De Sermones y conferencias
dogmático-morales:
Antes
de confesar es necesario examinar la conciencia; es decir, hacer una
investigación exacta de todos los pensamientos, de todos los deseos, de todas
las palabras, de todas las acciones y de todas las omisiones contrarias a la
ley de Dios; en una palabra, de todos los pecados que se han cometido desde la
última confesión.
Tan
necesaria como es el agua en la administración del bautismo, tan necesario es
el arrepentimiento en el sacramento de la penitencia para obtener el perdón. …;…
para volver a la gracia de Dios no ha medio alguno de salvación que pueda
reemplazar la contrición. Confesaos cuanto queráis, practicad los actos mas
duros de mortificación,…; si no tenéis un verdadero arrepentimiento de vuestros
pecados, quedaréis siempre culpables, siempre quedaréis manchados.
Para
volver a la gracia de Dios es indispensable la contrición, y es necesario que
ella sea interior, sobrenatural, suprema y universal.
La contrición debe ser interior, es
decir, debe estar en el alma, y que el corazón debe estar penetrado de ella. El
corazón es el que ha pecado; el corazón es el que, adhiriéndose inmoderadamente
a la criatura, ha sido el principio y el origen del pecado; es necesario, pues,
que la contrición descienda al corazón para destruir en él el amor desordenado
a la criatura. Por el corazón se ha alejado el pecador de Dios, el corazón es
el que está enfermo; es necesario pues que el remedio obre sobre el corazón, es
necesario que el arrepentimiento esté en el corazón, para curarlo y para
volverlo a Dios. Para ir al cielo no basta decir: ¡Señor, Señor, yo estoy
arrepentido de haberos ofendido! Si el corazón nada dice, el movimiento de los
labios no sirve de nada. Dios perdona, pero es al corazón contrito y humillado;
Dios perdona, pero es al penitente que se convierte de todo corazón, que rompe
su corazón, y no sus vestidos, como dice el Profeta.
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La
contrición debe ser sobrenatural, es decir, debe ser excitada en nosotros por
un movimiento del Espíritu Santo, y fundada en las consideraciones de la fe; es
decir, que debe venir de Dios y tener a Dios por fin, supuesto que debe
detestar el pecado como una ofensa hecha
a Dios. La contrición debe ser sobrenatural en su principio. Ella procede de
Dios, solo Dios puede producirla en nuestra alma; y por esta razón decía el
Profeta: Convertidnos a vos, Señor, y
nos convertiremos (Jeremías). Vosotros habéis perdido la vida de la
gracia por el pecado mortal, pero no podéis recobrarla con vuestras propias
fuerzas, porque la contrición es un don del cielo. Sin embargo, no desesperéis, sino orad: esta contrición,
que es superior a vuestras fuerzas y que no podéis merecerla, la podéis obtener
por medio de la oración.
La
contrición debe ser sobrenatural en su principio; es necesario que lo sea
también en sus motivos, es decir, que
debe fundarse en los motivos que la fe nos ofrece, y no en razones puramente
humanas y naturales. Nuestra contrición será sobrenatural en sus motivos, si
nos arrepentimos de haber ofendido a Dios, por la fealdad que la fe nos hace
ver en el pecado, porque el pecado hace una injuria a Dios y ofende al mejor de
los padres, porque el pecado nos hace perder el cielo, o a los menos porque a
los pecados graves están reservados los
tormentos eternos. Estos motivos son sobrenaturales, supuesto que son
inspirados por Dios, con relación a Dios y
a las cosas de Dios; y esta contrición nos alcanzará el perdón.
¡Ay!
¡cuántos son los pecadores cuyo arrepentimiento procede únicamente de razones
naturales, y que por lo mismo solo pueden tener una contrición incapaz de
proporcionarles el perdón! Ese hombre ha cometido un hurto; él tiene un dolor,
y un dolor muy vivo de haberlo cometido, pero es porque se halla preso y porque
dentro de pocos días será juzgado y sufrirá una condena. Esa joven ha tenido la
desgracia de conducirse mal; ella se arrepiente..., pero es porque su deshonra
se ha hecho pública. En tales casos el arrepentimiento solo es excitado por los
males temporales; él no procede de Dios, no tiene relación alguna con Dios. A
Dios es a quien habéis ofendido, pero no es por él por quien sentís haber
obrado mal; vuestra contrición es puramente natural; por consiguiente, Dios no
mira vuestra aflicción; vuestra aflicción no borra vuestro pecado ni os
reconcilia con el Señor.
