Igual a http://opinionestemasdeactualidad.blogspot.com.es/2014/09/del-libro-historia-del-probabilismo-y.html,
excepto que se intercala un texto entre *
43 años desde 1577, año en el que logró el probabilismo su
nacimiento en España, hasta 1620; en esta tiempo, el nuevo sistema se estuvo
encerrado en el nido, en que nació, sin dar paso fuera de su patria nativa,
llegando a ser adulto y célebre en sus Universidades, comenzó cerca del año 1620 a invadir los países
forasteros, la Italia,
Alemania, y Francia, y hasta el años 1656 hizo maravillosos progresos, adquirió
numerosos secuaces, y extendió por todas partes su jurisdicción. La dulce
suavidad de su aspecto, sus blandas, y diestras maneras de saberse acomodar a
las personas, genios, y costumbres diferentes, sus amplios privilegios de
eximir a los Cristianos de aquellas leyes divinas, y humanas, que se han hecho
dudosas por las disputas de los Teólogos modernos, y otras prerrogativas suyas,
le adquirieron en este breve espacio de 36 años, tanto crédito, y aplauso, que
sus autores para defenderlo, y conservarlo en la posesión de sus conquistas,
han inventado sutilezas increíbles, y prodigiosas.
74 (página pdf). Es doctrina aprobada por la Iglesia, que no es
imputada a culpa aquella acción que se comete con ignorancia verdaderamente
invencible. No hay pecado sin libertad, ni hay libertad sin conocimiento. La
ignorancia invencible, quitando todo conocimiento, quita la libertad, y por
consiguiente exime al que obra en sus tinieblas de toda culpa imputable. Esta
es verdad aprobada por todos los
católicos. La dificultad consiste en la
aplicación sincera de esta palabra invencible, … Aquella ignorancia, según el
común sentir de los teólogos, es invencible, que el hombre con toda la moral
diligencia, y con el uso de las fuerzas humanas, y auxilios ordinarios de Dios,
no puede vencer: De modo que se halle privado del conocimiento de la ley, sin
alguna culpa suya personal. Aquella, por el contrario, se llama ignorancia
vencible, que con la debida industria puede vencerse, y hace que el hombre por
su culpa se halle obscurecido con ella.
126
No creo que se pueda poner algún reparo a la inundación
universal de los vicios, si no se saca de raíz aquella plata fatal, que produce
tantas relajadas opiniones en las costumbres de los cristianos. Añado por otra
parte, que esta planta no se arrancará jamás, en tanto que se mira en sí misma,
y no se examinan muy bien los frutos contagiosos, que ella produce.
… es menester atacar al Probabilismo en sus ramas, en sus
frutos, en las doctrinas prácticas venenosas, que produce, y por esta parte la
verdad saldrá ciertamente victoriosa. Las cincuenta proposiciones, recogidas
por mí del vasto campo del Probabilismo en sola la materia del ayuno, han
engendrado horror en todo el mundo. Si hiciéremos lo mismo en todos los
tratados, se hará ver, que estas relajaciones, casi todas, se derivan del
Probabilismo, o sistema de poder seguir lo menos probable.
*
154
Pues la misma Escritura
Santa nos avisa, que en todo tiempo hay profetas falsos, y Doctores, que
hablan, no con espíritu de verdad; sino con espíritu de error: Por lo que nos
amonesta el Evangelista San Juan, que no demos a todos crédito (1 Juan 4, 1).
Es pues obligación nuestra el observar con atención solícita, y vigilante,
cuales sean los Autores, y los libros, merecedores de nuestro crédito, y dignos
de respeto, como enseña San Agustín.
