divina, para conseguir acertar con la decisión; que si él se opone a la doctrina de otros, no por fuerza de razones, y autoridad, sino por pasión, u obstinación suya, su conciencia será venciblemente errónea.

275 Los que quieren que a lo útil ceda lo verdadero.
277
No fue amor carnal, que acomoda las leyes a los sentidos, a la libertad, por lograr el placer. Fue de aquel amor divino, que es solo el que hace suave el camino estrecho, áspero, y angosto del Evangelio: no ya de aquel amor, que pretende aligerar el yugo Evangélico con ensanchar las leyes.
280 Alejandro VII condenó 45 proposiciones laxas. Inocencio XI. Las proposiciones condenadas eran llamadas benignas por los Probabilistas, y ahora han venido a ser, y conocerse por laxas.
Los Probabilistas llaman a la opinión menos probable, con el dulce, y amable vocablo de benigna, y a la sentencia más cercana a la verdad con el nombre de estrecha y severa.
282
Alejandro VII dijo en su decreto que oyó, no sin grande tristeza de su alma, que muchas proposiciones relaxadas de la disciplina cristiana, y que acarreaban la perdición de las almas, y que aquella suma licencia de los ingenios lozanos, cada día crecía más, por la cual en las cosas tocantes a la conciencia, se introdujo un nuevo modo de opinar, ajeno a la sinceridad Evangélica, y doctrina de los  Santos Padres.
283 P. Terillo:
Muchos modernos codiciosos de su fama y estimación propia abrieron la puerta a graves (escandalosas) relajaciones. E incluso por evidente malicia. Escribe,  que no es increíble, que ellos engañados por sutil insinuación de Satanás, bajo la lisonja de cierta humanidad, y bajo la especie de honrarse mutuamente, haber ellos inventado tantas opiniones laxas.
        No se niega que los antiguos hubiesen caído en algún error. Pero pretender defender las opiniones de los modernos probabilistas, porque los antiguos enseñaron peores, no es discurso legítimo, ni útil, aún cuando la hipótesis fuese cierta.
290
Cristo no nos manifestó sino dos solos caminos: el uno estrecho, y el otro ancho. Si la sentencia más probable es el camino estrecho: luego la menos probable es el camino ancho. El camino tercero no se encuentra en el Evangelio. 


293

Inocencio XI condenó con términos expresos a cualquiera que enseñe que es probable, que el precepto de la caridad para con Dios no obliga rigurosamente, ni aún en cinco años.

299 (272 del libro)

Muchos moralistas modernos se oponen a la verdad en virtud de sistema doctrinal, que disminuye las obligaciones de las leyes divinas con el título de benignidad. Esta benignidad es contraria a la verdad, y favorable al vicio.
        La Ley Divina es Ley de verdad (Salmo 118) Dios prohíbe añadir, o quitar a esta ley de verdad la más mínima palabra. (Deuteronomio capítulo 4) Inculca en muchos lugares de la Escritura esta misma prohibición (Deuteromio, capítulo 5 y capítulo 12).
        En el apartado siguiente hablaremos de aquellos, que añaden demasiado rigor en fuerza de sistema político, y al presente de aquellos, que quitan a la ley preceptos, y obligaciones, en virtud de sistema doctrinal. Estos lo primero cancelan de un golpe del rol de las divinas leyes todas las dudosas, y controvertidas; pues, según su sistema, la ley dudosa, y controvertida no es ley. Por el contrario, Dios manda que en las dudas sobre su ley, se consulten sus sacerdotes. (Deuteronomio capítulo 17) Pero debiéndose hablar difusamente de este punto en su lugar, descendamos ahora a las disminuciones particulares de los preceptos del Decálogo. El primer mandamiento fundamental de la ley prescribe el amor de Dios, y del prójimo, a que se reduce la plenitud de la ley. Este amor debe ser efectivo, quiere decir, fecundo de obras santas, que despiden llamas ardientes hacia el Criador, que socorre en las graves necesidades a los necesitados. Debe ser tan fervoroso, que nos induzca a derramar la sangre, antes que violar mortalmente un solo precepto, o escandalizar a nuestros hermanos. La ley de la justicia no es menos severa, que la de la caridad; todo perjuicio grave es castigado con eternos suplicios. Aunque estuviese en nuestro poder el adquirir todo el mundo por medio de un solo pecado grave, estamos obligados a repudiarlo y a vivir en una continua pobreza, antes que ofender a Dios con la culpa. El desasimiento de las mismas riquezas, adquiridas lícitamente, es necesario, ya más, ya menos, según la diversidad de circunstancias. La preparación de ánimo a sufrir todo martirio el más atroz, en el lance de confesar la fe delante del tirano, que intima en renegar de ella, es necesaria a todos los secuaces del Evangelio. La castidad virginal, o conyugal, a que todos están obligados, no es ley menos severa, que las otras. La sinceridad en la lengua, la veracidad en los juramentos, la fidelidad en la sociedad, la abstinencia de los hurtos, de las maldiciones, son otros tantos preceptos de la cristiana profesión. Omitidos otros muchos preceptos, voy a demostrar brevemente las modas inventadas, para disminuir las citadas leyes.
        Dos son los principios, de que se sirven los probabilistas, para la disminución de las leyes. Dicen primeramente, que lo odioso se debe restringir, (Odia funit refrigenda) de donde infieren, que siendo la ley divina odiosa a la humana libertad, se debe en la forma mejor restringir, y disminuir. Añaden, que el yugo del Evangelio es suave; y que por tanto debemos interpretar, y acomodar la ley en un sentido el más suave, y favorable a la humana enfermedad. Puestos estos dos principios, la ley negativa viene a reducirse a nada, con el beneficio de la inadvertencia, y de la ignorancia invencible, y la ley positiva se muda en una ley negativa. Los hurtos, si no se rompen las puertas, y se despedazan las navetas, no son reputados por hurtos. La retención de la hacienda ajena, el no pagar las deudas, el sisar, o diferir la paga a los oficiales, son cosas convenientes a la manutención del estado, y decoro. Los mandamientos fundamentales de amar, creer, y esperar en Dios, se hace, que consistan en no aborrecer, no negar la fe; y no desesperar de la bondad divina. Los juramentos, las mentiras, las simulaciones se justifican, o con la costumbre, o con las restricciones mentales. 