La
contrición debe ser suprema; es decir, que el penitente debe estar más afligido
de haber ofendido a Dios, que de todos los males que pudieran sucederle. El
pecado nos priva del cielo, nos expone al infierno, ofende a un Dios
infinitamente bueno e infinitamente perfecto; es decir, que el pecado causa el
más horrible de los males. Un mal pequeño nos aflige poco, un mal grande nos
aflige profundamente. Pues bien, el pecado es el mayor de los males; es, por consiguiente,
justo arrepentirse más del pecado que de todos los demás males, que, de
cualquier modo que se miren, son inferiores al pecado. Así es que para alcanzar
el perdón del pecado es necesario tener de él un dolor supremo, el mayor de
todos los dolores, un dolor que exceda a todos los demás. Advertid, sin
embargo, hermanos míos, que no es en la sensibilidad, sino en la voluntad,
donde este dolor supremo debe tener su asiento principal. Es decir, que no es
necesario experimentar la misma aflicción exterior que cuando se ha
experimentado una grande desgracia. El pecado mortal es una desgracia demasiado
grande para arrancarnos lágrimas; y si fuesen sinceras se podría decir de
ellas, con S. Pedro Crisólogo: ¡Dichosas lágrimas, que corren de una fuente
semejante! Ellas riegan el cielo, ablandan la tierra, ahuyentan el fuego del
infierno, y borran la sentencia de muerte pronunciada contra el pecador (Sermón
93). Tal fuel el dolor de David, de la Magdalena y de S. Pedro, que lloraron amargamente
sus pecados. Derramad lágrimas, esta es, sin duda alguna, una disposición muy
laudable; pero nace de una sensibilidad que no siempre está en nuestro poder;
por consiguiente, no es necesaria. Lo que es necesario es que la voluntad esté
pronta a sufrir toda clase de calamidades temporales, antes que consentir de
nuevo en cometer un pecado. Si hay en el corazón este buen propósito, entonces
se tiene más dolor de pecado que todos los males de la vida, se ama a Dios como
se debe, se prefiere a Dios a todas las cosas temporales; entonces la contrición
es suprema.
No
olvidemos que este dolor debe ser también universal; es decir, que debe
extenderse a todos los pecados mortales que hemos tenido la desgracia de
cometer. Dios tiene igual horror a todos los pecados; es necesario pues que nos
arrepintamos de todos ellos sin excepción. Nosotros no podemos obtener nuestra
reconciliación con Dios si se encuentra en nuestro corazón un solo pecado
mortal del cual no estemos arrepentidos. Por esta razón nos dice el Señor: Si
queréis convertiros a mí sinceramente, arrepentíos de todas vuestras
iniquidades, sin exceptuar ninguna, y haced penitencia de ellas (Ezequiel 18).
Y S. Agustín añade: El Señor no quiere un corazón dividido, no quiere un
corazón convertido a medias, que sólo tiene horror a tales o cuales pecados, y
permanece adherido a otros. Dios quiere un sacrificio completo, y que la contrición
del pecador se extienda a todos los pecados; sólo con esta condición se puede
obtener el perdón y volver a la gracia de Dios.
Ya
os he dado a conocer, hermanos míos, la necesidad de la contrición, las
cualidades que debe tener, y los motivos que deben excitarla en nosotros. Yo os
ruego que procuréis que sea siempre el amor de Dios el que excite en vuestra
alma el dolor y el arrepentimiento de haber cometido el pecado. Arrepentíos de
vuestros pecados, no sólo porque habéis ofendido a un Dios todopoderoso, que
castiga eternamente al pecador en el infierno, sino porque habéis ofendido a un
Dios infinitamente bueno y amable. Procurad amar de nuevo a ese Dios tanto como
os ha amado, y formad de vuestro mismo amor un dolor vivo y profundo de haber
perdido su gracia. Pedid esa contrición al Salvador; él no os la negará, porque
vino para llamar a los pecadores, a fin de que ninguno de ellos se pierda y que
el reino de Dios sea su herencia. Así sea.
PROPÓSITO DE LA ENMIENDA. TANQUEREY.
PROPÓSITO DE LA ENMIENDA. TANQUEREY.
225 Firme propósito no solamente de
evitar los pecados en sí mismos, sino también las ocasiones y las causas que
han arrastrado al abismo. Una vez
perdonado el pecado, debemos mantener en nuestra alma un sentimiento vivo y
habitual de penitencia, un corazón contrito y humillado, junto con un deseo
sincero de reparar el mal que hemos cometido, por medio de una vida austera y
mortificada, con un amor ferviente y generoso.
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