Para instruir bien a mi
lector sobre este importantísimo punto, divido los Escritores modernos en dos
clases: En la primera pongo aquellos, que son modernos por razón del tiempo, y
de la edad; pero antiguos por la doctrina, y modo de opinar. El texto del
Apóstol, copiado abajo, hará claro mi pensamiento (1 Corintios 3, 10). En la
misteriosa fábrica, de que en él habla, piden dos cosas nuestra consideración:
Esto es, los cimientos, y las paredes: Los cimientos son viejos; el edificio,
levantado sobre ellos, nuevo en el orden, simetría, y disposición. Estos son
los verdaderos caracteres de un Teólogo en la espiritual fábrica de la Divina Teología:
Los cimientos sean viejos, como lo son las Escrituras, los Padres, los
Concilios, los Cánones. Todas estas piedras fundamentales es necesario que
estén unidas, y ajustadas sobre la única basa principal, que es Jesucristo (1
Corintios 3, 11). Las paredes deben ser acomodadas, y proporcionadas a los
cimientos. Si Jesucristo, si Su Ley, Sus Palabras, Sus Mandamientos son las
basas de la
Teología Cristiana: del mismo modo las sentencias, las
reglas, las doctrinas, apoyadas en tales basas, deben de todos modos promover
la verdadera doctrina de Jesucristo, y Su Gloria, para que el edificio sea
verdaderamente sólido, majestuoso, y perpetuo. Aquellos Teólogos, que fabrican
de este modo sus Teológicos edificios, aunque sean nuevos por el orden, por la
distribución, por la hermosura, y por otros rasgos lúcidos, que hacen amables,
e inteligibles las doctrinas antiguas; son no obstante Autores antiguos, son
aquellos verdaderos Doctores y dispensadores de las verdades celestiales, con
que quedamos preservados del error, y seducción, según el Oráculo del mismo San
Pablo (Efesios 4, 11 y 14). De este género de Doctores nos provee Dios por su
infinita misericordia en todo tiempo, en toda edad, como hemos dicho, y lo
confirma San Agustín.
Los Teólogos, y
Casuistas, que pongo en la segunda clase, son aquellos, que fabrican según las
reglas de una arquitectura del todo nueva. Sus edificios son nuevos, así en
cuanto a los cimientos, como en cuanto a las paredes: Han inventado nuevos
sistemas, contrarios a las reglas de la arquitectura Evangélica, repugnantes a
las doctrinas de los Padres, y de los Sagrados Concilios, dice el Papa
Alejandro VII. La Teología
de estos Autores es nueva, e incógnita a los Padres antiguos, como nos lo
testifican los mismos Autores, que se atribuyen a gloria; y honor, la invención de esta su Teología, …
Es falsa la máxima, que
enseña a anteponer los Autores modernos a los antiguos.
Aunque muchos Teólogos
sabios hayan impugnado eficazmente, como falsas, y perniciosas, las expresadas
doctrinas de anteponer los modernos a los antiguos, no obstante no será inútil
el que yo aquí me dedique a reprobarlas. Impugnaré pues con la autoridad de los
Santos Padres estas recientes máximas, que en todo tiempo fueron opuestas por
aquellos, que intentaron adulterar, o la santa fe de nuestros dogmas o la
integridad de nuestras costumbres. El Santo Papa Gelasio en su Epístola 5 a Honorio, Obispo de
Dalmacia, las condena, como soberbias, y arrogantes, y contrarias a la Escritura Sagrada
. San Gregorio Nacianceno asemeja ciertos modernos de su tiempo a los
Pyrrhonicos, y Académicos, que por un destemplado deseo de hacer especulaciones
sobre todas las cosas, turbaban la
Iglesia, y con la novedad de sus opiniones alteraban la
pureza de la Católica
doctrina. Con razones semejantes impugnó San Bernardo a Abailardo, y a otros
nuevos Teólogos, contemporáneos suyos, inventores, y amantes de opiniones
nuevas.
Ni con todas estas
sentencias de los Padres se pretende reprobar toda novedad, como ya se ha
advertido arriba; sino solamente aquellas novedades, que se oponen a las
doctrinas antiguas: Que descubren caminos anchos, contrarios a los manifestados
por Jesucristo: Que acomodan la ley del Evangelio al genio de la
concupiscencia. Por lo demás se recomienda aquella novedad, que no mira a otro
fin, que a aclarar mejor las doctrinas antiguas, y a hacerlas mucho más
inteligibles: Sobre lo cual nos dejó un bello documento Vicencio Lirinense en
su comonitorio. Y San Basilio el Grande nos hizo sensible esta verdad con una
de aquellas sus incomparables semejanzas: Asemeja el Santo las doctrinas
recibidas de los antiguos, y extendidas en lúcida forma, con nuevos métodos,
con hermosas divisiones, por los modernos, a la semilla, que siempre es una
misma, en el pimpollo, en la plata y en el fruto. Lactancio Firmiano nos da una regla con que
discernir ciertas novedades, que ordinariamente no sirven de ilustrar, sino es de obscurecer la
antigüedad. Cuando las sentencias de los modernos son entre sí contrarias,
cuando no tienen un sólido, y común principio, sobre que fundar sus discursos;
sino que cada uno inventa algún rasgo, con que dorar su propio dictamen,
entonces la novedad es contraria a la antigüedad, entonces debemos cautelarnos,
y gobernarnos de manera, que dejados estos Autores, que no afirman cosa cierta,
entremos por el camino recto; pues el de ellos no lo es, cuando cada uno se lo
forma a su modo, dejando en grande confusión a los que buscan la verdad.