viernes, 17 de octubre de 2014

PARA RECOMENDAR A LOS ESTÁN SIN GRACIA; Y A LOS QUE, ADEMÁS, HAN PERDIDO LA FE.



LO QUE RECOMIENDO A LOS QUE NO ESTÁN OBEDECIENDO A DIOS.

A LOS QUE  NO HAN PERDIDO LA FE, AUNQUE SÍ LA GRACIA. 

La Gracia de Dios se pierde con un sólo pecado mortal; no así la fe. Y al perder la Gracia de Dios la persona no puede vivir la Caridad, el amor de verdad, ya que el amor de verdad es exclusivo de Dios y sólo puede vivirse cuando Dios habita en uno por la Gracia, cuando uno participa de la vida divina.
Es una pena que estando llamados a participar de la vida divina, nos quedemos viviendo la vida meramente natural, sin posibilidad de participar de lo más elevado  en lo que puede participar un ser humano. De todas la obras buenas de verdad, Dios es el autor primario, pero Él, en su infinita bondad, nos brinda el poder colaborar en ellas como autores secundarios. Si no se está en Gracia, todo esto es imposible y no es posible llevar a cabo ninguna obra meritoria de vida eterna; estando en Gracia de Dios sí podemos ser autores secundarios de obras de caridad, y merecer méritos para la vida eterna.
Por eso se dice que el pecado mortal destruye en la persona la caridad, y el pecado venial la debilita.
El permanecer estando sin la Gracia de Dios es estar en un tiempo sin posibilidad alguna de merecer, por lo que hay que apresurarse a salir cuanto antes de este estado, siempre con la ayuda de Dios.
Y para salir del estado sin Gracia de Dios , aún conservando la fe (aunque se trate de una fe muerta), a lo que hay que recurrir es a la Confesión Sacramental, y para ello es fundamental el arrepentirse de los pecados, el arrepentirse, y dolerse de haber cometido un pecado, una ofensa a Dios, un pensamiento, deseo, obra u omisión contrario a la ley eterna, contrario a la verdad, y a la justicia. No se trata, pues, de sólo decir los pecados al confesor (aunque ésta sea una parte imprescindible), sino que hay que arrepentirse. Y para rechazar el pecado, hay que abrirse a la Verdad,  al Bien y a la Justicia, es decir, convertirse.  Una de las formas en las que se demuestra el arrepentimiento es en el propósito de la enmienda. Lógicamente no demuestra arrepentirse el que vuelve a caer en lo mismo con suma facilidad, sobre todo si se trata de cosas graves. Y hay que ir a la raíz de los pecados, ya que en los pecados, siempre se prefiere a la criatura al Creador, siempre se prefiere al Bien de Verdad el pasar un buen rato, o evitarse una dificultad o esfuerzo, o quedar bien con alguien, o no complicarse con alguien. Por eso que uno no puede quedarse en la manifestación externa de lo que hizo, sino que tiene que ir a la raíz, al corazón, a saber que ha elegido el egoísmo, que puede ser en la forma de complacencia a sí o a otros, y no el amor de verdad; y decidirse a elegir el amor de verdad en los siguientes pasos en su vida.   
      Mucha gente no quiere arrepentirse, ya que para arrepentirse hay que humillarse, y hay que decir, lo hice mal, pedir perdón, y proponerse su no repetición. Y no es arrepentimiento el pensar todavía que uno lo hizo bien, o que estuvo totalmente justificado lo que hizo dadas las circunstancias.  Además, como dice el Apóstol, así como la ciencia hincha, la caridad humilla. Hay que humillarse para vivir el amor de verdad, para hacer el bien de verdad, ya que para elegir el Bien, la Verdad, y la Justicia, hay que sobreponerse al amor propio desordenado, a la soberbia, (y sólo se puede uno sobreponer a la soberbia con la Ley de Dios, como decía San Bernardo).

