viernes, 7 de noviembre de 2014

DEL LIBRO APRECIO Y ESTIMA DE LA DIVINA GRACIA.






Capítulo 1, II.
La causa de la poca estimación de cosa tan grande, es el aprecio que tienen los sentidos de las cosas de la tierra, y la poca aprehensión que hace el corazón humano de la Gracia, y de los bienes eternos, que consigo trae: de donde viene a suceder, que con no ser de estima alguna los bienes del mundo, sino antes dignos de todo desprecio, haga tanto caso de ellos nuestro corazón engañado, que por su causa no repara en perder los de la Gracia. Esta peste es la que tiene inficionados nuestros sentidos, esta ponzoña tiene corrompidos nuestros corazones: este hechizo tiene enloquecidos nuestros entendimientos y no hay otro antídoto más eficaz contra esta perdición, sino considerar la grandeza de la Gracia; cuán excelente, y gloriosa cosa es sobre todas las grandezas, y glorias del mundo. Con esto se despreciarán los bienes de la tierra, si se estiman los del cielo. Con esto se echará freno a los deseos de cosas perecederas, pues podemos poseer las eternas. Con esto se convencerá nuestro juicio errado en el aprecio de las cosas materiales, con el contrapeso de las sobrenaturales. Porque así como en el mundo despreciamos los bienes menores, por la estima de los que son mayores; así también todos los bienes temporales, y perecederos, menores, y mayores despreciará quien tuviere aprecio de los espirituales, y eternos. Nuestro corazón es como el fiel de un peso, que allí se inclina donde hay más, y cuanto se carga una balanza, tanto más se aligera la otra. Bien conoció todo esto el Apóstol San Pedro, cuando para exhortarnos al desprecio del mundo nos propuso el aprecio de la Gracia, diciendo estas admirables palabras (2 Pedro 1, 4 *): Grandísimas y preciosas promesas nos ha dado Dios, para que por ellas nos hagamos participantes de la naturaleza Divina, huyendo de toda la corrupción de deseos que hay en el mundo. Dio por remedio de los deseos corrompidos de los bienes del mundo, el poner los ojos en los bienes de la gracia, que llama grandísimos y preciosos. De donde hemos de sacar grande cuidado, y aliento para toda obra de virtud, con que se aumenta la misma Gracia; y así después de las palabras referidas, añade el Apóstol: Mas vosotros, infiriendo de aquí, que debéis tener toda solicitud, servid, y obrad virtud en vuestra Fe: con la virtud sabiduría: con la sabiduría abstinencia: con la abstinencia paciencia: con la paciencia piedad: con la piedad amor de vuestros hermanos: con este amor la caridad. Porque de la estimación de la Gracia, y sus grandísimos bienes, no sólo saldrá este bien, que se despreciarán las cosas de la tierra, sino se obrará toda virtud. Porque como en una rica cadena, se irán eslabonando unas virtudes con otras, empezando del aprecio del cielo, y rematando en la caridad que es la cumbre de la perfección. Por lo cual dijo San Crisóstomo (Homilía I. Epístola a los Efesios): Quien aprecia, y admira la grandeza de la Gracia que viene de Dios, este tal será más cuidadoso, y atento, para adelante de su aprovechamiento, y salud espiritual, y mucho más inclinado al estudio de las virtudes. Confirma todo esto, lo que de sí confiesa el Santo Rey David, cuando dice (Salmo 1): Pensaron de quitarme mi precio, y yo corrí con sed. Por la estimación que tenía de la Gracia, la llama su precio; porque ni se preciaba de otra cosa, ni preciaba a otra cosa: otros leen, mi dignidad o ensalzamiento, y honra; porque no hay otra dignidad ni honra, ni grandeza en la tierra, que se deba desear, sino es la Gracia. Pues con este aprecio que el Profeta tenía de este divino don, dice que por solo que les pasó a sus enemigos por el pensamiento hacérsela perder, él por asegurarla, corrió con grandes ansias, y sed en el camino de la perfección, y toda virtud, no haciendo caso de otro bien de la tierra, ni de su mismo Reino.
            Por esta causa será grande provecho de las almas recoger los innumerables tesoros que hay en la Gracia, para que vean cuán digna es de estimarse sobre todo otro bien, mucho más que todo el universo. Porque teniendo el aprecio que se debe de su grandeza, dignidad, y provechos, desprecien el lodo, y estiércol de los bienes y riquezas temporales, y pongan su corazón en los celestiales, y eternos, y amen a nuestro Redentor Jesucristo, que nos mereció con sus trabajos, y sangre cosa tan preciosa. Por este gran provecho que nos ha de resultar con semejante estima de la Gracia, quiere Dios que la estimemos, y apreciemos mucho, haciendo por esta causa notables extremos, y demostraciones en los excesos de la Pasión de Su Hijo. El Apóstol San Pablo escribiendo a los de Éfeso, dice (Efesios 1), que nos predestinó Dios hijos adoptivos por medio de Jesucristo, para alabanza de la gloria de Su Gracia. El cual modo de hablar tan advertido, y reduplicado, en decir: Alabanza de la gloria de la Gracia, significa la grande estimación, admiración, alabanza, y gloria con que Dios quiere estimemos este inestimable don suyo.

… ¡Oh Redentor mío Jesús, suplícoos por las entrañas de misericordia, con que nos mereciste la misma Gracia a costa de Vuestra Vida, y Sangre, pueda yo dar a entender a vuestros redimidos alguna parte de lo que debemos estimar, lo que Vos tanto estimasteis, y comprasteis tan caro! ...


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* 2 Pedro 1, 4 (en BIBLIA TRADUCIDA Y ANOTADA POR SCIO DE MIGUEL): Por el cual nos ha dado muy grandes y preciosas promesas (Estos bienes y gracias de infinito valor, que estaban prometidos a los fieles en los oráculos de los profetas, son la fe, la penitencia, la justicia, la adopción de hijos, la efusión del Espíritu Santo y de todos sus dones en el corazón de los fieles, y por último la vida eterna, a las que tenemos derecho en virtud de esta misma adopción y gracia santificante, por la cual merecemos la eterna gloria) para que por ellas seáis hechos participantes de la naturaleza divina (1 Corintios 3, 16,17; 1Corintios 4, 15; 2 Corintios 3, 18; Efesios 3, 17.  5, 30; Juan 1, 12; 1 Juan 3, 2; 1 Juan 4, 7), huyendo de la corrupción de la concupiscencia que hay en el mundo.

2 Pedro 1, 4 (Nuevo Testamento, Nácar-Colunga 1953):  ...y nos hizo merced de preciosas y ricas promesas para hacernos así partícipes de la divina naturaleza, huyendo de la corrupción que por la concupiscencia existe en el mundo, ... (Estas breves palabras: partícipes de la divina naturaleza, contienen todo el misterio de la gracia de Dios, por la cual somos, no sólo de nombre, sino en realidad, hijos de Dios, según lo inculca San Juan [1 Juan 3, 1] ).

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