No se niega, que también
en los Padres se encuentre alguna diversidad de pareceres, alguna contrariedad
de dictámenes; pero también es verdad, que esta diversidad en materia de fe, y
de costumbres es rarísima, y sobre algunos ápices de las leyes obscuras, o
dificultosas de saberse, y casi nunca en cosas necesarias para la salvación. Si
alguna vez han exagerado, y declamado con expresiones fuertes, y vehementes
contra algún vicio, o herejía, lo han hecho porque las circunstancias de los tiempos
lo requerían, y el celo de arrancar hasta las raíces del mal se las dictaba,
como observó San Buenaventura. Pero apenas se hallará una exageración, que
contenga error contra la fe, o contra las costumbres. ... Mas lo que merece
singular reflexión es, que los Probabilistas reciben con un obsequio el más
ciego cualquiera sentencia de los antiguos, que respire aire de benignidad;
cuando refutan, como exagerativas, cualesquiera que indican el camino estrecho,
y angosto. Si en San Francisco de Sales llegan a encontrar una palabra, que
permita el baile, y la comedia: Si en San Antonino una expresión, favorable a
la libertad: Si en San Raymundo una máxima, no contraria (a lo menos en la
apariencia) a las restricciones mentales: Si en San Ambrosio una sentencia, que
incline a la benignidad: Si pueden, digo, descubrir en algunos de los PP, una
sentencia condescenciente a la humanidad,
la reciben, la defienden, aunque los doctos modernos sean de parecer
contrario. Por lo demás desechan comúnmente la doctrina de los Padres, que
enseña el camino estrecho, y angosto, el cual solo, según el aviso de
Jesucristo, guía al Cielo. Cuando leen en los libros, u oyen de los púlpitos
estas santas doctrinas de los Padres, dicen, o que ellos, como Oradores
exageran, o que hablan en abstracto, o muy universalmente, y que no tratan
nuestras cuestiones con precisión, ni según las circunstancias, y tiempos
corrientes. En pocas palabras, admiten la doctrina de los Padres, y la
desechan, según les está mejor. Quiero
apuntar al fin de este capítulo un ejemplo. Pone en cuestíón el moderno
Ludovico Bail, si una mujer, que sabe, que es amada para mal fin, esté obligada
a huir la conversación familiar, y no necesaria del impuro amante. Trae fuertes
razones, que demuestran la obligación de evitar semejante peligro; pero a todas
ellas opone fuera de propósito la sentencia siguiente, mal entendida por él, de
San Ambrosio. … De aquí concluye el
moderno de esta forma: Parece más probable la sentencia de San Ambrosio, cuya
sola autoridad debe tenerse en más, que la de muchos modernos, definidores de
casos de conciencia.
161
¿Si algunos Casuistas, digo, recientemente imitasen a los Casuistas
pasado, y enseñasen semejantes proposiciones, no podríamos nosotros
levantarnos, y advertir públicamente a los Católicos indoctos, que estas son
opiniones laxas, escandalosas, perniciosas, y seductoras del Pueblo Cristiano?
… ¿Se deberá pues abandonar entretanto el rebaño Evangélico a la seducción de
las sentencias falsas? … El probabilismo pues nos precisa a reprobar tales
proposiciones, como improbables, falsas, relajadas, y escandalosas, para
quitarles del semblante la máscara de menos probables, y para despertar a los
Fieles, porque no beban el veneno debajo de la cubierta engañosa de que
probablemente no es culpa mortal. … Nosotros por precepto natural, y divino,
estamos obligados a socorrer a nuestro prójimo, que peligra, y especialmente si
Dios nos ha cometido ministerio, por el cual estamos obligados ex officio a
velar sobre su cristiano rebaño. No podemos cumplir con esta alta obligación;
si no despojamos a las falsas doctrinas de la máscara engañosa de la
insuficiente probabilidad, con que se quisiese justificar toda humana acción; y
si no gritamos en alta voz, que las tales doctrinas nos parecen falsas,
relajadas, y escandalosas.