A LOS QUE HAN PERDIDO LA FE, ADEMÁS DE LA GRACIA.
Hasta grados muy avanzados, por la bondad de Dios, sigue quedando siquiera un resquicio de fe, aunque sea en el fondo, y aunque la persona ya manifieste externamente que no cree. La persona, por la infinita Bondad y Sabiduría de Dios, recibe muchos avisos y llamadas en la vida; sufre en la vida muchas situaciones que le obligan a enfrentarse a su realidad, y que le dificultan el seguir viviendo con planteamientos superficiales y falsos.  Si, por ejemplo, la persona, ante un revés en la vida, ante una enfermedad, etc., se atreve a ver lo que Dios, a través de su interior, le dice, podrá acercarse a Dios. Pero, para esto, también se necesita la humildad de reconocer que uno ha estado equivocado, atreverse a reconocer que uno ha perdido el tiempo inútilmente con su egoísmo, el cual no ha servido ni a sí mismo, ni a nadie, sino que, por el contrario, ha hecho daño a todo el mundo, y a sí mismo. Uno tiene que pensar que mejor es haber perdido el tiempo, muchos años o casi toda la vida, que perder la vida entera; siempre hay que pensar que mientras hay vida se puede rectificar. Que si uno no rectifica en esta situación, no por no querer rectificar, la situación va a mejorar, sino que si no se rectifica es posible que uno continúe ciego hasta el final, hasta cuando ya no se pueda rectificar, aunque ahí ya sí que uno se enfrente con la realidad, al terminar lo ilusorio de  esta vida terrena.
De Dios provienen los propósitos de volverse a ÉL, y el ir dando los pasos necesarios, incluida también la Confesión Sacramental. Con la Confesión Sacramental, se recuperaría automáticamente la Fe y la Gracia, y se recuperarian los méritos ganados antes de perder la Gracia.
      Habría que confesarse de todo aquello en lo que uno ha faltado contrario a la Caridad porque hay que saber que todo lo que los Mandamientos de Dios prohíben es porque es contrario al amor de verdad, aunque produzca vanas complacencias, o alimente superficiales intereses.

         No puede creer en Dios, tener fe, el que busca quedar bien ante los otros, no buscando la gloria de Dios, el que no actúa bien, justamente, el que no se encamina a la verdad, a la justicia, el que no vive el amor, ni lo intenta, sino que va a lo suyo, buscando en todo sus particulares intereses, queriendo por ejemplo no tener problemas con nadie, aún a costa de la verdad, del amor y de la justicia, o queriendo pasar un buen rato, sin importarle lo que podría hacer de bueno en ese rato. El que actúa mal es el que no se plantea la vida para hacer el bien de verdad, sino que se dedica a buscar sus intereses, como entretenimiento, quedar bien ante los demás o ante sí mismo superficialmente, etc.
         Es digna de lástima una vida no encaminada por Jesucristo. Piensan que ganan los que piensan en sí mismos, ya que quizá consigan algunos aparentes bienes temporales, como pasar un buen rato, disfrutando quizá con los amigos, haciendo compras, viajando, pero no saben los bienes auténticos y espirituales que se pierden, ya que ven que el que actúa bien tiene que hacer renuncias de cosas algunas aparentemente apetecibles materialmente hablando, pero no ven lo que ellos ganan, a pesar de las persecuciones que tengan que sufrir y algunos otros perjuicios mundanos, materiales, y temporales. No ven tampoco los que van a lo suyo que todos estos perjuicios que tienen que sufrir los buenos, Dios los convierte en bienes, ya que para el justo todo sucede para su bien (esto está prometido por Jesucristo). Está claro que sólo funciona la Doctrina de Jesucristo. El egoísmo no funciona: lo que se obtiene de ello es pasajero, no lleva al bien de verdad; los buenos aparentes ratos pasados o disfrutados abren la puerta al vacío del corazón, al hastío; con el egoísmo uno anda perdido, sin un buen rumbo que le permita orientar bien su vida, o que le permita afrontar bien una situación.

jueves, 25 de septiembre de 2014

La Creación del hombre

    Dios creó al hombre a imagen y semejanza suya (Génesis 1, 27; véase Mateo 19, 3-4; y Marcos 10, 5-6).
    Dios formó al hombre del lodo de la tierra, e inspirole en el rostro un soplo de vida, y quedó hecho el hombre, ser con alma viviente (Génesis 2, 7; véase 1 Corintios 15, 47).
    Tomó Dios al hombre y lo puso en el paraíso de las delicias para que lo cultivase y guardase (Génesis 2, 15), y le dio también este precepto diciendo: puedes comer del fruto de todos los árboles del paraíso: mas del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas (Génesis 2, 16 y 17). Pero el hombre no obedió a Dios (Génesis 3);  y el Señor Dios echa al hombre del paraíso de deleites para que trabajase la tierra, de que fue formado (Génesis 3,23), después de haberles prometido un redentor (Génesis 3, 15; véase Juan 14, 30, Apocalipsis 20, 2-3, e Isaías 24, 20).
    Eva concibió y parió a Caín diciendo: He adquirido un hombre por merced de Dios (Génesis 4, 1), y parió después a su hermano Abel (Génesis 4, 2).
      Caín presentó al Señor una ofrenda de los frutos de la tierra; y Abel, de los primerizos de su ganado, y de lo mejor de ellos: y el Señor miró con agrado a Abel y a sus ofrendas (Génesis 4, 4; véase Hebreos 11, 4: Por la fe, Abel ofreció a Dios un sacrificio más excelente que el de Caín, y fue declarado justo, dándole el mismo Dios testimonio de que aceptaba sus dones; y por la fe habla todavía estando muerto).
     Pero de Caín y de las ofrendas suyas no hizo caso: por lo que Caín se irritó sobremanera, y decayó su semblante (Génesis 4,5).
    Y le dijo el Señor a Caín: ¿Por qué motivo andas enojado? Y ¿Por qué está demudado tu rostro? (Génesis 4, 6).
    ¿No es cierto que si obras bien erguirás la cabeza; pero si mal, el pecado estará siempre a tu puerta? Él te hace sentir su atractivo, pero tú puedes dominarlo (Génesis 4, 7).
    Dijo después Caín a su hermano Abel: salgamos fuera. Y estando los dos en el campo, Caín acometió a su hermano Abel y le mató (Génesis 4, 8; Véase Judas 11: Desdichados de ellos, que han seguido el camino de Caín, y perdidos como Balaam por el deseo de una recompensa, se desenfrenaron, e imitando la rebelión de Coré perecerán; véase 2 Pedro 2, 15: Han dejado el camino recto y se han descarriado, siguiendo la senda de Balaam de Bosor, el cual codició el premio de la maldad; y véase Números 22, 12: Dijo Dios entonces a Balaam: no vayas con ellos, ni maldigas a ese pueblo, siendo como es, bendito).
      Preguntole el Señor a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Y respondió: no lo sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano? (Génesis 4, 9; véase Juan 8, 44: Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis cumplir los dones de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él: Cuando dice mentira, habla como quien es, por ser de suyo mentiroso y padre de la mentira; véase 1 Juan 3, 6: Quien comete pecado, del diablo es, porque el diablo desde el momento de su caída continúa pecando. Por eso vino el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo; véase Juan 12, 31: Ahora va ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va ser lanzado fuera; véase Juan 12, 32-33: Y cuando Yo sea levantado en la tierra atraeré a todos hacia Mí [véase Juan 3, 14-15: Al modo que Moisés en el desierto, levanté la serpiente de bronce (Números 21, 4-9); así es menester que el Hijo del hombre sea levantado 15 para que todo aquel que crea en Él no perezca, sino que logre la vida eterna]. 33 Esto lo decía para significar de qué muerte había de morir; véase Mateo 12, 29-32: O ¿Cómo es posible que uno entre en la casa de algún hombre valiente, y le robe sus bienes, si primero no ata bien al valiente?; entonces podrá saquearle la casa . 30 El que no está conmigo, está contra Mí, y el que conmigo no recoge, desparrama. 31 Por lo cual os declaro: que cualquier pecado y cualquier blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no se perdonará. 32 Asimismo a cualquiera que hable contra el Hijo del Hombre, se le perdonará; pero a quien hablare contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en esta vida ni en la otra.) Replicole el Señor a Caín: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano está clamando a Mí desde la tierra (véase Hebreos 12, 24: Y a Jesús mediador de la Nueva Alianza, y a la aspersión de aquella sangre que habla mejor que la de Abel). Caín tuvo descendencia (Génesis 4, 17-22).
    Adán tuvo otro hijo, a quien puso por nombre Set, diciendo: Dios me ha sustituido otro hijo en lugar de Abel, a quien mató Caín (Génesis 4, 25). También a Set le nació un hijo, que llamó Enós; éste comenzó a invocar el nombre del Señor (Génesis 4, 26).
    “Los días de Adán, después que engendró a Set, fueron 800 años, y engendró hijos e hijas” (Génesis 5, 4).
     Adán se murió con 930 años (Génesis 5, 5) y Set con 912 años (Génesis 5, 8), y estos fueron los años que vivieron en la línea sucesoria de Set hasta Noé, engendrando todos los anteriores a Noé, además, más hijos e hijas (Génesis 3, 5, 10, 13, 16,  y 30): Eron, 905 (Génesis 5, 11); Cainán, 910 (Génesis 5, 14), Malaleel, 895 ( Génesis 5, 17); Jared, 962 (Génesis 5, 20); Henoc, 375 (Génesis 5, 23), al cual Dios se llevó (Génesis 5, 24), Matusalem, 969 (Génesis 4, 27); Lamec, 777 (Génesis 5, 31).
    Cuando Noé tuvo quinientos años, engendró a Sem, a Cam, y a Jafet (Génesis 5, 32), y de estos se propagó el género humano sobre toda la tierra (Génesis 9, 19) después del diluvio.
    Viendo los hijos de Dios la hermosura de las hijas de los hombres, tomaron de entre todas ellas por mujeres las que más les agradaron (Génesis 6, 2).
    Dijo entonces Dios: no permanecerá Mi Espíritu en el hombre para siempre, porque es carnal; y sus días serán ciento y veinte años (Génesis 6, 3; véase Galatas 5, 16-17: “Digo, pues: proceded según el Espíritu y no satisfaréis los apetitos de la carne. 17 Porque la carne tiene deseos contrarios a los del Espíritu, y el Espíritu los tiene contrarios a los de la carne, como que son cosas entre sí opuestas; por cuyo motivo no hacéis vosotros todo aquello  que queréis).
    Viendo, pues, Dios ser mucha la malicia de los hombres en la tierra, y que todos los pensamientos de su corazón se dirigían al mal continuamente (Génesis 6, 5; véase Mateo 15, 19-20: Porque del corazón es de donde salen los malos pensamientos, los homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios y blasfemias. 20 Estas cosas sí que manchan al hombre, mas el comer sin lavarse  las manos, eso no le mancha).
    Mas Noé halló gracia a los ojos del Señor (Génesis 6, 8).
    Esta es la historia de Noé: Noé era un varón justo e íntegro y andaba con Dios (Génesis 6, 9; véase Lucas 1, 6: “Ambos eran justos a los ojos de Dios, guardando irreprensiblemente todos los mandamientos, y leyes del Señor”, refiriéndose a Zacarías e Isabel).
    Después de que cesase el diluvio y de que Noé hubiese comprobado que las aguas dejaban de cubrir la tierra, Dios habló a Noé, diciendo: Sal del Arca, tú y tu mujer, tus hijos y las mujeres de tus hijos contigo. Saca también fuera contigo todos los animales que tienes dentro, de toda casta, tanto de aves como de bestias y de todos los  reptiles, que andan arrastrando sobre la tierra: propagaos y multiplicaos sobre ella (Génesis 8, 14-17).
    Y después de obedecer este mandato del Señor, Noé edificó un Altar al Señor y ofreció holocaustos sobre el Altar (Génesis 8, 20). Y el Señor se complació en aquel olor de suavidad, y dijo: nunca más maldeciré la tierra por las culpas de los hombres, atento a que los sentidos y pensamientos del corazón humano están inclinados al mal desde su mocedad; no castigaré, pues, más a todos los vivientes como he hecho (Génesis 8, 21; véase Efesios 4, 17: os advierto, pues, y yo os conjuro de parte del Señor, que ya no viváis como los gentiles que proceden según la vanidad de sus pensamientos (véase Romanos 1, 21, 22: Porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; sino que devanearon en sus discípulos, y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas. 22 Y mientras se jactaban de sabios, pararon en ser unos necios, véase 1 Corintios 1, 18-31; 1 Corintios 1, 21: Porque ya que el mundo a vista de la sabiduría divina no conoció a Dios por medio de la ciencia, plugo a Dios salvar a los que creyesen en Él por medio de la locura de la predicación).
    Alianza de Dios con Noé. Génesis 9, 1-17; Génesis 9, 5-6: “... ; al hombre pediré cuenta de la sangre del hombre y a cada uno de la vida de su hermano. 6 Derramada será la sangre de cualquiera que derrame sangre humana: porque a imagen de Dios fue creado el hombre” (véase Santiago 3, 8-9: mas la lengua ningún hombre puede domarle. Ella es un mal que no puede atajarse, y está llena de mortal veneno. 9 Con ella bendecimos a Dios Padre, y con la misma maldecimos a los hombres los cuales son formados a semejanza de Dios); Génesis 9, 4: Excepto que no habéis de comer la carne con sangre.
    De los tres hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet, se propagó el género humano sobre la tierra (Génesis 9, 18). Todos tuvieron descendencia, y se repartieron en sus pueblos y naciones, de las cuales se propagaron los pueblos sobre la tierra después del diluvio (Génesis 10, 32; véase Génesis 9, 18-10, 32).
    Noé, al saber lo que había hecho con él su hijo menor, dijo: “Maldito sea Canaán, esclavo será de los esclavos de sus hermanos. Y añadió: Bendito el Señor Dios de Sem, sea Canaán esclavo suyo. Dilate Dios a Jafet, y habite en las tierras de Sem, y sea Canaán su esclavo. “ (Génesis 9, 24-27; véase Efesios 3, 5-6: Que en otras edadas no fue conocido de los hijos de los hombres, en la manera que ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu; véase 1 Corintios 2, 7: Sino que hablamos la sabiduría de Dios, misteriosa, que ha permanecido oculta, la cual predestinó Dios antes de los siglos para gloria nuestra; Colosenses 1, 26-27: El misterio escondido a los siglos y generaciones, y que ahora ha sido revelado a sus santos. 27 A quienes Dios ha querido hacer patentes las riquezas de la Gloria de este Misterio entre las naciones, el cual es Cristo, esperanza de vuestra Gloria; Gálatas 3, 28: No hay judío ni griego, ni siervo ni libre; ni hombre ni mujer. Porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús; Hechos de los Apóstoles 26, 17-18: Y yo te libraré de este pueblo y de los gentiles, a los cuales ahora te envío. 18 A abrirles los ojos para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de satanás a Dios, y con esto reciban la remisión de sus pecados, y tengan parte en la herencia de los santos, mediante la fe en Mí; véase Hechos 17, 30; 20, 32; Romanos 3, 23-25; Isaías 35, 5-10; Mateo 11, 5; Isaías 29, 18-24; Isaías 61, 1; y Lucas 4, 18).
    Los hombres, que entonces no tenían sino que un solo lenguaje, dijeron: “vamos a edificar una ciudad y una torre, cuya cima llegue hasta el cielo: y hagamos célebre nuestro nombre antes de esparcirnos por toda la faz de la tierra”. Dios confundió su lenguaje y los esparció por todas la regiones (Génesis 11, 1-9; véase Lucas 1, 51: Hizo alarde del poder su su brazo; deshizo las miras del corazón de los soberbios).
    Esto ocurrió en tiempo de Phales, descendiente de Sem que nace 101 años después del diluvio: derriba Dios la soberbia y vanos pensamientos de los hombres, los cuales para hacer célebre y eternizar su nombre, quieren fabricar una ciudad, y una torre, que con su punta tocase hasta los cielos. El Señor confunde su lengua, haciendo que unos a otros no se entiendan. Por esta razón fue llamada Babel; Dios los esparce por toda la superficie de la tierra, de manera que Sem con los suyos ocupan la Siria, y el resto de Asia: Cham el Egipto, y lo demás del África: Y Japhet la Europa.