163 Pregunto ?El decreto
Pontificio prohíbe acaso, combatir, impugnar, y descubrir al Pueblo Cristiano
las opiniones, que real, y verdaderamente son improbables, falsas, relajadas, y
escandalosas, aunque fuesen enseñadas inocentemente por Católicos? No: porque
el Evangelio manda hacerlo con preceptos repetidos: ...
180
?Tiembla V. que le ciegue la presunción, que la concupiscencia le
engañe, que el amor propio le encante, que una secreta soberbia le ofusque, que
la ansia de agradar al mundo, y de adquirir numeroso séquito le ponga vigas
delante de los ojos?
Asignará algunas pocas: Y si defendiere V. fuertemente estas pocas, por
sentencias, que contienen la verdadera moralidad, enseñada por Jesucristo,
268
Porque es principio sentado entre los Teólogos con Santo Tomás, que la
conciencia errónea no excusa, cuando es en sí pecaminosa.
… para que el hombre siga con buena conciencia la parte favorable, es
necesario que la siga, porque juzga prudente, y santamente, que es lícita: de
manera, que si juzgase, o pudiera prudentemente juzgar, que era mala, no lo
haría por todo el mundo.
269
...; porque todos dicen, que el Probabilismo es dulce, suave, favorable
a los apetitos, a la carne, pero dentro de los límites de lo justo. Cuando se
dice, que el Probabilismo es favorable a la libertad, ¿de qué libertad se
habla? Ciertamente de la libertad exenta de la ley: de la libertad, que
condesciende a los apetitos humanos: luego de la libertad carnal. Tiene razón
para decir el P. Camargo, que los Probabilistas no quieren oír una palabra, que
no sea de su gusto. ¿Quién ha dado el título de benigna a la opinión menos
probable, que con evidencia demostraremos deberse llamar laxa? ¿Quién ha dado
el título de severa a la más probable? Los Probabilistas.
*
270
En un capítulo entero se probará, que la sentencia menos
probable es favorable a la carne, no a la libertad cristiana, que resplandece
en la unión más estrecha con Dios, y con la ley eterna.
274
Él en buscarla (la Verdad) no debe favorecer a sus secretas
pasiones: que debe implorar la luz divina, para conseguir acertar con la
decisión; que si él se opone a la doctrina de otros, no por fuerza de razones,
y autoridad, sino por pasión, u obstinación suya, su conciencia será
venciblemente errónea.
275 Los que quieren que a lo útil ceda lo verdadero.
277
No fue amor carnal, que acomoda las leyes a los sentidos, a
la libertad, por lograr el placer. Fue de aquel amor divino, que es solo el que
hace suave el camino estrecho, áspero, y angosto del Evangelio: no ya de aquel
amor, que pretende aligerar el yugo Evangélico con ensanchar las leyes.
280 Alejandro VII condenó 45 proposiciones laxas. Inocencio
XI. Las proposiciones condenadas eran llamadas benignas por los Probabilistas,
y ahora han venido a ser, y conocerse por laxas.
Los Probabilistas llaman a la opinión menos probable, con
el dulce, y amable vocablo de benigna, y a la sentencia más cercana a la verdad
con el nombre de estrecha y severa.
282
Alejandro VII dijo en su decreto que oyó, no sin grande
tristeza de su alma, que muchas proposiciones relaxadas de la disciplina
cristiana, y que acarreaban la perdición de las almas, y que aquella suma
licencia de los ingenios lozanos, cada día crecía más, por la cual en las cosas
tocantes a la conciencia, se introdujo un nuevo modo de opinar, ajeno a la
sinceridad Evangélica, y doctrina de los
Santos Padres.
283 P. Terillo:
Muchos modernos codiciosos de su fama y estimación propia
abrieron la puerta a graves (escandalosas) relajaciones. E incluso por evidente
malicia. Escribe, que no es increíble,
que ellos engañados por sutil insinuación de Satanás, bajo la lisonja de cierta
humanidad, y bajo la especie de honrarse mutuamente, haber ellos inventado
tantas opiniones laxas.
No se niega
que los antiguos hubiesen caído en algún error. Pero pretender defender las
opiniones de los modernos probabilistas, porque los antiguos enseñaron peores,
no es discurso legítimo, ni útil, aún cuando la hipótesis fuese cierta.