    Según la Biblia anotada por Scio de Miguel, Abram desciende de Sem (hijo de Noé), y nace unos 290 años después de que Sem engendrase a Arphaxad, a los 100 años de edad, en la línea sucesoria de Abram.
    A los 2095 años del mundo, “quejándose Abram a Dios por no tener heredero que le suceda, le promete el Señor un hijo que le heredaría, cuya posteridad se había de multiplicar como las estrellas del cielo (Génesis 15). Da crédito Abram a esta promesa, y es justificado por su fe (Romanos 4, 3): ofrece un sacrificio que el Señor le ordena, como señal de la tierra prometida: ahuyenta las aves que venían sobre las víctimas, las cuales son devoradas con fuego bajado del cielo: y Dios en un sueño le significa, que sus descendientes padecerían en Egipto una esclavitud de 400 años (Hechos 7, 6, 7), de la que por último serían librados, y pasarían a la tierra de Chanaan para ser señores de ella.”
    A los 2107 años del  mundo, “Dios hace un concierto con Abram: instituye el sacramento de la circuncisión: y muda el nombre de los dos consortes: ...” (véase Génesis 9, 28-29), pasando a llamarse Abraham y Sarai.
    Taré, descendiente de Sem, engendró a Abram, Nacor y Arán. Y Narán engendró a Lot.
    Abrahám, padre de los creyentes, muere a los 175 años (en el año 2183 del mundo; y 1817 años antes del Mesías); de Abrahám nace Isaac, hijo de la promesa (en el año 2018 años del mundo, y 1892 años antes del Mesías). Renueva y confirma el Señor a Isaac las promesas, que había hecho antes a Abrahám. Isaac tiene dos hijos: Esaú y Jacob.
    Jacob por el consejo de su madre arrebata a su hermano la bendición del padre.
    Jacob tiene 12 hijos varones. Varios hermanos venden a su hermano Joseph a unos ismaelitas, y posteriormente Joseph es vendido a Putifar en Egipto.


    Según la Biblia traducida y anotada por Scio de Miguel, en el año 3828 del mundo, tuvo lugar el principio del reinado de Antíoco IV Epiphanes. A los 3836 años del mundo, Antíoco despoja el templo, y el templo es profanado; Antíoco IV muere 4 años después, a los 3840 años del mundo.
    A los 3843 años del mundo, tiene lugar la primera alianza de los judíos con los romanos.
    Después de Antíoco IV, Antíoco V Euphator reina unos 15 años. 



73 páginas de la Santa Biblia (las páginas se refieren a la Sagrada Biblia, editorial Herder, 1984; leer todo guiado por la caridad, y leyéndolo humildemente y según el sentir de la Iglesia de todos los tiempos, que es una, santa, católica y apostólica).

1º Libro primero de Samuel, capítulo 8 completo. Página 308 (1 página).

2º Libro de Tobías: páginas 538-548 (11 páginas)

3º Libro primero de los Macabeos, capítulo 1 completo: páginas 581-583 (3 páginas). Lee el segundo párrafo de la introducción de la página de al lado. Como ves se trata de un ataque no sólo en lo físico o material, como en otros tiempos, sino que aquí se persigue todo lo religioso ( y  esto es lo que se cree que sucederá antes del fin del mundo, en el tiempo del Anticristo u hombre de iniquidad; por supuesto que Anticristo en su máxima expresión, ya que anticristos hay muchos: recuerda que todo el que no está con Cristo, está contra Él).

4º Job, capítulo 38, hasta capítulo 42, versículo 9: páginas 674-678 (5 páginas).

5º Jeremías 2, 20-4,10: páginas 929-931 (3 páginas).

6º Libro de Baruc: del capítulo 1, versículo 14, hasta el final del libro: páginas 998-1006 (9 páginas).

7º Daniel, capítulo 3 completo, y capítulo 4, versículos 1-5 (hasta final del folio): páginas 1069-1073 (5 páginas).

8º Evangelio según San Mateo 3, 1-5,13: páginas 1167-1168 (2 páginas completas).

9º Evangelio según San Mateo 9, 35-11, 30: páginas 1175-1177 (3 páginas).

10º Evangelio según San Marcos 3, 31-4, 34: páginas 1206-1207 (2 páginas).

11º Evangelio según San Marcos 13, 1-37: páginas 1220-1221 (2 páginas).

12º Evangelio según San Lucas 6, 27-49.  El amor al prójimo y al enemigo: página 1237 (1 página).

13º Evangelio según San Lucas 9, 23-27: página 1242 (1 página).

14º Evangelio según San Lucas 12, 35-13,3: páginas 1248-1249 (2 páginas).

15º Evangelio según San Lucas 13, 22-30: páginas 1250  (1 página).

16º Evangelio según San Lucas 21,5-21,36: páginas1260-1261 (2 páginas).

17º Evangelio según San Juan 2, 18-4, 49:páginas 1271-1273 (3 páginas).

18º Evangelio según San Juan 14, 21-16,14: páginas 1290-1291 (2 páginas).

19º Romanos 5, 12-6,6: página 1349 (1 página).

20º 2 Pedro 1, 18-3, 18: páginas 1464-1466 (3 páginas).

21º Epístolas de San Juan (1ª, 2ª, y 3ª): páginas 1467-1475 (9 páginas).

22º Epístola de San Judas: páginas 1472-1473 (2 páginas).



            Lecturas (unas 225  páginas de la Biblia).

Las siguientes páginas se refieren a la Sagrada Biblia, editorial Herder, 1967:

1º Libro de Tobías: páginas 538-548.

2º Proverbios: páginas 749- 775.

3º El diluvio. Génesis 6: páginas 25-26.

4º Misión de Moisés. Dios, por medio de Moisés, libera a su pueblo de la esclavitud de los egipcios. Éxodo 3, 7 [te saltas Éxodo 6, 14 – 26] - 12, 42.

5º Jeremías 34: páginas 966-967.

6º Baruc 1, 14 - hasta el final: páginas 998-1006.

7º Primer libro de los Macabeos, capítulo 1 y capítulo 2 hasta el versículo 20: páginas 581-583. Profanación del templo de Jerusalén en tiempo de Antioco Epifanes, rey del imperio de los seléucidas, lo cual se cree que es figura de los que sucederá antes del fin del mundo con el anticristo.