290
Cristo no nos manifestó sino dos solos caminos: el uno
estrecho, y el otro ancho. Si la sentencia más probable es el camino estrecho:
luego la menos probable es el camino ancho. El camino tercero no se encuentra
en el Evangelio.
293
Inocencio XI condenó con términos expresos a cualquiera que
enseñe que es probable, que el precepto de la caridad para con Dios no obliga
rigurosamente, ni aún en cinco años.
299 (272 del libro)
Muchos moralistas modernos se oponen a la verdad en virtud
de sistema doctrinal, que disminuye las obligaciones de las leyes divinas con
el título de benignidad. Esta benignidad es contraria a la verdad, y favorable
al vicio.
La Ley Divina es Ley de
verdad (Salmo 118) Dios prohíbe añadir, o quitar a esta ley de verdad la más
mínima palabra. (Deuteronomio capítulo 4) Inculca en muchos lugares de la Escritura esta misma
prohibición (Deuteromio, capítulo 5 y capítulo 12).
En el apartado
siguiente hablaremos de aquellos, que añaden demasiado rigor en fuerza de
sistema político, y al presente de aquellos, que quitan a la ley preceptos, y
obligaciones, en virtud de sistema doctrinal. Estos lo primero cancelan de un
golpe del rol de las divinas leyes todas las dudosas, y controvertidas; pues,
según su sistema, la ley dudosa, y controvertida no es ley. Por el contrario,
Dios manda que en las dudas sobre su ley, se consulten sus sacerdotes.
(Deuteronomio capítulo 17) Pero debiéndose hablar difusamente de este punto en
su lugar, descendamos ahora a las disminuciones particulares de los preceptos
del Decálogo. El primer mandamiento fundamental de la ley prescribe el amor de
Dios, y del prójimo, a que se reduce la plenitud de la ley. Este amor debe ser
efectivo, quiere decir, fecundo de obras santas, que despiden llamas ardientes
hacia el Criador, que socorre en las graves necesidades a los necesitados. Debe
ser tan fervoroso, que nos induzca a derramar la sangre, antes que violar
mortalmente un solo precepto, o escandalizar a nuestros hermanos. La ley de la
justicia no es menos severa, que la de la caridad; todo perjuicio grave es
castigado con eternos suplicios. Aunque estuviese en nuestro poder el adquirir
todo el mundo por medio de un solo pecado grave, estamos obligados a repudiarlo
y a vivir en una continua pobreza, antes que ofender a Dios con la culpa. El
desasimiento de las mismas riquezas, adquiridas lícitamente, es necesario, ya
más, ya menos, según la diversidad de circunstancias. La preparación de ánimo a
sufrir todo martirio el más atroz, en el lance de confesar la fe delante del
tirano, que intima en renegar de ella, es necesaria a todos los secuaces del
Evangelio. La castidad virginal, o conyugal, a que todos están obligados, no es
ley menos severa, que las otras. La sinceridad en la lengua, la veracidad en
los juramentos, la fidelidad en la sociedad, la abstinencia de los hurtos, de
las maldiciones, son otros tantos preceptos de la cristiana profesión. Omitidos
otros muchos preceptos, voy a demostrar brevemente las modas inventadas, para
disminuir las citadas leyes.
Dos son los
principios, de que se sirven los probabilistas, para la disminución de las
leyes. Dicen primeramente, que lo odioso se debe restringir, (Odia funit
refrigenda) de donde infieren, que siendo la ley divina odiosa a la humana
libertad, se debe en la forma mejor restringir, y disminuir. Añaden, que el
yugo del Evangelio es suave; y que por tanto debemos interpretar, y acomodar la
ley en un sentido el más suave, y favorable a la humana enfermedad. Puestos
estos dos principios, la ley negativa viene a reducirse a nada, con el
beneficio de la inadvertencia, y de la ignorancia invencible, y la ley positiva
se muda en una ley negativa. Los hurtos, si no se rompen las puertas, y se
despedazan las navetas, no son reputados por hurtos. La retención de la
hacienda ajena, el no pagar las deudas, el sisar, o diferir la paga a los
oficiales, son cosas convenientes a la manutención del estado, y decoro. Los
mandamientos fundamentales de amar, creer, y esperar en Dios, se hace, que
consistan en no aborrecer, no negar la fe; y no desesperar de la bondad divina.
Los juramentos, las mentiras, las simulaciones se justifican, o con la
costumbre, o con las restricciones mentales.
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