8º. Evangelios: páginas 1165-1298. Lo fundamental de la Biblia. Según los Evangelios, según la virtud de la caridad, hay que interpretar todo lo demás.

9º Carta de San Pablo a los Romanos 1, 16 – 3, 4: páginas 1344-1346.

10º Carta de San Pablo a Timoteo: páginas 1422-1431.

11º Epístolas Católicas (Santiago, Pedro, Juan, Judas): páginas 1452-1475.


Mateo 5, 16:  Brille así vuestra Luz ante los hombres de manera que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Romanos 13, 12: La noche está ya muy avanzada, y va a llegar el día. Dejemos, pues las obras de las tinieblas, y revistámonos de las armas de la luz (Efesios 5, 11).

Efesios 5, 11:  No queráis, pues, ser cómplices de las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien reprendedlas.

1 Corintios 7, 29 (para la interpretación de Proverbios 5, 19): Y lo que digo, hermanos, es que el tiempo es corto; lo que importa es que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran (Romanos 13, 12).

1 Corintios 10, 31: Pero, en fin, ora comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a Gloria de Dios (Colosenses 3, 17; Mateo 5, 16).

Colosenses 3, 17: Todo cuanto hacéis, sea de palabra o de obra, todo en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, dando por medio de Él gracias a Dios Padre

Del libro Historia del probabilismo y rigorismo

    Del libro Historia del probabilismo y rigorismo, tomo 1. 1772.
(Versión un poco más amplia en http://opinionestemasdeactualidad.blogspot.com.es/2014/11/del-libro-historia-del-probabilismo-y.html )


     43 años desde 1577, año en el que logró el probabilismo su nacimiento en España,  hasta 1620; en esta tiempo, el nuevo sistema se estuvo encerrado en el nido, en que nació, sin dar paso fuera de su patria nativa, llegando a ser adulto y célebre en sus Universidades, comenzó cerca del año 1620 a invadir los países forasteros, la Italia, Alemania, y Francia, y hasta el años 1656 hizo maravillosos progresos, adquirió numerosos secuaces, y extendió por todas partes su jurisdicción. La dulce suavidad de su aspecto, sus blandas, y diestras maneras de saberse acomodar a las personas, genios, y costumbres diferentes, sus amplios privilegios de eximir a los Cristianos de aquellas leyes divinas, y humanas, que se han hecho dudosas por las disputas de los Teólogos modernos, y otras prerrogativas suyas, le adquirieron en este breve espacio de 36 años, tanto crédito, y aplauso, que sus autores para defenderlo, y conservarlo en la posesión de sus conquistas, han inventado sutilezas increíbles, y prodigiosas.

 74 (página pdf). Es doctrina aprobada por la Iglesia, que no es imputada a culpa aquella acción que se comete con ignorancia verdaderamente invencible. No hay pecado sin libertad, ni hay libertad sin conocimiento. La ignorancia invencible, quitando todo conocimiento, quita la libertad, y por consiguiente exime al que obra en sus tinieblas de toda culpa imputable. Esta es verdad aprobada por todos  los católicos.  La dificultad consiste en la  aplicación sincera de esta palabra invencible, … Aquella ignorancia, según el común sentir de los teólogos, es invencible, que el hombre con toda la moral diligencia, y con el uso de las fuerzas humanas, y auxilios ordinarios de Dios, no puede vencer: De modo que se halle privado del conocimiento de la ley, sin alguna culpa suya personal. Aquella, por el contrario, se llama ignorancia vencible, que con la debida industria puede vencerse, y hace que el hombre por su culpa se halle obscurecido con ella.
126    No creo que se pueda poner algún reparo a la inundación universal de los vicios, si no se saca de raíz aquella plata fatal, que produce tantas relajadas opiniones en las costumbres de los cristianos. Añado por otra parte, que esta planta no se arrancará jamás, en tanto que se mira en sí misma, y no se examinan muy bien los frutos contagiosos, que ella produce.
    “… es menester atacar al Probabilismo en sus ramas, en sus frutos, en las doctrinas prácticas venenosas, que produce, y por esta parte la verdad saldrá ciertamente victoriosa. Las cincuenta proposiciones, recogidas por mí del vasto campo del Probabilismo en sola la materia del ayuno, han engendrado horror en todo el mundo. Si hiciéremos lo mismo en todos los tratados, se hará ver, que estas relajaciones, casi todas, se derivan del Probabilismo, o sistema de poder seguir lo menos probable.”

270   En un capítulo entero se probará, que la sentencia menos probable es favorable a la carne, no a la libertad cristiana, que resplandece en la unión más estrecha con Dios, y con la ley eterna.
274  Él en buscarla (la Verdad) no debe favorecer a sus secretas pasiones: que debe implorar la luz divina, para conseguir acertar con la decisión; que si él se opone a la doctrina de otros, no por fuerza de razones, y autoridad, sino por pasión, u obstinación suya, su conciencia será venciblemente errónea.

275  Los que quieren que a lo útil ceda lo verdadero.
277    No fue amor carnal, que acomoda las leyes a los sentidos, a la libertad, por lograr el placer. Fue de aquel amor divino, que es solo el que hace suave el camino estrecho, áspero, y angosto del Evangelio: no ya de aquel amor, que pretende aligerar el yugo Evangélico con ensanchar las leyes.
280 Alejandro VII condenó 45 proposiciones laxas. Inocencio XI. Las proposiciones condenadas eran llamadas benignas por los Probabilistas, y ahora han venido a ser, y conocerse por laxas.
Los Probabilistas llaman a la opinión menos probable, con el dulce, y amable vocablo de benigna, y a la sentencia más cercana a la verdad con el nombre de estrecha y severa.

282 Alejandro VII dijo en su decreto que oyó, no sin grande tristeza de su alma, que muchas proposiciones relaxadas de la disciplina cristiana, y que acarreaban la perdición de las almas, y que aquella suma licencia de los ingenios lozanos, cada día crecía más, por la cual en las cosas tocantes a la conciencia, se introdujo un nuevo modo de opinar, ajeno a la sinceridad Evangélica, y doctrina de los  Santos Padres.

283 P. Terillo:
        Muchos modernos codiciosos de su fama y estimación propia abrieron la puerta a graves  (escandalosas) relajaciones. E incluso por evidente malicia. Escribe,  que no es increíble, que ellos engañados por sutil insinuación de Satanás, bajo la lisonja de cierta humanidad, y bajo la especie de honrarse mutuamente, haber ellos inventado tantas opiniones laxas.
    No se niega que los antiguos hubiesen caído en algún error. Pero pretender defender las opiniones de los modernos probabilistas, porque los antiguos enseñaron peores, no es discurso legítimo, ni útil, aún cuando la hipótesis fuese cierta.

290  Cristo no nos manifestó sino dos solos caminos: el uno estrecho, y el otro ancho. Si la sentencia más probable es el camino estrecho:  luego la menos probable es el camino ancho. El camino tercero no se encuentra en el Evangelio.

293   Inocencio XI condenó con términos expresos a cualquiera que enseñe que es probable, que el precepto de la caridad para con Dios no obliga rigurosamente, ni aún en cinco años.

299 (272 del libro)  Muchos moralistas modernos se oponen a la verdad en virtud de sistema doctrinal, que disminuye las obligaciones de las leyes divinas con el título de benignidad. Esta benignidad es contraria a la verdad, y favorable al vicio.

     La Ley Divina es Ley de verdad ( Salmo 118) Dios prohíbe añadir, o quitar a esta ley de verdad la más mínima palabra. (Deuteronomio capítulo 4) Inculca en muchos lugares de la Escritura esta misma prohibición (Deuteromio, capítulo 5 y capítulo 12).

      En el apartado siguiente hablaremos de aquellos, que añaden demasiado rigor en fuerza de sistema político, y al presente de aquellos, que quitan a la ley preceptos, y obligaciones, en virtud de sistema doctrinal. Estos lo primero cancelan de un golpe del rol de las divinas leyes todas las dudosas, y controvertidas; pues, según su sistema, la ley dudosa, y controvertida no es ley. Por el contrario, Dios manda que en las dudas sobre su ley, se consulten sus sacerdotes. (Deuteronomio capítulo 17) Pero debiéndose hablar difusamente de este punto en su lugar, descendamos ahora a las disminuciones particulares de los preceptos del Decálogo. El primer mandamiento fundamental de la ley prescribe el amor de Dios, y del prójimo, a que se reduce la plenitud de la ley. Este amor debe ser efectivo, quiere decir, fecundo de obras santas, que despiden llamas ardientes hacia el Criador, que socorre en las graves necesidades a los necesitados. Debe ser tan fervoroso, que nos induzca a derramar la sangre, antes que violar mortalmente un solo precepto, o escandalizar a nuestros hermanos. La ley de la justicia no es menos severa, que la de la caridad; todo perjuicio grave es castigado con eternos suplicios. Aunque estuviese en nuestro poder el adquirir todo el mundo por medio de un solo pecado grave, estamos obligados a repudiarlo y a vivir en una continua pobreza, antes que ofender a Dios con la culpa. El desasimiento de las mismas riquezas, adquiridas lícitamente, es necesario, ya más, ya menos, según la diversidad de circunstancias. La preparación de ánimo a sufrir todo martirio el más atroz, en el lance de confesar la fe delante del tirano, que intima en renegar de ella, es necesaria a todos los secuaces del Evangelio. La castidad virginal, o conyugal, a que todos están obligados, no es ley menos severa, que las otras. La sinceridad en la lengua, la veracidad en los juramentos, la fidelidad en la sociedad, la abstinencia de los hurtos, de las maldiciones, son otros tantos preceptos de la cristiana profesión. Omitidos otros muchos preceptos, voy a demostrar brevemente las modas inventadas, para disminuir las citadas leyes.

      Dos son los principios, de que se sirven los probabilistas, para la disminución de las leyes. Dicen primeramente, que lo odioso se debe restringir, (Odia funit refrigenda) de donde infieren, que siendo la ley divina odiosa a la humana libertad, se debe en la forma mejor restringir, y disminuir. Añaden, que el yugo del Evangelio es suave; y que por tanto debemos interpretar, y acomodar la ley en un sentido el más suave, y favorable a la humana enfermedad. Puestos estos dos principios, la ley negativa viene a reducirse a nada, con el beneficio de la inadvertencia, y de la ignorancia invencible, y la ley positiva se muda en una ley negativa. Los hurtos, si no se rompen las puertas, y se despedazan las navetas, no son reputados por hurtos. La retención de la hacienda ajena, el no pagar las deudas, el sisar, o diferir la paga a los oficiales, son cosas convenientes a la manutención del estado, y decoro. Los mandamientos fundamentales de amar, creer, y esperar en Dios, se hace, que consistan en no aborrecer, no negar la fe; y no desesperar de la bondad divina. Los juramentos, las mentiras, las simulaciones se justifican, o con la costumbre, o con las restricciones mentales. 



Historia del probabilismo y rigorismo:
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